jueves, 20 de enero de 2011

¿La Libertad o el Pan? I

Cuando uno piensa en revoluciones, olvidando que fueron los ingleses los primeros en decapitar a un monarca, evoca la imagen de Luis XVI con su cuerpo tumbado en plancha basculante, con la cuchilla ya caída sobre su cuello sangrante, mientras su cabeza cortada está en un cesto.
Ciertamente, la vinculación entre Francia y la revolución es innegable. En 1789, empezó la revolución que acabó con la proclamación de la Primera República. En 1830, inauguraron el primer ciclo de revoluciones políticas decimonónicas, aboliendo la monarquía absoluta de Carlos X. En 1848, volvieron a ser raíz y esencia del curso revolucionario europeo, al deponer al monarca burgués, Luis Felipe I, para proclamar una breve Segunda República que en breve se convirtió en un Segundo Imperio. Y en 1968 el mundo entero volvió a mirar en mayo a Francia, para contemplar el hastío popular ante el gobierno de la Quinta República y la figura, un tanto autoritaria, del Presidente De Gaulle.
Pero analicemos estos acontecimientos ¿Realmente, el pueblo se vio poseído por un ideal grandioso, un ideal culto, que los hizo caminar hacia el avance social? o, por el contrario, ¿fue la instigación de los ávidos de poder que aprovecharon un momento de precariedad para exaltar el furor popular? Es raro que detrás de una revolución no haya una mano perversa que, sirviéndose de la infelicidad ciudadana, pretenda acercarse el poder hacia sí.

domingo, 16 de enero de 2011

78 Minutos

A lo largo del pasado año 2010, hemos dedicado una hora y dieciocho minutos a guardar silencio para homenajeara a las víctimas de la violencia de género, setentiocho en total. No creo que guardar silencio sea una buena forma de honrar su memoria. En un asesinato, la agonía nunca suele ser silenciosa, más bien el dolor obliga a la víctima a gritar para pedir auxilio, que, muy a menudo, tal como el miedo, que ha sentido, le indica, no vendrá. Por eso digo que tal vez estaría mejor gritar y gemir un minuto, como las antiguas plañideras, en lugar de guarda silencio, porque eso todo el colectivo social lo hemos hecho ya, durante mucho tiempo.
Cada vez que hay un nuevo caso de violencia de género aparece en televisión el típico vecindario que asegura que “parecían una pareja de lo más normal”, en verdad lo más duro que se oye es “bueno, de vez en cuando alguna discusión”. Después de declarar esto ante las cámaras, el vecindario y la familia, en complicidad con las instituciones municipales, irán hasta alguna plaza pública a entrelazarse las manos con la cabeza gacha, añadiendo un minuto más de silencio a su larga trayectoria en esta línea.
¿Conocéis a alguien que haya sufrido malos tratos (sean o no de género)? Yo sí, a varias personas. Y creedme, sólo se diría que no les pasaba nada siendo ciego, sordo y mudo, e incluso en tal estado sería difícil decirlo, porque sus caras, sus gestos, sus expresiones, sus miedos, delatan su sintomatología. Sí, he dicho sintomatología, la violencia de género es una enfermedad social que muestra sus síntomas en quienes la padecen. Por ello, y, porque me parece imposible que alguien que está pasando por el trance no sea reconocible, encuentro hipócritas los minutos de silencio, y las banderas a media hasta en el balcón de los ayuntamientos.
Se ha dicho que la violencia de género es una guerra, pues bien, las guerras no se ganan condecorando a los caídos, se ganan anticipándose a los movimientos del enemigo. Cada minuto de silencio viene siempre precedido por días, puede que por años de inacción. Aunque la víctima no lo pida, es imperativo ayudarla. La responsabilidad del ciudadano no puede ser abandonada en manos de las autoridades, especialmente, cuando estas se comportan como un prisionero encadenado a su propia burocracia. Si no clamamos a la responsabilidad individual jamás resolveremos el conflicto. El maltratador, contrariamente a lo que se cree, no obedece a patrones culturales machistas; en la mayoría de los casos es simplemente un cobarde que emplea a la víctima de su sadismo para compensar sus frustraciones presentes, o pasadas. En muchos casos, su condición de cobarde lo amedrentará con recibir un contundente aviso de quienes le rodean, pues él nada teme más, que ser reconocido por los ojos que no domina, como el sujeto vil y miserable que es. Dicho esto, debemos abstenernos también de tomarnos la justicia por nuestra mano, nuestra sociedad no puede retornar al carácter primitivo de una jungla. Nuestro objetivo debe ser remodelar el poder judicial desde nuestra iniciativa como pueblo: día tras día llamando a su puerta, adoptando una crítica racional a la par que ruidosa contra sus flacas sentencias, y, sobre todo, reclamando un acercamiento de las leyes establecidas hacia la ética social. El derecho garantista de la presunción de inocencia, aunque debe existir en democracia, no puede convertirse en la herramienta que desarme por completo a la víctima inocente.
Conseguir reformar las instituciones y la actitud popular puede ser un camino arduo de recorrer, pero, en los dieciséis días de este año dos mil once, ya han muerto dos mujeres –una de ellas embarazada- y un niño por la violencia de género. En consecuencia, si, para cortar esta hemorragia negra y subsanar la gangrena de la herida, debemos andar ese camino de piedras afiladas con los pies descalzos, lo haremos. Lo haremos porque de no hacerlo, iremos sumando, cada vez más, vergonzosos minutos de silencio al peso de nuestras conciencias.

