miércoles, 23 de julio de 2014

Rescisión de contrato

[El señor de las tinieblas
viste capa y americana de tres botones,
su piel es escarlata,
                                               sus alas de murciélago.
Le envuelve una hojaresca de ceniza.]

Yo pisé el infierno.
Por vivir seguro, vendí mi alma.
Mi fianza: la felicidad.

Volví años después.
Supliqué el retracto, la nulidad,
la devolución del objeto.

Una grisura oscura
alumbró sus facciones. Rugieron sus fauces:
“Insípida es tu alma. ¡Llévatela!”

Así regresé a la tierra.
Cociné las vísceras de mi cráneo
en una caldera.

No mintió el diablo.
El órgano más parecido a mi alma
apenas tenía sabor.

[Con la rescisión del contrato también
recuperé la fianza.
La generosidad sólo está en el ángel caído.]

8 de mayo de 2014
Eduard Ariza


1 comentario:

  1. El poema no es más que lo que en él se dice. Un alma errante vende su alma al diablo, quien además del alma le pide que deje su felicidad en el infierno a modo de fianza.
    Hace años me impactó la lectura de un texto teológico donde se afirma que el diablo devora a las almas en el infierno. Su inmortalidad impone al alma un sufrimiento terrible, pues nunca termina de ser devorada.
    El protagonista un día regresa al infierno. Su alma no tiene sabor, así que el diablo se la devuelve. Ya en la tierra cocina su cráneo -el canibalismo, otra de mis obsesiones- y al probarlo entiende que al diablo no le atraiga especialmente el sabor de su esencia metafísica. Después de todo, si el alma es pensamiento, tendrá el mismo sabor que nuestros sesos.
    Pero el diablo es algo más que maldad y apetitos culinarios. También debe haber algo de bondad en el ángel desgraciado. Por eso, junto con el alma devuelve también la felicidad.

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