domingo, 13 de marzo de 2011

Como un crío de cinco años

En cuatro años desde el departamento d’Educació de la Genialidad de Catalunya un conseller puede hacer un gran número de burradas. Aquellos que no vivís, ya sea como estudiantes o profesores, en el sistema educativo, os petrificaríais sólo de ver cuantas programaciones hay que rehacer cada vez que cambia el gobierno, el conseller, o, simplemente, cuando a este se le cruza un poco el cable y la corriente negativa mueve los electrones de su mente hasta el polo opuesto.
Todo esto se ha traducido en una degradación indigna de las aulas así como del resto del sistema educativo. Desde que empecé la ESO he visto como todos aquellos valores que se nos enseñaban en primaria se iban desmontando. Pero el desmoronamiento moral y el abandono de la cultura del esfuerzo no se hacen abiertamente, para más perlas suele ocultarse tras un velo de hipocresía que permite rellenar bien las estadísticas y aprobar a alumnado. ¿Todos contentos? Bueno, a mí más de una vez se me ha quedado cara de imbécil, después de vivir ciertas experiencias.
Por lo general, según las normas y valores que mi familia me ha inculcado, nunca he renunciado a mi esfuerzo personal, aunque a veces la tentación haya sido prácticamente irresistible. Sin embargo, a veces me he desesperado al ver el aspecto pedagógico de la educación. El progresismo banal que se traduce en un compañerismo ficticio ha sido el gran obstáculo de mi vida académica que nunca he podido superar. A mi entender, los estudios son como un trabajo, es decir que uno esta allí para atender a un deber no para incurrir en el amiguismo de aquellos con los que comparte aula. La pedagogía siempre se ha empeñado en llevarme la contraria.
Nunca me ha gustado presumir de inteligencia, no creo que exista un único modelo de persona inteligente, ni un único campo donde ésta pueda explayarse. Sí que me he considerado, por el contrario, una persona intelectual, con unos intereses claramente culturales. He tratado de hacer convivir mis inquietudes con las de las personas de mi edad las cuales no se parecen en nada a las mías. Nunca me ha angustiado la soledad, en verdad, la considero uno de los grandes lujos del ser humano. Por ello no me ha resultado difícil vivir aparentemente aparte del ambiente escolar, desarrollando mi personalidad, gusto y mi convivencia fuera con aquellas personas que yo eligiese. El sistema se ha encabezonado en ponérmelo muy difícil, porque desde que empecé la ESO la mal llamada “cohesión intergrupal” no ha dejado de joderme de mala manera, poniendo en duda mi capacidad de adaptación social. Confieso que en los primeros años de mi adolescencias, los desvelos enfermizos de mi madre y la opinión de los pedagogos me hacía dudar de mí mismo, sin embargo, ahora la escena ha cambiado; he reafirmado mis opiniones asumiendo que en su celo mi madre sólo quería verme feliz y que esa panda de idiotas que se creen peritos en el comportamiento humano no podían asumir que un punto se les escapase de la gráfica.
En esta entrada hay una cierta rabia y quiero pediros perdón por ella, habida cuenta de que la rabia no es sana ya que disipa la objetividad de nuestras ideas. A pesar de todo, la rabia, como el resto de emociones nos hace también humanos y ahora soy incapaz de escribir sin algo de rabia dentro de mi tinta porque estoy enfadado.
Mi enfado no obedece a un hecho puntual, sino a una situación progresiva que a lo largo de los años me ha hecho cargar con un peso que, aunque puedo, no quiero soportar. La convivencias con la gente de mi edad en un aula, es un infierno. Particularmente en mi promoción es muy difícil el día a día, porque nos separa un verdadero abismo. Nunca me ha gustado quejarme, aunque inevitablemente esto es una queja, pero, en cualquier caso lo cierto es que, después de haber vivido una semana por mi cuenta, haber hecho un viaje solo huyendo de los convencionalismos sociales y abriéndome a nuevas experiencias, se me hace extremadamente duro volver a clase.
Hoy lo pensaba “Eduard, casi pareces un niño de cinco años”. Lo parezco más aún que cuando fui un niño de esa edad, por primera vez siento una urgente necesidad de tirarme al suelo y sin ningún dramatismo dejar ir mi pataleta clamando que no quiero ir al cole.
Me dicen, para animarme, que sólo queda un par de meses y aún con eso me parece un tiempo eterno… No sé muy bien con qué palabras continuar, tal vez las encuentre en otro momento y pueda darle un mejor acabado a este artículo. De momento, me centro en responderme a la pregunta de si, a estas alturas, después de haber superado con relativa impasibilidad momentos francamente amargos, soy un niño caprichoso, un niño que necesita cambiar la realidad a su gusto y que al no conseguirlo se desespera con facilidad…

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