lunes, 25 de febrero de 2013

Carlota en Weimar


Si el amor es lo mejor de la vida, el beso es lo mejor del amor” Thomas Mann, Carlota en Weimar

El 1 de enero de 1936 Thomas Mann escribe en su diario:
Si este año me aporta la terminación del tomo III del José y la novela corta sobre Goethe, estaré satisfecho.
Lo cierto es que Carlota en Weimar no estuvo acabada hasta 1939. Se publicó ese mismo año en Estocolmo, pues los nazis había censurado a Thomas Mann en el Tercer Reich que por aquel entonces ya englobaba Austria, los Sudets y Chequia, además de Alemania.
El autor se encuentra en uno de los periodos más tristes de su vida: el exilio. Como escritor se ve obligado a publicar sus obras traducidas a otro idioma para tener público, dado que tan solo los alemanes exiliados pueden leerlo en versión original.

El Tercer Reich hacia 1939, poco antes de que estalle la Segunda Guerra Mundial.

En una visión más amplia y literaria, Thomas Mann se encuentra en una etapa de su obra posterior a La Montaña Mágica (1924) y a la concesión en 1929 del Premio Nobel. En las grandes obras de esta etpa queda impreso el sello de Goethe de uno u otro modo. La tetralogía de José y sus hermanos responde a una observación de este poeta quien lamentaba que la historia familiar de Jacob se expusiese en La Biblia con tanta parquedad narrativa. Atendiendo a esta observación decidió Thomas Mann novelar la historia sagrada.
Más evidente es la presencia de Goethe en Doktor Faustus. La última gran novela del escritor lübeckés pretende reinventar el mito de Fausto y su pacto con Mefistófeles en un compositor de música del S.XX.

Mefistófeles tienta a Fausto.

Sin embargo, Carlota en Weimar va mucho más allá pues reelabora la figura histórica de Goethe en un personaje de ficción literaria. El complejo entramado metaliterario no se detiene ahí. La novela empieza con una visita de Carlota Buff, viuda de Kestner a Weimar. El propósito oficial del viaje de Lotta es visitara su hermana y de pasada, si fuese posible, ver a Goethe.
Las sinceras intenciones de la consejera son exactamente las contrarias. Bajo pretexto de la visita a su hermana, Lotta Kestner quiere reencontrarse con el escritor a quien le un fuerte e íntimo vínculo. Tan grande se ha hecho la fama de fama de frau Kestner en Alemania que tiene que viajar de incógnito. A fin de de pasar inadvertida se aloja en una posada a las afueras de la ciudad. Pero no resulta como ella pretende. El mesonero la reconoce y empieza a acosarla con sus preguntas. Poco después una viajera inglesa que recorre el mundo retratando a gente importante insiste en esbozar un retrato de su rostro. A lo que la consejera consiente muy a su pesar. Finalmente el rumor de su llegada corre como la pólvora y la gente se encamina a la posada en multitud para expresarle su afecto y admiración.

Portada de Carlota en Weimar editorial Edhasa.

¿A qué se debe todo esto? Pues bien, Carlota Kestner es, según ha contado el propio Goethe, la Carlota amada del desventurado Werther.
La consejera fue en efecto una de las muchas amantes de Goethe, quien siempre mostró predilección por las mujeres más jóvenes que él. Particular escándalo levantó su tardío matrimonio, pues su esposa bien podría haber sido su hija.
Con una lista de mujeres tan extensa a sus espaldas se convirtió en un motivo de gran interés por la crítica saber cuál de ellas era Carlota. La respuesta de Goethe complació a sus contemporáneos, aunque sumió en una profunda inquietud a frau Kestner. La consejera aparenta mostrarse molesta y asegura que no se la puede considerar un personaje literario.
Todo esta humildad desaparece al final de la novela, cuando al salir de la ópera Carlota toma el carruaje que Goethe le ha prestado para moverse por la ciudad. En su interior la espera el propio autor para sorprenderla. Entonces Carlota le confiesa el verdadero motivo de su inquietud: teme que llegue a saberse que quien en realidad inspiró el personaje de Carlota no fue ella sino de su hermana enterrada en Baden. De conocerse esto, su inmortalidad literaria quedaría en entredicho.

