jueves, 13 de enero de 2011

Muerte de la infancia

Siempre me ha gustado ser el comodín en la baraja de los hombros, jugar a mantener una ambivalencia entre dos estereotipos bien caracterizados de cada género. Me gusta el vestir del gentleman británico que intento imitar llevando la camisa por dentro del pantalón y buscando una confección lo más elaborada posible de la ropa: pañuelos en el cuello, agujas de pecho, chalecos, americanas, zapatos de mocasín… Así me gusta conciliarme la mayor parte de los días con mi género uniendo a éste mi añoranza de un lugar y un tiempo morales, que tal vez nunca han existido en un alegoría que toma forma en mi ropa. Otros días, sin embargo, mi anima femenina se subleva siguiendo las más pragmáticas tesis del Dr. Jung, contra mi animus masculino. No puedo travestirme, a decir verdad tampoco es mi pretensión, pero intento asexulizar mi figura hasta un punto casi femenino. Mi constitución estilizada y delgada, combinada con la ropa de colores fríos como el lila, el violeta, o el negro con unos zapatos oscuros que oculten mis pies y un pañuelo cubriendo mi nuez con sensualidad, siempre que todo se acompañe de un buen afeitado, puede llegar a simular, en la distancia, el efecto óptico de que lo que el vidente tiene ante sí es una mujer de pecho escaso, muy alta, cabello corto y en síntesis un tanto asexuada. Más de cerca, podrá reconocer que tiene antes sí a un chico, no obstante, su vestimenta y el sumo amaneramiento de sus gestos continuarán manteniendo la gracia de la figura asexualizada.
Algunos podrán pensar que hago esto por provocar… Tal vez sí, pero todo se hace por provocar. ¿Qué quiero provocar al intercalar dos imágenes tan opuestas de un mismo yo? ¿Busco el odio, la rabia, la provocación en sí misma, lástima tal vez? o, simplemente, ¿aspiro a expresar mi bisexualidad dual en los géneros sin mayores pretensiones? Me decanto por esto último, siguiendo un poco las ambivalencias de Yukio Mishima, o aspirando a incorporar a mi nombre aquella famosa frase vinculada a Julio Cesar –sin que ningún director de Hollywood se haya enterado todavía- “Era el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres”.
El caso es que hoy me levanté con el anima femenina subida de todo. Creé el artificio modista del amaneramiento o la feminización de mi cuerpo varonil. Fui al instituto así vestido, Tampoco iba muy exagerado, y la verdad es que mis compañeros me respetan en la amplitud de la palabra. No puedo decir lo mismo de ciertos niños de primaria, que mientras salía del centro atravesando sus jardines de recreo, me han gritado “gay” de forma despectiva (por lo menos el “maricón” va desapareciendo). Tenía prisa, pero tampoco me habría girado en caso de no tenerla. Esta actitud tan pasiva por mi parte podría ser interpretada por algunos como debilidad, no es eso. Es que ¿qué debería haber hecho yo con esos críos? ¿gritarles? ¿insultarlos? (obviamente ni considero la violencia) ¿Ponerme a hablar con ellos? Quizás esto último hubiese sido lo más valiente, pero tengo serias dudas de que hubiese servido para algo.
Lo que no me podía quietar de la cabeza camino de casa es como en sexto se puede tener tanta agresividad y tan poca inocencia. No cabe duda de que cada generación es pero que la anterior; al menos en lo que a modales, espíritu de colectivo o voluntad de trabajo y prosperar se refiere, por no hablar de la cultura cada vez más degradada. ¿Pero por qué pasa esto? Es evidente que por el mecanismo de educación, es decir, la progresiva degradación de los padres. Antes desde pequeños el sistema educativo (la religión incluso) mantenía muchos límites en lo que a libertades, vocabulario, sexualidad, horarios y demás se refiere. No podemos esperar que una persona que no ha sido educada de esa forma tan regia como castradora actúe como una que sí lo ha sido. Actualmente cada vez ser recurre más al progresismo barato para educar y a la sustitución del tiempo de atención por presentes materiales, dándoles a los niños el penoso ejemplo de que es más importante lo material que el pensamiento, arrojándolos, desde pequeños, a las garras del consumismos. En resumen, visto lo visto, no entiendo como los mayores –y no tan mayores- se horrorizan con un interrogante en sus caritas de pascua cuando ven la progresiva degradación de la juventud.
No digo que haya que volver al sistema represor, ni a oír misa los domingos, guárdeme Dios de volverme tan sacrílego. No obstante, encuentro fundamental regular más la libertad de los niños, porque nadie puede gestionar bien su libertad si no está preparado para asumirla. El camino de este objetivo debe quedar marcado por el esfuerzo, ya que si la libertad cae del cielo, caemos en el nihilismo patentado en la generación ni-ni. De la misma forma la moral de estimación de la cultura y el saber guardar la compostura debe ser inculcada, para no perder nuestro pasado ni constituir generaciones de bestias, como las que ya estamos viendo.
Por último el manejo de ciertos impulsos, ciertos conocimientos, ciertas actitudes (no necesariamente sexuales) deben reservarse hasta la edad adecuada, o inculcarse con progresiva madurez. De no hacer una de las dos cosas, asistiremos a una progresiva muerte de la inocencia infantil que degenerará en una cada vez peor y más duradera adolescencia. Y, ya desde una visión totalmente artística, añado que no estaría mal recordar que las ideas más brillantes se conciben precisamente en ese período de inocencia que es la infancia.

1 comentario:

  1. Eduard,
    Es importante salirse de los tópicos para no caricaturizar las ideas. Ya en tiempo de los romanos había quejas de que los niños no se comportaban com las anteriores generaciones.
    Tu mismo has sacado a relucir un tema interesante: para insultar no te llaman maricón sinó gay. Ahora que pienso, mis hijas saben que és un gay pero seguro que no lo relacionan con un maricón que deben pensar que es un insulto (a la manera de cabrón) y ya está, sin saber de qué va la cosa.
    Para entender la expresión de los niños de sexto supongo que la imagen del final de la película de "La lengua de las mariposas" puede guiarnos en entender un poco que lapidamos (!afortunadamente sólo con insultos!) lo que desconocemos, lo que es diferente para alejarlo de nosotros, no sea que se nos pegue...

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