lunes, 30 de enero de 2012

Tres reyes, tres hermanos, tres Borbones: Carlos X (I)


El último nieto de Luís XV que ocupó el trono de Francia fue Carlos X. Hermano por parte de padre y madre de Luís XVI y Luís XVIII, Carlos nació en Versalles en 1757. Su figura, con diferencia, es la más trágica de los tres hermanos reinantes. A diferencia de Luís XVI tenía la experiencia de una revolución, la de 1789, que le costó dos décadas de exilio; y, en contraposición a Luís XVIII, tenía una constitución física sana y un carácter mucho más activo. Ninguna de estas circunstancias supo ponerlas a su favor y fue el responsable último del fin del reinado de la monarquía legítima.

Luís El Delfín (1729-1765), por Anne Baptiste Nivelon

Tres hermanos varones vivos tenía entre sí y el trono Carlos, duque de Artois: Luís, duque de Borgoña; Luís Augusto, duque de Berry; y Luís Estanislao, duque de Provenza. La muerte de su hermano mayor y de su padre, le colocaron como tercero en a línea sucesoria, sin que por ello su hipotético ascenso al trono se percibiese como algo distante y lejano.

 María Teresa de Saboya (1756-1805) duquesa de Artois por Jean-Baptiste Gautier Dagoty, 1775.

En 1773 se casó con María Teresa de Saboya, hija de Víctor Amadeo III el Bienamado de Cerdeña y María Antonieta de Borbón, hermana de su cuñada María Josefina Luisa de Saboya, esposa de Luís Estanislao. Un poco más feliz que su hermano, el duque de Provenza, Carlos y María Teresa tuvieron cuatro hijos. Su primogénito, Luís Antonio, duque de Angulema (1775-1844); Sofía (1776-1783); Carlos Fernando de Borbón, duque de Berry (1778-1820); y María Teresa (1783). Según parece, la trágica coincidencia en el mismo año de la muerte prematura de sus dos hijas, desincentivó a María Teresa de Saboya para seguir teniendo hijos.


Al estallar la Revolución de 1789, Carlos y su familia se exiliaron. Allí el doble regicidio de Luís XVI y su hijo Luís (XVII), lo sitúo de sucesor directo al trono, cuya corona ostentaba nominalmente su hermano Luís Estanislao, viejo, lisiado y sin hijos. El duque de Artois vagó errante por muchas cortes europeas avivando la lucha contra la revolución. Sin embargo, hubo de asistir impasible a los sucesos que transcurrieron en Francia durante su exilio.
En 1805, murió su mujer quien nunca llegó a ser reina de Francia.
Ningún provecho sacó Carlos de Artois a su primer exilio (1789-1814) ni a su segundo exilio, durante los Cien Días de Napoleón en 1815. Obstinado en defender los derechos del legitimismo monárquico, se opuso con virulencia a La Carta, aprobada por Luís XVIII. Su condición de heredero al trono le permitía criticar impunemente la acción de cualquier ministro o gabinete, sin preocuparle desacreditar, en ocasiones al propio rey. Se abanderó de la facción ultramonárquica, a favor de la cual no paró de conspirar entre las camarillas palaciegas de Las Tullerías.

 El duque de Berry (1778-1820) hijo menor del duque de Artois.
 
No le sirvió de aviso el asesinato de su hijo menor, el duque de Berry, a la salida de la ópera en 1820. Lejos de interpretar la necesidad de la Casa de Borbón por acercarse a la voluntad popular, enardeció a los ultrarrealistas y prometió el regreso al Antiguo Régimen, una vez alcanzase el poder.

 De Villèle, primer ministro francés de 1821 a 1828.

En 1823, sus conspiraciones llegaron a su punto álgido, cuando consiguió que su hermano nombrase primer ministro, cargo establecido por La Carta, a Jean-Bpatiste de Villèle, ultramonárquico y contrario a cualquier sistema constitucional. Villèle mantendría el cargo hasta 1828, convirtiendo su gabinete en el más duradero de la Restauración. Aprobó leyes de censura de prensa y paralizó todas las reformas democráticas y sociales.
El prestigio de Carlos y su familia aumentó ligeramente entre los franceses, gracias al caudillaje exitoso de su hijo, el duque de Angulema de la expedición de los Cien Mil Hijos de San Luís, para restaurar la monarquía absoluta de Fernando VII en España. Ese ejército, tan odiado por los españoles, devolvió a la Francia de la Restauración, algo de su antiguo prestigio militar bajo el imperio.

 Luís Antonio Duque de Angulema (1775-1844) último Delfín de Francia, bajo el reinado de su padre (1824-1830).

En 1924, sucedió a su hermano. Un año después, a fin de no vulnerar el período de luto, tuvo la osadía de hacerse coronar en Reims rey de Francia, Navarra (título nominal que desde Enrique IV, conservaban los monarcas franceses) y Copríncipe de Andorra. Luís XVIII jamás se hizo coronar, se conformó con jurar su cargo frente a Las Cortes del Reino. El célebre escritor y político, Chateaubriand, traza, en Memorias de Ultratumba, un paralelismo entre el fin penoso de Napoleón I y el de Carlo X, los dos últimos hombres que se hicieron coronar en Reims. Carlos X fue el último rey de Francia en tener ceremonia de coronación; tanto Luís Felipe I (1830-1848) como Napoleón III (1852-1870) se conformaron con jurar el cargo frente a sus parlamentos.