viernes, 14 de enero de 2011

Walt Whitman

Pocos poetas me han cautivado tanto en los últimos meses como Walt Whitman en la lectura de Hojas de Hierba. Recuerdo que en la recién pasada Navidad leí, por vez primera, Las Flores del Mal de Baudelaire que encontré sosas, casi muertas, en parte supongo por la traducción. Después de este fracaso casi he tenido miedo de descubrir nuevos poetas, miedo que he superado gracias a este ilustre norteamericano.
Me gustaría en este punto hacer un alto para albar la obra de Rosa Rabadán y José Luís Chamosa como traductores. He tenido el gusto de poder escribir a la primera quien al responder a mi correo ha demostrado que su calidad como literata no eclipsa su calidad humana.
¿Qué tiene Walt Whitman que sea tan cautivador? Cuando mostré el poemario a mi tío, un prolífico lector de versos, dijo que le parecía prosa recortada. Obviamente, no llegó a leerlo, de haberlo hecho su contenido y musicalidad le hubiesen cautivado tanto como lo hicieron con Pessoa o Lorca.
Este último tiene en su Poeta en Nueva York una hermosa Oda a Walt Whitman. Es ese el poema de aquellos famosos versos “Maricas del mundo, asesinos de palomas/ esclavas de la mujer, perras de sus tocadores”. En otros veros dirigiéndose a Whitman escribe “Los maricas te señalan”. Vemos pues a un Lorca enfadado con el concepto de perfil genérico del homosexual de su tiempo, pretendiendo distanciase de él, a la vez que también aleja a su amado poeta. No obstante, Lorca no era un “reprimido” (como cierto “líder” actual de la política española) pues poco después de escribir esta Oda mantuvo, sin complejos, relaciones con negros en La Habana, enfatizo el color de la piel como algo positivo.
Whitman, al margen de que fuera homosexual o un simple solterón, tiene poemas de gran belleza. Sólo se le puede calificar de renovador de la épica. Toda su poesía gira entorno a ensalzar a los Estados Unidos. Pero no exalta su patria como una bandera, sino a través de sus hombres. El material humano son los ladrillos con los que Whitman construye su ideal nacional. Todas las profesiones y el ciudadano medio son exaltados, el gobierno también, pero en palabras del poeta: “el Presidente está en la Casa Blanca por vosotros” o “el Congreso y el Senado se reúnen por vosotros”. Su ideario de una nación donde caben todos inspira cada uno de sus versos. Tampoco están ausentes de su visión del amor sacrílego, hecho que le llevó a ser despedido de su puesto en un ministerio por escándalo. Su superior lo acusó de haber escrito un libro “diabólico”, afirmó que aunque se lo pidiera el Presidente no volvería a contratarle, antes dimitiría. Es un juicio exagerado, en mi opinión ese hombre nunca leyó a Cátulo o Safo, de haberlo hecho los versos de Whitman no le habrían escandalizado lo más mínimo.
En el aspecto formal, también es un avanzado –además muy bueno- a su tiempo. Practica el verso libre apoyado en el paralelismo el ritmo de sus versos. La enumeración de analogías y metáforas consiguen primero saturar al lector para luego transmitirle las ideas del yo poético.
No es un poeta oscuro como lo pueden ser Góngora, Lorca u otros medios de la Generación del 27. Es bastante abierto, la única dificultad la presenta su puntuación un tanto particular y su alargada sintaxis. Nada que deba impedirnos gozar de las letras que forman cada brizna de Hojas de Hierba.

