jueves, 24 de marzo de 2011

Entre lo sádico y lo sublime

Adevertencia:El texto que sigue será ingrato a muchos ojos que no estén preparados para superar los puritanismos a los que nos tiene acostumbrados la sociedad.
Con estas palabras no pretendo ofender a nadie, sino advertir que el relato que sigue es la primera muestra de escritor que doy en este blog, en el sentido literario. En lugar de un soneto, que reconozco hubiese sido una forma más convencional de presentar esta faceta mía he recurrido a otro estilo. La descripción de algo horrible usando bellas palabras es la síntesis del texto que sigue, en lo que a su estructura se refiere. Temáticamente, es la transcripción de la mayoría de mis obsesiones sexuales que conformaron ese período de adolescencia madura que va de los 14 a los 16 años.



La desnudez de su cuerpo era tan atractiva que parecía un pecado dañarla. Aquella piel tostada como una acuarela marrón estaba sujeta por tiras de cuero de una blancura atronadora. Aquel cuerpo trabajado se notaba que había hecho muchos esfuerzos. La fortaleza de sus brazos revelaba las largos horas labrando en el campo surcos sobre la tierra tostada como su piel Toda su musculatura bullía dejando percibir el fluir de sus sangre por las principales aterías de su cuerpo. El conjunto cálido y vivo contrastaba con la frigidez muerta de la piedra de mármol circular al que lo sujetaban las correas blancas de brillantes cristales.
La oscuridad que invadía el espacio octogonal era tersa, penetrante y de una textura esponjosa como una sábana de algodón. Aquel velo oscuro resaltaba aún más la piedra blanca y, por defecto, el color tostado de su piel.
Cuando por fin recuperó el conocimiento sus ojos se abrieron mareados, con una gran incerteza que embellecía sus verdes colores. Empezó a sentir la angustia del cuerpo joven que se sabe prisionero. Forcejeó un buen rato contra las correas lleno de rabia. Se inflaron sus pulmones para dar energía a los brazos y tiró con fuerza una y otra y otra vez tratando de romper aquel cuero sublime. Después de más de una hora de intensa lucha su cuerpo quedó inmóvil. Se abandonó a la desesperación inflamando su rostro con el vergonzante color de la derrota. Triste como un niño rompió en sollozos y, por primera vez desde que despertó, gritó para pedir ayuda, sin recibir respuesta.
Como si unos ojos obscenos lo mirasen desde fuera, a su piel la recorrió un escalofrío. Tenía hambre, le dolía las muñecas y los tobillos. Aquellas correas le habían lastimado, como fauces deseosas de probar su sangre con cada nuevo bocado. En la piel sentía cada vez un mayor escozor. Miró hacía su muñeca izquierda, la que estaba peor de todas. Se había sajado, aunque no podía ver la herida, pero su correa ya no conservaba la blancura original; ahora estaba cubierta con esa mezcla rojiza de piel y sangre que impregna las vendas de los heridos.
Iba a morir en cualquier instante ¿o no? Sintió la opresión de la piedra en su espalda como una cama demasiado dura para ser su lápida. ¿Por qué no habría luz más allá de aquella piedra? Aquella oscuridad era profunda, intensa…
De pronto una barra de metal fría atravesó la piedra clavándose en el cuerpo joven por la espalda y saliendo al otro lado un poco por encima del ombligo, expulsando de su punta chorros de sangre y pedacitos de carne que cayeron sobre la piedra y su propia piel. Sus labios se inflamaron y emitieron el aullido de dolor más profundo y bello que se haya visto. Un segundo antes de expirar, sus ojos contemplaron como la gruesa barra se retorcía en espiral sintiendo su punzada raspante en los intestinos, el hígado y otras partes de su cuerpo que nunca habían conocido el tacto. Y ya muriendo, sintió, debajo de su cintura, el tacto de un líquido espeso y caliente que no era sangre… había eyaculado.

3 comentarios:

  1. Ha, ha... ja diuen que hom no ha de llegir Freud perquè pot resultar indigest... sobretot si et claven una barra!

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  2. D'això Galderich, no sé què diria Freud d'un home que té un blog eminentment dedicat a la pornografia amb finalitats "culturals" XD

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  3. Lo sublime vive, seguramente, en ese abismo que se abre en la frontera entre los extremos: la sangre y el semen son, en esencia, flujos vitales, cordones umbilicales entre la vida y la muerte. El placer del dolor y el dolor del placer.La agonía comunica el que somos con el que seremos: quizás un yo pensado desde el otro lado, el contemplado.

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