Coronación de Carlo X en Reims por François Gérard, 1827
 
Carlo X recrudeció más su política. La crisis económica de 1826, fruto del atraso industrial de Francia, se escenificó en abril de 1827, cuando el rey pasó revista a su guardia en los Campos de Marte, y dentro de ésta se alzaron muchas voces contrarias al gobierno de Villèles. Carlos X enfurecido, gritó a su guardia: “¡No he venido aquí a recibir lecciones!”. En verdad había venido a probar sus fuerzas, pues muchos de sus allegados le había desaconsejado la revista a la guardia, por el malestar existente.

 Vizconde de Martgnac, primer ministro francés de 1828 a 1829.
 
En 1828 encargó al vizconde Martignac, formar nuevo gobierno. El gabinete del vizconde apenas se sostuvo año, pues su carácter ultrarrealista chocaba con el parlamento.
Carlos X no parecía preocupado por nada. En esos momentos preparaba el traslado de la corte a Versalles, para vivir con fuera de París, a usanza de Luís XIV y sus dos sucesores. Su incapacidad por conectar el destino del último residente del palacio de El Rey Sol, su hermano Luís XVI, con el suyo propio nos exhibe su soberbia, causa de la caída de cualquier hombre.

 Conde de Polignac, último primer ministro de la Restauración (1829-1830).
 
En 1929 Carlos X invitó al conde de Polignac a formar gobierno. Ultra entre los ultras, el conde despertó el recelo de muchos convencidos monárquicos, y muchos ministros, embajadores y demás personal del estado trataron de mostrar su error al rey. Algunos como Chateaubriand, entonces embajador en Roma, presentaron su dimisión.
En su empeño por fortalecer su gobierno y a la corona, Carlos X se había quedado completamente solo…y ni se dio cuenta.

viernes, 27 de enero de 2012

Son juegos de universidad


La prematura noche del invierno
se ha dibujado oscura
fuera entre las silenciosas sombreas:
detrás del ventanal…

El ágape descubrió
tapas de tortilla (hechas sin aceite)
el olor a cebada
de las primeras cervezas (Xiveca)
y nuestros cinco rostros invitados
al placer de la charla.

¿Por qué al principio da vergüenza hablar
y contar los problemas?
¿Y por qué luego con juegos de mesa
donde cada casilla
y cada dado son un par de copas
es tan difícil detener el curso
de sucesos que rugen
en aras de existir?

Así de copa en copa
el alcohol sustituye a las palabras
y me cuesta tan poco
no deshacer la cama de prestado
tumbarme sobre ella contigo a mi lado

y desnudarnos grises
con cuerpos de nubarrones encendidos
de tormenta y diamantes
mientras finjo que la sábana naranja
es el cristal del mar.
Así de copa en copa…

Luego con tus ojos de gris profundo
me cautivas a la luz de la lámpara
(casi) me embriagan tanto
como la dulce sangría rosada.

Tengo que salir…
                                   Así de copa en copa
Vuelvo a la sala
                                   Y beso
a algunas bocas más.
Cada una es un suspiro
nacido gris entre franela de ángel.
Percibes en saliva
la condensación del tiempo perdido
antes de vivir
                                   antes de nacer
Y así de copa en copa…

Todos se prueban mi americana azul.
Se indaga en desnudeces
que se olvidan temprano.
Así de copa en copa…
se juega a juegos de universidad
y siempre vence el sueño
al romperse la noche.

Eduard Ariza

lunes, 23 de enero de 2012

Tres reyes, tres hermanos, tres Borbones: Luís XVIII (II)


Tras la época de El Terror del régimen de Robespierre, el período ruinoso de El Directorio y la etapa belicista de Napoleón dividida entre Consulado e Imperio, muchos franceses y muchos intelectuales se hicieron partidarios de Luís XVIII. El célebre escritor y político Chateaubriand recoge este sentir popular en su manifiesto De Bonaparte a los Borbones. Dicho librito, vio la luz clandestinamente en 1814; de él dijo el rey que había sido más útil que un ejército.
¿Cómo podemos explicar el rápido retorno de Bonaparte en julio del año siguiente? El período conocido como “Los Cien Días”, contrariamente a lo que se piensa, no tuvo un gran apoyo popular. Las guerras y, más exactamente, las costosas derrotas de sus últimos años secaron la popularidad de Napoleón. Durante su camino a Elba, isla que le había sido concedida en calidad de principado, el ex emperador, a punto, estuvo de ser linchado, en varias ocasiones, por la turba furiosa. Sólo el ejército se mantenía un acérrimo en el bonapartismo. Sin en lugar de enviarle tropas, Luís XVIII hubiese dejado vagar a su adversario por los pueblos de Francia es muy probable que se le hubiese asesinado.

 Luís XVIII (1755-1824) rey de Francia, Navarra y Copríncipe de Andorra, en las Tullerías, por Jean-Baptiste Paulin Guérin.