domingo, 9 de enero de 2011

Reflexiones en honor a Gabrielle Giffords

No tengo el placer de conocer personalmente a Gabrielle Giffords, la congresista norteamericana por el Arizona, herida –por el momento- a manos de un francotirador. El muchacho, así debemos llamarlo porque, con semejante actitud manchada de corruptibilidad moral y cobardía sumada a sus veintidós años, no merece en absoluto el calificativo de hombre, llamado Jared Lee Loughar, disparó contra ella y otras personas dejando seis muertos y varios heridos graves. De ellas, por su importancia podemos destacar a un juez federal y por su tierna edad debemos hacer mención a una niña de nueve años.
Mientras el presidente Obama ha ordenado al director jefe del FBI hacerse cargo de la investigación en la que se sospecha de un cómplice adicional que ha permanecido anónimo hasta ahora, y mientras el mundo, ya no civilizado, sino simplemente humano, tiene que reprimir sus nauseas y su furor por un acontecimiento de semejante crueldad, Sarah Palin, respetable miembro del Tea Party se ha apresurado a retirar de su web un artículo donde se señalaba a varios congresistas y senadores los cuales debían ser “eliminados” durante las pasadas legislativas.
Me gustaría poder decir algo sobre el joven Lee Loughar a quien el sherif del condado ya ha calificado de “algo inestable” aunque no desequilibrado. Sin embargo, bien poco se puede decir de él. Tiene tres opciones. Admitir su culpa y suicidarse para sobrevivir a la vergüenza; no admitir su culpa y seguir disparando literal o metafóricamente contra el mundo; o admitir su culpa con cobardía, sin actuar en consecuencia, es decir, seguir viviendo como una sombra denigrante, un cadáver vivo cuyo espíritu le ha sido arrebatado por sus propias acciones, ya que si bien, estas, como cualquier crimen, pueden ser perdonadas por las víctimas y la sociedad, el hecho de tener la conciencia de haberlas cometido acaba matando de un modo u otro a su ejecutor. Pero eso debe decidirlo él. Además, hablar de Lee Loughar es una tarea más apta para un juez o incluso un psiquiatra que para mí. Yo creo que juzgarle a él es para mí una verdadera camisa de once varas. No obstante creo que sería interesante hablar un poco de lady Palin.
Esta mujer tiene una larga y distinguida trayectoria antes de convertirse en gobernadora republicana de Alaska, cargo que la capultaría a competir por la vicepresidencia americana al auspicio de la candidatura del senador McCain –por cierto de Arizona-. Esta americana, creyéndose hoy la modelo que los franceses usaron para esculpir la Estatua de la Libertad, militó en el Partido Independentista de Alaska. Recientemente, como consecuencia de la derrota electoral republicana en las presidenciales se ha abanderado de una sección de conservadores rancios para diseminar un modelo de país fundamentado en mensajes que rallan la locura. Entre otras perlas podemos destacar que publicó en un libro que si Dios hubiese querido que el hombre fuese vegetariano no hubiese hecho a los animales de carne. Bueno, desde mi perspectiva deísta, he de decir que, incluso careciendo de la fe de los cristianos, me hubiese convencido más citando el famoso pasaje de los Hechos en que Jesucristo ofrece a San Pedro comer de una cesta cualquier animal que contenga, a pesar de que algunos de ellos son impuros según la ley hebraica. Cristo dice que no hay animales puros o impuros porque todos han sido hechos por la mano de Dios. Aunque no veo en La Biblia las bases de mi moral o estilo de vida, creo que, como cualquiera, siempre le haré más caso que a una lógica más que pueril. Otro arrebato místico lo tuvo Palin durante la crisis del Golfo de México, dijo textualmente que “El medio humano ha fracasado”, en vista de lo cual era inútil seguir luchando por él contra el petróleo, lo idea era “ponerse a rezar”. Entre vosotros y yo, queridos lectores: ¡Qué mala cristiana! De haber echado una ojeada, alguna vez en su vida, a las Cartas de San Pablo sabría que la voluntad de Dios, según el apóstol, se manifiesta generalmente a través de los actos y la voluntad de los hombres.
Obviado estas anécdotas que, aunque ilustrativas, nos apartan del problema de fondo, creo que deberíamos plantearnos si queremos una persona así en política. Un intolerante que difunde mensajes de odio amparándose en una concepción apócrifa de la religión y el patriotismo es una amenaza. Los políticos son, o hubieran de ser, modelos para la ciudadanía ¿qué modelo transmite alguien que acusa a su jefe de estado de “no tener cojones”, o que habla de “eliminar” –me importa un bledo el contexto- a sus adversarios políticos? Un ejemplo peligroso para todos aquellos de ánimo poco templado y fáciles de sugestionar. El político, al transmitir su miedo (pues el odio y la discriminación son sólo máscaras hechas de falso valor que encubren un rostro aterrorizado), hace de estos sujetos criminales exponenciales que fácilmente se verán arrastrados a la violencia.
No se puede permitir que lleguen a nuestras instituciones esta clase de perfiles. La intolerancia conduce a la secesión social y ésta a la destrucción del país más poderoso; esto lo saben bien los americanos entre otros. Como personas honestas, debemos frenar movimientos, similares al Tea Party –falto de sugar desde mi punto de vista-, por todos los medios. No sólo por medio del voto, sino de la denuncia de sus lemas y la negación total e incondicional de sus mensajes. Lo único que no podemos permitirnos es caer en la acción violenta, porque nos llevaría a perder nuestra libertad subyugándonos a un miedo como el que acucia los intolerantes, que nos sumiría en el más negro de los esclavismos en los que puede caer el hombre: el fanatismo.
Cuando una defensora de los derechos humanos y de unas políticas que pueden ser, o no, acertadas dentro de la línea progresista, como la congresista Giffords, yace en una camilla luchando por su vida, para regocijo de algunos, creo que el pueblo debe convertirse en ciudadanía y purgar sus instituciones y la vida publica de su estado o nación. Porque hay personas que no sirven para la política, y si dejamos que medren en ella, la irracionalidad de sus convicciones puede llegar a amenazar algo mucho más importante que la democracia, puede amenazar la independencia de nuestro pensamiento al convertirlo a sus ideas.

