martes, 4 de enero de 2011

Un suceso “normal”

Esta mañana, más exactamente hacia la media mañana, he vivido un suceso que casi me hace saltar las lágrimas de los ojos. No pensaba escribir sobre él aquí en un principio, pero, tras una larga meditación, me ha parecido conveniente hacerlo así para dejar una constancia, aunque sea ínfima, del acontecimiento.
Más o menos entre las diez y media y las once, estaba recopilando información de textos para una pequeña comparativa entre tres autores: Cátulo, el Marqués de Sade y Mishima. Estos tres escritores, devotos practicantes de la literatura erótico-pornográfica respectivamente en las épocas clásica, moderna y contemporánea, han sido considerados con frecuencia “perversos” a los ojos de la moral más puritana. Sin embargo, al clicar en un enlace para leer “relatos” en teoría del Divino Marqués, yo sí que he dado de bruces con una verdadera perversión, sin que quepa en ella debate alguno y ya mucho menos consideraciones artísticas. He acabado en una página de pornografía infantil donde con hacer un clic tenías acceso a los vídeos más repulsivos. Huelga decir que no he visto ninguno, pero se me ha quedado grabada en la mente la imagen inicial de uno de ellos, esta que algunos reproductores muestran antes de empezar: Una niña de rizos rubios, semidesnuda, miraba a la cámara con ojos inocentes, mientras un verdadero perverso le aproximaba a la cara su falo erecto.
Siempre he sido bastante sensible a este tipo de “material”. A mí entender, un abuso sexual en la infancia es el más cruel de los crímenes, porque es de las pocas formas de maltrato que, por su variedad de agresiones, deja secuelas, en mayor o menor medida, durante toda la vida.
Mi reacción ha sido cerrar el portátil de golpe y ponerme a hacer otra cosa. No he sido capaz… Tal vez suene peliculero, pero los ojos de esa niña no me los podía quitar de la cabeza, como tampoco me olvidaba del nombre de cuatro personas que conozco que han sufrido este agresivo trance. La víctima de un ASI (abuso sexual infantil) recuerda a menudo con rencor (no sin razón) todas aquellas ocasiones en las que quienes estaban en su entrono eligieron mirara para otro lado, diciéndose “esto no va conmigo” o “no puedo hacer nada” para acallar su conciencia. Este grupo de sujetos acostumbra a provocar mayo repulsión que los propios pederastas, cosa lógica ya que ningún crimen puede perpetrarse sin cómplices. Deseoso de no convertirme en un “cómplice” del crimen, he hecho frente a mi puritanismo y he vuelto a buscar la página, que he encontrado sin excesivos problemas. Ya teniendo su dirección en la mano, discutí con mi madre que era mejor hacer o dejar de hacer. Confieso que el impacto de las imágenes me había sumido en un leve shock, además, mi condición de menor me impide denunciar ante la policía sin previa autorización este tipo de cosas.
Mi madre, en su habitual bondad innata, fue a la comisaría a dar la dirección en mi nombre. Al volver a casa me dijo que la había atendido una chica muy amable que se tomó la molestia de asegurarle que a mí no me pasaría nada. Hallándome yo en la seguridad del que se sabe inocente no había experimentado este temor en ningún momento, ni tan siquiera había pensado en esa posibilidad. Sin embargo no pude evitar preguntar porque no me podía pasar nada. Ahí empezó el verdadero calvario, pues todo el asco, la repulsión y la tristeza sentidos hasta el momento se quedaron pequeños cuando descubrí que la legislación española no veta en modo alguno el acceso a estas páginas. Nuestra ley sólo veta el abuso –siempre que se pueda probar de forma concluyente ante un tribunal- y la distribución de materiales pedófilos, sin atender a su consumo a no ser que nos apropiemos de él. Esto se traduce en que un hombre puede entrar en páginas de este contenido sin ser sancionado si no ejecuta descarga alguna.
No obstante, lo que me hizo hervir el alma fue saber que esta mujer calificó el acontecimiento de suceso “normal”. Según parece estas páginas cada vez tienes menos reparos en camuflarse y como su número aumenta cada vez es más frecuente que un internauta pueda acabar en una de ellas.
No cuestiono en ningún momento la actuación de la mujer quien, ademán de su amable atención, ha tomado nota de la dirección de la weeb. Pero es inadmisible que ciertos sucesos o conductas claramente aberrantes puedan llegar a ganarse el calificativo de “normales”. Por mucho que una conducta tan abominable como la pederastia pueda llevar a convertirse en un fenómeno común, a tener una cierta divulgación amparada en los vacíos legales, o incluso pueda seguir cometiendo impunemente crímenes contra la integridad humana que prescriben antes de que la víctima adquiera noción de los sucesos y capacidad para denunciarlos, nosotros no podemos rendirnos ni dar por perdida una batalla de la que, aunque sea arduamente, podemos salir victoriosos.
Debemos combatir desde el terreno legal, pero, sin vulnerar las leyes, también debemos luchar con redoblada energía desde el ámbito sociológico. No puede haber conformismo posible hasta haber cerrado el último centro de prostitución de niños y el último foro pedófilo. En nuestra lucha debemos recordar siempre que, como en cualquier batalla en la que tengamos el ideal de hacer justicia, no siempre es tan importante castigar al culpable como reparar a la víctima. Pues, aunque nos mientan diciendo lo contrario, no siempre lo primero conduce a lo segundo.
Recordemos y reafirmemos por último que en ningún sistema civilizado puede consentirse la existencia de cualquier conducta que ataque en modo alguno la integridad humana.

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