 
Por desgracia, los soldados enviados para capturarle se sublevaron contra el rey para unirse a Napoleón. En el contexto de una inminente guerra civil, algunos, entre ellos Chateaubriand, aconsejaron al viejo y tullido monarca permanecer en París, para resistir en Las Tullerías hasta la muerte. El asesinato del monarca hubiese hundido aún más la popularidad del ex emperador. París, además, era decididamente monárquica, lo que, sumado a la falta de medios económicos y artillería por parte de los militares sublevados, aumentaba las posibilidades de una resistencia eficaz. Por si ocurría lo peor, el exilio temporal del duque de Artois, hermano y heredero del rey, con su familia garantizaría la continuidad de la monarquía legítima.
Sin embargo, Luís XVIII decidió huir a Gante. El vacío de poder que se generó posibilitó a Napoleón recuperar velozmente el poder.
 Entre tanto en Viena, el canciller von Metternich, había empezado su Congreso, del que en resultaría poco después La Santa Alianza de monarquías del Viejo Régimen, contra cualquier movimiento liberal. Allí, los monarcas europeos o sus representantes se sintieron decepcionados con Luís XVIII. Después de los innumerables esfuerzos para restaurar el trono de los Borbones en Francia, estos apenas habían hecho nada para defenderlo

 Congreso de Viena 1815.
 
Después de su derrota decisiva en Waterloo, Napoleón volvió a Parías para abdicar a favor de su hijo, quien pasó a ser nominalmente, emperador de los frances del 22 de junio al 7 de julio de 1815, con el título de Napoleón II. Desde Viena se consideró seriamente la posibilidad de reconocer al joven emperador, nieto de Francisco I, así como a su consejo de la regencia, pero, tras largas deliberaciones, se decidió dar una segunda oportunidad a Luís XVIII.

 Napoleón II (1811-1832)
 
El rey volvió a París el 16 de septiembre. A partir de aquí podemos hablar claramente de su reinado y de la Restauración. Luís XVIII, como sus otros dos hermanos fue víctima de su educación basada en la separación de la sociedad por estamentos. Verdaderamente se creía elegido por dios y por lo tanto dueño absoluto de su país, en tanto que así lo permitiese la providencia. No era en absoluto un hombre ignorante ni estúpido, antes bien, se le reconoce una cierta habilidad diplomática. No obstante, su carácter pasivo, alegorizado en su extrema gordura, se tornó en inactivo durante su reinado. Es cierto que actitud benevolente deriva de aquí, pero también su incapacidad para fijar un rumbo claro hacia la monarquía constitucional, como le demandaban la mayoría de los monárquicos.

 Escudo Real de Luís XVIII, que se estampó en la Bandera Blanca -monárquica- durante su reinado.

 
¿Creyó realmente Luís XVIII en la posibilidad de compartir sus poderes con un parlamento como los reyes ingleses? El rey, ciertamente, aprobó La Carta, un sucedáneo de constitución que estableció el régimen institucional de la Restauración. Según este documento, el rey aceptaba la iniciativa legislativa del Parlamento y la Cámara de los Pares, con derecho hereditario; imitación palpable de la Cámara de los Comunes y la Cámara de los Lores, en el modelo británico. También se veía obligado a nombrar a un primer ministro, que actuase de jefe del gabinete, aunque no tenía necesidad de consultar a las Cámaras en este trámite. El monarca conservaba amplias facultades legislativas y ejecutivas que extendían su poder en gran medida.

 Luís XVIII en las Tullerías por François Pascal Símon Gérard

Recuérdense, de nuevo, sus prejuicios de la clase y su conciencia de ser rey por la voluntad de Dios y no por la del pueblo. Luís XVIII nunca tuvo en pensamiento más abierto que su hermano menor, el futuro déspota, Carlos X. Su aceptación de las prerrogativas institucionales y concesiones a las mismas derivan indefectiblemente de esa personalidad hastiada incapaz de hacer otra cosa que dejarse llevar.

 Talleyrand, primer jefe de gobierno de Luís XVIII, ex minsitro de exteriores con Napoleón I.
 
Nombró a su primer jefe de gabinete, durante su segundo exilio, en Gante. La elección fue a recaer en el ex ministro de Bonaparte, Talleyrand. Este conspirador nato se mantuvo en el cargo hasta que el rey retornó a Francia. Había sido designado representante de Francia en la Conferencia de Viena y el rey, conociendo la facilidad de su ministro de exteriores para cambiar de chaqueta, le ofreció tan importante puesto, a fin de asegurarse que se le mantenía leal.

 Duque de Richelieu, primer ministro de 1815-1818 y de 1820-1821.
 
El 26 de septiembre de 1815, tras forzar la dimisión de Talleyrand, se encargó al duque de Richelieu formar gobierno. Hombre hábil, el duque sostendría su gabinete hasta 1818. De sus logros se reconoce su habilidad diplomática para acortar la ocupación de los ejércitos de la Confederación Europea. Pues tras la segunda caída de Napoleón, los monarcas del Viejo Continente decidieron mantener ocupada Francia, como medida de precaución. También convenció a los franceses y de forma particular al ejército, para que se recuperase la enseña blanca de los Borbones como bandera, en vez de la tricolor revolucionaria. Sin embargo, también fue responsable directo del denominado “Terror Blanco”, el gran número de juicios y ejecuciones llevados a cabo en esta etapa de la Restauración.