Sellor de Goethe.

Por supuesto este giro argumental pertenece a la ficción de Thomas Mann. Mediante él, amplía el horizontes de expectativas del lector con el personaje de Carlota. También cierra el círculo literario de la obra.
La novela se cierra con estas palabras de Gohete: Ayudar a la Carlota de Werther a salir del coche de Goethe es una experiencia… ¿cómo diré? Es digno de ser consignado. En esta frase se condensa la doble metaliteralidad de la obra: por un lado la conciencia de Carlota y Goethe de su relación estrecha con los personajes de Las desventuras del joven Werther, y además su condición externa de personajes de la novela Carlota en Weimar.
El ejercicio del autor lübeckés va mucho más allá de la metaliteralidad. Como Goethe, Thomas Mann amaba la literatura profunda de gran densidad filosófica. Plasma a lo largo de los diálogos y monólogos de la novela una basta concepción sobre el papel del arte y la literatura.

Thomas Mann en su casa californiana en el exilio.

Las opiniones de la propia Carlota se ven complementadas con las del doctor Riemer, asistente de Goethe, la joven madame Adela Schopenhauer y Augusto von Goethe, hijo del escritor. La mayoría de deas expuestas tratan de ubicar el papel del arte y la figura del artista intelectual en el mundo. Dos de las grandes constantes de Thomas Mann a lo largo de su obra.
Se centra en la figura de Goethe cuya personalidad se aclara durante el largo monólogo de su personaje en el capítulo séptimo.
El poeta es elevado por el resto de personajes a una talla semidivina. Con estas palabras lo describe el doctor Riemer: Dios es objeto de entusiasmo, pero él mismo permanece necesariamente ajeno: no puede evitarse asignarle una peculiar frialdad, un indiferencia aniquiladora. Apenas Lotta modera un poco esta concepción del artista.

Sello de Thomas Mann.

Durante su monólogo, el autor se muestra como un anciano cansado, embuido en la edición de sus Obras Completas y en redactar sus memorias. En la decadencia de su senectud afloran muchos de sus prejuicios. Discrepa con Schiller, quien era “un demócrata” hasta en el reino de las letras, en que el arte deba ser accesible a todos. El éxito de Las desventuras del joven Werther le resulta lamentable, pues entiende que sus obras de mayor densidad filosófica son mejores, aunque el público no las valore.
Presenta gustos burgueses. A saber, su placer por los pasteles, su gusto para andar con las manos cogidas a la espalda si viste un batín de suave franela, o su afición al vino de Madeira. El café de la mañana es más bien para la cabeza, pero el Madeira es para el corazón dice. Todos estos rasgos, más que remitir a una fiable documentación histórica buscan aproximar el carácter de Goethe al de Thomas Mann, escritor burgués por excelencia.

Ayuntamiento de Weimar.

Más objetivo para el disgusto de Goethe por la especialización: El diletantismo es noble, y quien es noble es diletante. Por el contrario, es vulgar todo lo que significa gremio y especialidad y profesión. Y por la originalidad: La originalidad es lo tremendo, la locura, el ser artista sin obra, el orgullo cerrado, el celibato y la solteronería del espíritu, la locura estéril.
En efecto a lo largo de su vida el consejero de la corte Goethe se especializó en ser un aficionado, con notable éxito en la mayoría de las materias. Aparte de su producción literaria, son notables sus investigaciones geológicas y anatómicas. En éstas últimas encontró el hueso intermaxilar de los mamíferos dentro de un cráneo humano.

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832)

Para algunos críticos Thomas Mann escribió Carlota en Weimar como respuesta a los nazis. Si bien este pensamiento no es del todo erróneo, hay que ir con cuidado para confundir sus intenciones. Su novela es una novela; es literatura. La respuesta política ya la dio desde el exilio con su contundente Manifiesto al mundo civilizado y después en sus discursos radiofónicos durante la guerra.
No obstante, su condición de literatura no impide que lo largo de la novela se hagan muchos guiños en contra del nazismo. Algunos tan claros como este: La sociedad, por lo menos la alemana estropea a sus dueños y favoritos llevándoles a un penoso abuso de su superioridad, en lo que, al fin y al cabo, ninguna de ambas partes encuentra placer.

