viernes, 7 de enero de 2011

“Eduard deberías ser Dios… o el rey”

Las dos últimas veces que fui al cine tuve ocasión de ver en los anuncios ese pequeño cortometraje póstumo que Berlanga rodó para promocionar las “Pastillas contra el dolor ajeno”. Las cuales aprovecho yo también para recomendar en este espacio. El film promocional empieza con la voz en off del cineasta diciendo, mientras mira un platito lleno de pastillas: “Cada día empieza el ritual que pretende hacerme inmortal”.
En mi caso, cada día empieza con un ritual que pretende hacerme vivir. Hasta aquí nada me distingue de la mayoría de los mortales, sin embargo, mi liturgia es algo más particular: Cada mañana, cuando me levanto, afronto los dolores de un marco nervioso, centrados especialmente en mi estómago. Mitad por la ansiedad, mitad por problemas de digestión que contraje en la infancia, nada más abrir los ojos siento un quemazón fuerte que me recorre desde la laringe hasta la boca del estómago, a menudo unido a una leve sensación de asfixia o palpitaciones. Me lo tomo con estoicismo, me despejo rápido y me colocó un cojín en el respaldo de la cama. Puede parecer una tontería, pero mi dispepsia funcional (así denominan los peritos de la medicina a mi ardor) reduce sus síntomas en gran medida al ponerme erguido, pues en posición vertical los fluidos gástricos retornan al estómago. Trato de hacer diez respiraciones lentas para bajar las pulsaciones que están alteradas. Finalmente bebo unos sorbos de agua de un vaso que he depositado en la mesita la noche anterior, los cuales facilitan que se me despeje sabor amargo que aún me queda en la boca. Puede parecer un mal comienzo, incluso un comienzo duro, pero ya forma parte de mi rutina junto al hecho de no tomar desayuno, hasta la hora del almuerzo. Estoy convencido de que hay amaneceres más difíciles que el mío, por eso, aunque algunos días reconozco que empiezo la mañana totalmente agotado, las más veces, impertérrito, me ponto a leer, una vez concluido el ritual, o en su defecto me voy a la ducha; todo depende de si es temprano o festivo, es decir, queda, como es habitual en los asuntos de los hombres, en las manos frías del tiempo.
Esta mañana no fue distinto. Me levanté sobre las ocho y diez, veinte minutos más tarde ya estaba leyendo en este caso a Proust. Tranquilo, sin apetito, trataba de entender los entresijos que se llevan el narrador, Gilberta, la figura del señor Norries y los exonerantes padres. Añado que he tomado la determinación de leer a Joyce una vez acabe con Proust, para cerrar el capítulo de la novela moderna en mi vida. Reconozco que, desafortunadamente, mi sadomasoquismo ha cruzado las rígidas fronteras de lo físico y el onanismo (sin impedimentos por mi parte) para adentrarse en el terreno intelectual. Campo que siempre debiera quedar vedado a tan perversa tendencia para salvaguardar, al menos, los goces de la mente.
En cualquier caso, estaba yo leyendo A la sombra de las muchachas en flor, cuando entró mi madre en el caruto a eso de las nueve pasadas. Como es habitual, venía a darme el beso de buenos días que siempre recibo complaciente. Hoy se ha quedado mirándome un rato, como de costumbre no he apartado mi vista del libro y me he limitado a decirle en un tono neutro “Buenos días” tras recibir el beso. Al cabo de un rato ella ha exclamado:
-Eduard, deberías ser Dios.
Entonces sí que he levantado la vista hacia ella. Se habrá de admitir que semejante afirmación merecía mi atención. He mirado a mi madre a través de mis lentes preguntándome si había dicho aquello porque consideraba que mi mente era la que debiera haber diseñado el mundo, o por alguna otra razón… Soy deísta, como saben todos mis amigos, porque, si bien no creo que ningún poder superior rija nuestra vida diaria, me cuesta concebir el cosmos sin una entidad creadora. Nunca me he sentido Dios, ni una divinidad según la acepción convencional de estos términos. Obviamente tampoco me siento Dios según mi creencia particular, a decir verdad, siento que dentro del cosmos, debo ser el reducto más ínfimo y minimalista. Sin embargo, no había tenido tiempo de pensar nada en concreto, tan sólo de sorprenderme, cuando mi madre añadió:
-Bueno, Dios, o el rey.
Tras estas palabras me he sentido más contrariado que halagado. Uno no es monárquico por capricho, lo es por convicción. Mis principios me impiden aceptar que cualquiera pueda ostentar una corona. Sólo puede hacerlo aquel al quien le corresponda por línea sucesoria “¿Sugerirá mi madre que yo sea un usurpador?” Jamás, moralmente no puedo aprobar la idea de que cualquiera ocupe un torno, menos yo que en nada toco la sangre azul.
Ha sido curioso ver como tan pocas palabras pueden despertar a alguien, digo despertar de verdad, porque si bien tenía los ojos abiertos, estaba embutido en la lectura como un sueño más allá del propiamente onírico. No obstante, a pesar de haber despertado, seguía sin poder decir nada, ni un titubeo; eso sí, la ideas me sobraban en la cabeza.
-Lo que quiero decir es que deberías ser algo que te permitiese evitar la vida cotidiana.
“¡Ah! Se traba de eso” me he dicho al fin. Lo cierto es que soy bastante nulo en lo que a las actividades del día a día se refiere. No sé conducir, ni ambiciono aprenderlo, similar es mi perspectiva vital en la plancha o para poner una lavadora. Me desoriento fácilmente en la calle, y no sé cocinar gran cosa excepto algunos postres y platos de banquete; hecho bien lastimoso, si tenemos en cuenta que no me gustan los dulces y que en la comida, como en casi todo me satura lo aparatoso. Pero mi madre no quería referirse en absoluto a mi torpeza, sino que apuntaba a sus preocupaciones.
Esta Navidad he estado enclaustrado sin hacer gran cosa. Mi madre siempre ha vivido angustiada por mi soledad, que a mí no me ha ido ni me ha venido, hasta que se produjo “el contagio”… La angustia es una enfermedad peor que la sarna, cuando llega a un hogar se contagia entre todos sus miembros. Mi madre, sin malicia, me contagió su angustia desde niño. Nunca pensé que mi soledad pudiera ser mala, como tampoco lo era dejar en blanco la carta a los reyes, ni en mi adolescencia me preocupó el físico… Se me convenció de lo contrario: en el tercer año después de haber dejado la niñez, mi físico empezó a preocuparme, la angustia social por ello me contagió convirtiéndome en un ser vacilante, acomplejado y débil. La angustia de ver como otros niños deseaban cosas sin medida, me hizo sentir la angustia de ser diferente. La soledad no fue un caso a parte, hubiese sido muy feliz desarrollando mi cosmología interior, pero vinieron a traerme la angustia de la soledad.
Creo que muy probablemente sea la angustia la causante profunda de mis malestares. Esta enfermedad contagiosa no tiene cura… ¿O tal vez sí? Tal vez sí fuese Dios o un rey no tendría angustia. Aunque tampoco lo veo muy claro ¿cómo no sentiría Dios angustia al ver su creación sino fuese insensible? ¿o un rey al ver su reino? Francamente, agradezco a mi madre que desee que no padezca las angustias de la vida cotidiana, pero prefiero hallarme una solución a esta que no incurra en mancharse las manos removiendo el barrizal de la fe, ni pincharse en el espinoso campo del legitimismo.
Supongo que nada de esto tiene mucho sentido más allá de las anécdotas inservibles de la vida cotidiana. Lo único bueno es que cada uno puede ver en ella lo que quiera.

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