 Marquis Dessolles, primer ministro entre 1818 y 1819.

De 1818 a 1819, se ocupó del gobierno monsieur Marquis Dessolles, quien fue reemplazado por el conde Decazes. Este joven noble del partido constitucionalista pretendía impulsar un verdadero proyecto de Constitución, para sustituir La Carta e instaurar en el país un régimen democrático. En seguida se ganó la antipatía de la facción ultramonárquica, acaudillada por Carlos de Artois, hermano y heredero del rey.

 Monsieur Decazes, primer ministro de 1819 a 1820.

En 1820, el duque de Berry, hijo menor de Carlos de Artois fue asesinado por un extremista republicano; Louvel. La inmediata ejecución de este no mermó la furia de los ultramonárquicos, que lanzaron insidias contra el Decazes, en las que lo acusaban de velar poco por la seguridad de los miembros de la familia real o de estar directamente detrás del asesinato.


El duque de Berry (1778-1820) hijo menor del duque de Artois.
 
Luís XVIII no prestó ningún tipo de apoyo a su primer ministro, aunque tampoco le reclamó la dimisión. Decazes se la reasentó finalmente y el duque de Richelieu volvió a hacerse cargo del gobierno. Richelieu fue consciente durante su última etapa de gobierno que debía arrinconar a la facción ultramonárquica para salvar la monarquía. Nadie en la Francia de principios del S. XIX estaba dispuesta a aceptar una dictadura con corona, por muy legítima que fuese. El duque de Orleans, futuro Luís Felipe I, cada vez sonaba más como candidato a monarca electo.
Los intentos de Richelieu por prevenir a Luís XVIII fueron en vano. En 1821, las conjuras palaciegas encabezadas por el duque de Artois lo remplazaron por De Villèle, del partido ultramonárquico. 

 Firma de Luís XVIII.

De Villèle no terminaría su ministerio hasta 1828, ya bajo Carlos X. De su gestión con Luís XVIII como monarca debemos destacar su apuesta firma por restaurar a Fernando VII como monarca absoluto de España, donde la revolución liberal de Riego, en 1820, lo había sometido al poder constitucional. En 1823, se armó al ejército de Los Cien Mil Hijos de San Luís, comandado por el duque de Agulema que en pocos meses devolvió a España su régimen absoluto, inaugurando al Década Ominosa.

 Los Cien Mil Hijos de San Luís por Lecomte, 1828.
 
Un año después, en 1924, Luís XVIII expiraba en su palacio de las Tullerías. El primer monarca de la Restauración fue sucedido por su hermano el duque de Artois que se convirtió en Carlos X. Esta fue la única sucesión que se dio en Francia, hasta 1973, sin que hubiese por medio un golpe de estado, una revolución, o un derrocamiento.

De Villèle, primer ministro francés de 1821 a 1828.

A parte de su dormitorio, conservado en El Louvre como parte del museo, Luís XVIII deja poco legado a los franceses. Pudo haber asentado la monarquía constitucional aprovechando el momento álgido de popularidad de los Borbones al inicio de la Restauración. Sus pecados de soberbia le mantuvieron obcecado en que los cambios ideológicos heredados del Siglo de las Luces eran errores y su crimen de pereza le convirtió en un títere la mayor parte de su reinado. Dar preferencia a los miembros de la familia real, la nobleza y las camarillas de palacio, antes que a las instituciones electas, constituyó su peor error; el que condujo a asentar las bases para hacer caer en la monarquía, en vez de afianzarla, como pretendió.





viernes, 20 de enero de 2012

Cuerpo de mujer


Cuerpo de mujer

“Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega.” Pablo Neruda

¿Por qué me cansa el olor de tu carne?
¿Ya no almacena tu cuerpo candor
para botar barquitos
de seda con tus sábanas
sobre un mar de pasión?

No recuerdo encontrarte
después de las palabras.
Siempre te encontré antes
                                               Siempre desnuda
Olvidada de ti misma…
                                               Recuerdo
como en torrentes gentiles y dulces
se condensaban tus gotas de carne
convirtiendo mi piel
en toda la voluntad de mi cuerpo.

A veces deslicé
mi mano entre las ondas de tu pelo
Gentiles remolinos
de tacto aterciopelado y lozano.

Lástima que tu olor
embargante hasta la asfixia sórdida
respirase del aroma del jerez.
Demasiado excesivo
para la convivencia.

¿Te hice daño al quererte?
¿O más bien fui el resto, lo que sobraba?
¿La piedra en el zapato
incapaz de dañarte
por encima de la triste molestia?

Adiós eterno cuerpo
materia transmutada en inmortal.
Adiós, adiós, adiós...
Aunque hacer el amor le dé a tu rostro
elegancia natural
durante el día que sigue,
no lo haré más contigo
porque tú no me quieres
y estos son los primeros
y los últimos versos que te escribo.