Ejemplar de la Constitución de Weimar.

Especial relevancia adquiere la narración que se hace en el capítulo ocho sobre el judío habitante de Eger, quien fue indemnizado por el príncipe alemán de la ciudad tras ser el único hebreo en escapar a un estallido de antisemitismo. Igualmente, la exaltación de la ciudad de Weimar que en la novela se identifica con la filosofía, el arte, el amor y la belleza no es sino una exaltación a la República de Weimar, régimen derribado por Hitler.
Del mismo modo, la admiración de Goethe por Napoleón, invasor de Europa y dictador, es tratada bajo el signo del error que muchos intelectuales cometen al simpatizar con los autoritarismos por clasismo o por debilidades estéticas.

Francisco Ayala (1906-2009)

La edición castellana muestra un rasgo de carácter político muy significativo. La traducción de Carlota en Weimar una novela de un exiliado escrita en el exilio fue traducida al castellano por Francisco Ayala desde Suramérica, donde otro régimen dictatorial, el franquismo, lo había obligado a exiliarse.
Ni Carlota en Weimar ni Thomas Mann fueron los únicos autores que tradujo Francisco Ayala quien aprovechó bien sus conocimientos de alemán. Sus traducciones son de una elevada calidad. Motivo por que Edhasa ha mantenido su textos para las últimas ediciones de esta novela.



Bibliografía Consultada

KURZKE, Hermann. Thomas Mann. La vida como obra de arte. Una Biografía. Galaxia Gutemberg. Barcelona. 2003. Trad. Sala, Rosa.
LUDWIG, Emil. Obras Completas I. Editorial Juventud. Colección Clásicos y Modernos. España. 1966.
MANN, Thomas. Diarios 1918-1936. Plaza &Janés Editores. España. Diciembre 1986. Ed. y trad. Gálvez, Pedro.
MANN, Thomas. Diarios 1937-1939. Plaza &Janés Editores. España. Junio 1987. Ed. y trad. Gálvez, Pedro.
MANN, Thomas. Carlota en Weimar. Edhasa. Barcelona. 2006. Trad. Ayala, Francisco.

lunes, 4 de febrero de 2013

El sector cuaternario



Recuerdo que por aquel entonces yo tenía nueve o diez años. En la escuela me llamaban mucho la atención ciencias para la naturaleza y ciencias sociales. Las demás asignaturas me parecían vulgares. Aunque de estas dos prefería a las primeras porque hablaban de vulcanismo, funcionamiento orgánico del cuerpo, la clasificación de los animales y otros tantos temas que me parecían llenos de fantasía. Las ciencias sociales me desagradaban por lo burocrático de su temática; y eso que aún no sabía que esa palabra existiese.
Mi madre, mis tíos que nos acompañaban aquella tarde, y yo estábamos a punto de comer. Como era habitual, me hacían preguntas sobre las cosas que estudiaba en la escuela. En aquel momento me explicaban la distinción entre los tres sectores de trabajo.
-¿Sabes que igual ponen un sector cuaternario? –dijo mi tía.
Negué con la cabeza completamente desconcertado.
-¿Cómo es eso? –preguntó mi madre.
-Se ve que quieren hacer un sector cuaternario que agrupe todo lo que tiene que ver con la construcción. Desde la obtención de materias primas hasta la venta de las casas.
-¿Entonces recogen de los tres sectores?
Mi tía asintió a mi pregunta.
-Tiene su lógica: ladrillos, lampistería, mobiliario… Eso sin contar los millones de paletas, constructores… Prácticamente todo el país vive del “sector cuaternario” –apuntó mi tío.
Unos años más tarde, seis años, mes arriba mes abajo, reventó la burbuja inmobiliaria, lo que sumado a la crisis financiera internacional nos sumergió en la crisis económica más dura desde la posguerra en los años cuarenta. Los paletas y otros muchos trabajadores parados por millones revistieron a este país olvidadizo con el traje de miseria que nunca ha conseguido quitarse por mucho tiempo. Después vinieron los desahucios, los subsidios insuficientes, el aumento de la pobreza, y aunque alguno no lo crea el hambre.
Ya nadie piensa en cambiar los libros de texto de primaria para hablar a los niños de un sector cuaternario.