Eduard Ariza

lunes, 16 de enero de 2012

Tres reyes, tres hermanos, tres Borbones: Luís XVIII (I)


 Luís Estanislao duque de Provenza (1755-1824), retratode Le Tour.
El segundo personaje de nuestra tríada es Luís XVIII. Fue el sexto hijo de Luís El Delfín y su segunda esposa María teresa de Sajonia. Nació en 1755. La muerte de su hermano mayor, Luís de Francia y duque de Borgoña, en 1761, se sumó a la de su otro hermano Javier (1754). Así, Luís Augusto, duque de Berry, futuro Luís XVI quedó como segundo en la línea sucesoria, después de su padre quien, a la sazón, era el Delfín de Francia; y él, Luís Estanislao, conde de Provenza en aquel entonces, el tercero.

Luís El Delfín (1729-1765), por Anne Baptiste Nivelon

Sin embargo, la muerte de su padre en 1765, lo colocó de segundo en la sucesión al trono, sólo por detrás de su hermano.

 Victor Amadeo III de Cerdeña  el Bienamado (1726-1796), por Guesppe Duprà, 1750.

En 1771 contrajo matrimonio con María Josefina Luisa de Saboya, hija de los reyes de Cerdeña, Víctor Amadeo III y María Antonia Fernanda de Borbón, hija de Felipe V y por lo tanto prima tercera de su futuro yerno. Carlos de Artois, futuro Carlos X, reforzó esta alianza al casarse él con María Teresa de Saboya, hermana de María Josefina. De modo que tanto los dos hermanos, Luís Estanislao y Carlos, como las dos hermanas, María Josefina Luisa y María Teresa, pasaron a ser recíprocamente cuñados además de hermanos.

 María Antonia Fernanda de Borbón (1729-1785) por Jacopo Anügoni en 1750.

El matrimonio con María Josefina Luisa trajo al conde de Provenza muchos sinsabores y casi ninguna alegría. De entrada obligó a la monarquía borbónica a ligarse fuertemente a los Saboya de Cerdeña, quienes fueron tan pésimos reinando como malos aliados. A nivel personal, el matrimonio fue completamente insatisfactorio. La pareja apenas hizo vida marital, si bien, los dos abortos de María Josefina Luisa demuestran que alguna sí que la hubo. Luís Estanislao tenía sus favoritas y la duquesa de Provenza… también; y es que, con fundamento, muchas señales apuntan a que tuvo amoríos con varias de su camareras.

 María Josefina Luisa de Saboya (1783-1810)

En 1774 murió el rey Luís XV y la corona pasó a su nieto, Luís XVI. Durante siete años, Luís Estanislao quedó como heredero directo al trono, pues la Ley Sálica impedía que la única hija de su hermano heredase el trono. Sin embargo, el nacimiento de Luís Javier en 1781 –quien murió prematuramente en 1789, poco antes de la Revolución- y Luís Carlos, duque de Normandía, lo alejaron del trono.

 Luís XV (1710-1774) en Versalles.
 
Sin que exista una causa clara, el duque de Provenza detestaba a su cuñada, la reina María Antonieta. Durante los frívolos años de vida en Versalles, hizo cuanto pudo por desacreditarla por medio de conspiraciones en las camarillas reales. La idea no iba tanto por asesinarla, eso se acabó con Luís XIII, sino más bien comentar que la reina bailaba mal, no comía apropiadamente, gastaba mucho dinero (cosa cierta), no sabía vestirse etcétera, etcétera. Las disputas con su cuñado fueron el principal pretexto de la reina para retirarse a “Le Petit Trianon”, pequeño palacete dentro de Versalles, que le permitió alejarse de la corte.

 María Josefa de Sajonia (1731-1767), madre de Luís XVII, Luís XVIII y Carlos X,  por Nattier en 1751.
 
El papel del duque de Provenza en 1789 y los años que siguieron fue nulo. Como la mayor parte de la familia real huyó al exilio, en su caso a Westfalia. Allí permaneció sin decir palabra de la Constitución de 1791 o la fuga de su hermano frustrada en Varennes. No fue hasta la ejecución de Luís XVI en 1793, cuando tomó la voz para erigirse en regente de su sobrino, Luí Carlos, nominalmente Luís XVII. A la muerte de éste en la prisión de El Temple, dos años más tarde, pasó a ser reconocido como Luís XVIII de Francia por las monarquías europeas.

 Luís XVII (1785-1795) A. Kucharsky en 1792.

Sus primeras medidas, en su papel de monarca nominal, fueron reafirmar su negativa a aceptar cualquier principio de la Revolución. Esto dificultó cualquier restauración, pese a la inestabilidad natural de la república. Con las victorias francesas en las Guerras de Coalición, él y su familia hubieron de embarcar rumbo a Inglaterra, residiendo algún tiempo, con anterioridad en Rusia. Desde allí, en 1804, vivió el asesinato del joven duque de Enghien, último descendiente de la rama Borbón-Condé. Lo único que el rey titular pudo hacer, ante el asesinato de su sobrino segundo, secuestrado por Napoleón, fue devolver al rey de Prusia la Orden del Águila Negra, pues el aún Primer Cónsul de Francia también había recibido esta condecoración.

 El Duque de Enghien (1772-1804)
 
El duque de Enghien fue asesinado el 21 de marzo, mismo día en que Napoleón proclamó, no por azar, su Código Civil, para reafirmar su autoridad legal. La mancha de este asesinato pesó mucho sobre el general corso, pues el pobre joven duque se había atrevido a acercarse a la frontera francesa con el fin de ver a su amada, no para participar en ninguna conspiración. Dos meses más tarde, Napoleón se ascendió a emperador de los franceses y rey de los italianos. El nacimiento del hijo de Napoleón en 1811, con la hija de Francisco I, emperador de Austria, alejó aún más la esperanza de que los Borbones recuperasen el trono.
En 1810, el rey titular perdió a su esposa, que fue enterrada en la Abadía de Westminster. A lo largo de su prolongado exilio juntos, la pareja no había hecho otra cosa que discutir.

 Alegoría de los Borbones (1814) por Louis-Philippe Crépin. Luís XVII sostiene a la Francia abatida.
 
Los reveses de Napoleón en 1812, al salir escopeteado de la campaña de Rusia, abrieron de nuevo la puerta. Hacia 1913, cuando Francia había perdido la mayor parte de sus conquistas continentales, Alejandro I de Rusia y Wellington se hicieron valedores de la Restauración borbónica, que vio finalmente la luz en 6 de abril de 1814. Ese día el denominado Senado conservador, cámara legislativa del imperio, que había forzado a su emperador a abdicar, proclamó a Luís XVIII rey de Francia. El rey entró triunfal en París, poco después de haber sido ocupada la capital por Alejandro I y sus tropas. Anciano y lisiado por su obesidad, recibió los vítores populares camino de su palacio de Las Tullerías, actualmente, el Museo del Louvre.

lunes, 9 de enero de 2012

Tres reyes, tres hermanos, tres Borbones: Luis XVI


Mi gusto por leer obras titánicas (tanto en esplendor como en volumen) de la literatura universal me ha arrastrado durante los últimos meses a leer las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand.
He disfrutado mucho con su lectura y no quería dejar de hacer un par de entradas en el blogg para comentarla. Desgraciadamente, éstas se hacían demasiado largas, por lo que decidí dividirlas. Luego vino el problema de la temática, ya que hablar de Memorias de Ultratumba implica hablar de la historia y la política de Europa, más exactamente Francia, a finales del S. XVIII y primera mitad del S. XIX. A fin de separar con mayor comodidad el marco histórico del comentario literario, he decidido escribir estas entradas sobre los últimos tres Borbones de Francia. No escribiré sobre Napoleón, porque, si bien es cierto que ocupa un lugar destacado en el texto del Chateaubriand, su figura se encuentra alejada del sentimiento ético-político del autor.
Empecemos con Luís XVI, el más conocido de los tres hermanos.

 Luis Delfín de Francia (1729-1765) por Anne Baptiste Nivelon, 1764, Palacio de Versalles. 
 
Luís duque de Berry fue el quinto hijo del matrimonio de Luís Fernando, Delfín de Francia, y María Josefa de Sajonia, hija de Augusto III de Sajonia. El mismo año de su nacimiento, 1754, falleció su hermano mayor de un año, Javier, duque de Aquitania. Esto deja el pequeño de tercero en la sucesión al trono, por detrás de su padre y su hermano mayor, Luís, el duque de Borgoña. La muerte de éste último a los diez años traumatizó profundamente al futuro rey. Según los psicoanalistas María Torok y Nicolás Abraham llegó a padecer el síndrome de criptoforia, es decir, pérdida de su propia identidad en “imitación” de la de la de su hermano.

 Maria Josefa de Sajonia (1731-1767), por Nattier 1751, Palacio de Versalles.
 
En 1750, siendo ya heredero directo de su abuelo Luís XV (su padre había muerto cinco años antes), contrajo matrimonio con María Antonieta, hija de María Teresa I de Austria. Este matrimonio ambicionaba el fin de las hostilidades entre los Habsburgo y los Borbones. Tímido y con problemas de diferente índole, Luís no consumó su matrimonio hasta siete años después de haberlo contraído, pese a dormir cada noche al lado de su esposa.

 María Antonieta (1755-1793) por Le Brun 1783,
 
Al fin, la pareja tuvo hijos. Sólo en el caso de la primera, María Teresa Carlota de Francia (1778-1851) tenemos certeza de que la paternidad fuese de Luís XVI. Los otros tres hijos, Luis José Javier (1781), Luis Carlos (1785) y María Sofía (1786) está muy discutida. En cualquier caso, el monarca quedó profundamente abatido por la prematura muerte de su hija menor, con apenas un año de vida en 1787 y la de El Delfín Luís José que falleció en 1789, poco antes de la revolución.

 María Teresa Carlota de Francia (1778-1751),  primogénita de Luís XVI , como Delfina de Francia, por Alexandre François Caminade, 1827

 
La muerte de su abuelo en 1774 lo ascendió al trono de la monarquía más poderosa de Europa. La caricatura del monarca suele mostrar a un hombre estúpido, incapacitado para el gobierno; tal cosa no es cierta. Luís XVI fue el primer monarca poliglota del trono de Francia, hablaba con fluidez alemán e inglés, además de su francés materno. Sentía asimismo una gran pasión por la química y la física. Su biblioteca privada concedía un lugar de honor a los libros Montesquieu, de quien tenía un par con notas manuscritas del autor. También leía con frecuencia a David Hume, aunque sólo sus textos historiográficos.

 Firma de Luís XVI

Vivía alejado del ambiente festivo de cacerías y banquetes de la corte, la más cara de Europa, (que tanto gustaba a su esposa) y practicaba lógica, retórica, matemática y hasta se hizo construir un pequeño observatorio para dedicarse a la astronomía. Sus “rarezas” eran motivo de burla entre sus propios cortesanos; y motivo de reprobación de su confesor fue decirle a este, al subir al trono que quería construir una monarquía “al margen del derecho divino”.


Luis XVI rey de Francia y Navarra (1754-1793) por Callet, 1788, Museo del Prado.

 

Hombre de ideas progresistas y verdaderamente ilustrado, Luís XVI demostraba poco interés por el gobierno que lo consideraba ajeno a él. Esto no le impedía tener clara la situación de Francia. A comienzos de su reinado, ante la necesidad de una reforma, intentó que Turgot aprobase una reforma para que la nobleza y el clero pagasen impuestos. La oposición de los estamentos privilegiados se sumó a la falta de voluntad del rey que cesó a su ministro en 1776.

 Escudo de Luís XVI, este se colocó durnate su reinado sobre la bandera monárquica francesa completamente blanca.

 
Necker fue la siguiente elección de Luís XVI, cuyo nombramiento, por éste plebeyo, extranjero (ginebrino) y protestante no pudo acogerse peor en la corte de Versalles. El nuevo hombre fuerte del reino impulso con el apoyo de Luís XVI reformas progresistas, algunas incluso aplaudidas por Voltarie.

Jacques Turgot (1727-1781)

En 1779 tuvo la osadía de autorizar a la mujeres casadas a emplear sus pensiones (en caso de que las tuviesen) sin autorización de sus maridos. También fue iniciativa de Necker el apoyo a los Estados Unidos en su Guerra de Independencia (1775-1781). Sin embargo, la oposición radical de la nobleza a revisar el sistema de impuestos le forzó a dimitir en 1781.

 Jacques Necker (1732-1804), por Duplessis, Palacio de Versalles.



 Dos años después, a raíz de un crisis de subsistencia y después de que el rey haya abierto Los Estados Generales, parodia de parlamento donde cada estamento tenía un voto colectivo, estalla la revolución. Mucha gente considera que la Revolución de 1789 fue republicana. Esto constituye un error grave, pues el carácter de esta, al marge de Le Fayette, se vinculaba más al constitucionalismo.

 El vizconde de Calonne (1734-1802),  por Vigée Lebrun, 1784, Royal Collectio, Londres.




Todos sabemos lo que ocurre, el rey es obligado a renunciar a su título de rey de Francia y es designado “Rey de los Franceses”. La mayoría de la familia real se exilia, pero el rey su mujer y sus dos hijos son llevados a El Louvre. Allí el rey vio con desagrada el inicio de “El Terror”, cuando los despóticos y frágiles gobiernos de La Asamblea se enemistaron con toda Europa y empezaron una persecución inclemente contra la nobleza y los clérigos. Además, según sabemos por sus textos personales, el rey temía seriamente un atentado contra él o algún miembro de su familia.

 Jena-Pierre-Louis-Laurent Houel, Toma de la Bastilla, 1789. 

En 1792 la huída de la familia real se ve frustrada en Varennes. Fue destituido y llevado a El Temple. En 1793 fue guillotinado. Al ponerse sobre la plancha basculante les dijo a sus verdugos “Haréis lo que se os haya mandado, pero no me ataréis”.




La ejecucución de Luis XVI, folleto propagandístico de 1794.


Su familia no corrió una mejor suerte. Su mujer fue acusada de conspiradora, cuando objetivamente, ningún contacto tuvo con la política. Más ruin fue la acusación, instigada desde el sector antimonárquico de “estrupo” (abuso sexual) sobre su propio hijo. La reina vio con gran dolor como el príncipe era manipulado ante ella, en el Tribunal, respondiendo “sí” a una pregunta cuyo significado no podía entender a los diez años. Contados meses después de la ejecución de su esposo, temeroso el gobierno de que fuese rescatada con sus hijos, María Antonieta fue ejecutada. Calva a causa del estrés, pidió perdón a su verdugo por pisarle al subir al cadalso.



Litografía de Luís XVII, anónimo.


El pequeño Delfín, fue reconocido nominalmente como Luís XVII de Francia por los monárquicos, pero falleció en El Temple en 1795, a causa de tuberculosis. Su hermana, María Teresa Carlota fue la única superviviente del linaje. Se casó con su primo el duque de Angulema, hijo del futuro Carlos X, por lo que, durante el reinado de su tío 1823-1830, se convirtió en delfina de Francia. Murió en el exilio, sin descendencia, en 1851.

 Mausoleo de Luís XVI y María Antonieta en Saint Denis, edificado por Luis XVIII en la Restauración (1814-1830)

viernes, 6 de enero de 2012

¿Por qué Eduard Ariza?

Hace tiempo una amiga mía me preguntó por qué en mi blogg no uso un post falso que emmascaré mi identidad, como es costumbre en la bloggosfera, en lugar de poner mi nombre y mi apellido.
-Es que te queda un poco seco  y deja poco espacio a imaginar sobre ti -venía a decirme.
-Pues en realidad ese no es mi nombre.
Mi amiga se me quedó mirado detenidamente. De su expresión se deducia que no acababa de creerse lo que le había dicho, lo que no tenía nada de particular, pues casi nadie me conocía por mi nombre.
-En mi DNI pone Eduard Ugalde Ariza, S...
Mi amiga se quedó bastante asombrada y no se convenció hasta que me saqué el documento de identificación de la cartera y se lo mostré. Automáticamente quiso saber por qué no me cambiaba el nombre y yo le conté que lo tenía en mente.
Ya está hecho:


En el año 2008, poco después de conseguir su segundo mandato, el presidente Zapatero aprobó una ley orientada a los transexuales, a fin de que pudiesen cambiar sus datos personales con mayora agilidad antes de pasar por el quirófano. Con este gesto se posibilitó realizar un trámite hasta el momento inviable, pero además, la misma ley facilitó la situación de aquellas personas que nos queríamos invertir el orden de los apellidos.
Este trámite en España es posible desde la Constitución de 1978, donde se estipula que los padres fijarán el orden de los apellidos  de sus hijos anteponiendo el que prefieran, siempre que mantengan para todos ellos el mismo criterio. Posteriormente, al ser mayor de edad, el individuo adquiere esta facultad.
Sin embargo el trámite de inversión era hasta 2008 largo y costoso, pues se hacía por la vía notarial, se necesitban un gran número de acreditaciones de todo tipo, una argumentación y dos testigos que firmasen por ti, en mi opnión, lo más folklórico del proceso.
Gracias al ex presidente pude realizar este trámite en cuestión de pocos días y ahora, tal vez, tenga que cambiar el nombre de mi identitdad en la bloggosfera, para darle un poco de msiterio, como decía mi amiga S...

martes, 3 de enero de 2012

El placer de la caza


“Es un deporte apasionante, por un momento, tiene en sus manos la elección de la vida o la muerte” Bram Stoker Drácula.

Cuando no queda nada
(o si lo esperas todo)
durante ese vacío intermitente de vida
¿ya qué placer te queda
sino acercarte en sigilo a la muerte?

Apostarte al camino
entre las plantas aún blandas del alba.
La pasión, la belleza
se reducen a una pieza de plomo
que espera su destino.

Acecha a la presa,
                                  con rostro de ángel
¡Armas de aire y acero!
¡Viento!
                       ¡Crepitar del Sol entre nubes!
Vosotros grandes tibios
adormeced el dolor de mi espera.

El eco del viento sobre las hojas
ruge como una caricia de amor
sobre la ropa y muere
en seguida
                       como un fru-frú reptante.
Y sigues a la espera.

“¡Vamos! ¡Corre adelante!”
La presa husmea su propio camino
esperando la vida
descansa en el otoño.

“¡Corre!
¡Corre! Y…
                                  ¡Corre!”
Tus colmillos como flechas de carne
sangrarán ante el metal y el viento.
La jauría ya ladra.
Saltan sobre ti.
                       Diamantes de esmalte
atraviesan tu piel.

“¡Vamos!
                       ¡Corre! ¡Atento!”
Entre chillidos sangras…
¿Finges que te han sajado la garganta?
Alargo mi mirada
                                  con prismáticos:
Espumas fango rojo por la piel
hirviendo cálida de tu vida.
Entornas tus pupilas
mareadas por los demasiados perros.
Ya has destrozado a varios animales:
Dos
           tienen el cráneo arrancado;
                                                          tres
deslizan muy gentiles
sus tripas sobre el suelo
con la bilis, agua para nuevos barros;
media mandíbula le cuelga al otro.
El resto del enjambre
o lame los cuerpos de sus caídos
o… flor de carne,
                                  te cercena más.

“Vamos… ¡Corre!
                                  ¡Dispara!”
El diminuto cometa de acero
con pólvora, con viento
te cruza con una estela de chispas
nacidas de ti
                       (todas de carmín).
Al suelo caes embarrado.
Te rodean los perros
                                  Y mordisquean
tus miembros aún bullentes
mientras gimiendo expiras.

“¡Bien! ¡Bravo! ¡Buen disparo!”
Tranquilo, despezaremos tu cuerpo
no será de los gusanos.
Arrebataremos la sangre a tu carne
salaremos con celo de vestales
todos tus miembros
                                  y secaremos tu cráneo.

Mientras tus huesos crujen
al corte del cuchillo
y hago aflorar tu tuétano espumoso,
pienso que el Sol te dora
hojas de la robleda
como si fuese tu máscara fúnebre.

Eduard Ariza