miércoles, 5 de enero de 2011

Proust y el ser del arte

Ayer acabé de leer Por el Camino de Swann el primero de los siete volúmenes que conforman la obra El Tiempo Perdido de Marcel Proust.
Proust no fue un escritor muy prolífico, a decir verdad, dedicó a la escritura sus últimos años de vida, cuando seriamente enfermo de asma se enclaustró en una habitación insonorizada con corcho, para ponerse a escribir frenéticamente una especie de memorias que concluiría con una antelación escasa a su muerte.
Ayer un amigo mío me inquirió sobre cual era el argumento de El Tiempo Perdido y no supe responder de forma concisa ¿Se trata simplemente de unas memorias como le dije? Bueno, supongo que no le mentí, pero la obra de Proust junto con la de Joyce representa lo que se conoce como novela moderna y eso es una incógnita. Este es un género muy particular, se mire por donde se mire. Desde una lectura romántica los sentimientos del artista quedan demasiado diluidos en un mar de símbolos psicológicos, diálogos y otras menudencias para que podamos llegar a entenderlos. Una lectura estructuralista o desestructuralista resulta imposible, pues la hazaña titánica de este estilo reside precisamente en establecer un caos ordenado, inimitable que no sigue ningún patrón regular. Un punto de vista marxista es igualmente estéril de caras a la comprensión de la novela moderna, ya que si bien suelen ambientarse en el tiempo en que se han escrito, describen este ambiente de un modo tan enrevesado y nublado a la par, casi cercano al mundo onírico, que al final terminan reflejando sólo unas pocas escenas costumbristas saturadas sobre sí mismas que no describen en absoluto su tiempo.
Aparentemente la novela moderna queda circunscrita pues al campo psicoanalítico. No obstante, el vasto conocimiento de las tesis del Dr. Freud tampoco no sirve de método interpretativo, porque el estilo de Proust o Joyce se encierra en sí mismo de tal forma que al final no hay interpretación posible.
Sin embargo este parece ser el objetivo del autor: la novela moderna busca la saturación del lector a través de descripciones rimbombantes y diálogos que se pierden en la complejidad de lo simple. Todo es tan sumamente insulso que no termina de llevar a ninguna parte, tan sólo a una especie de masturbación artística que se recrea en un profundo onanismo.
La misión del arte no puede ser recrearse en sus propias fantasías sin mayor cometido. Aunque tampoco debe convertirse en didáctica pura. El arte siempre debe ser un medio de comunicación entre la mente del artista y el público ¿Qué debe comunicar? Ideas.
Obviamente, se podrá complicar el mensaje y el código de comunicación para estimular el valor artístico, pero nunca debe distorsionarse tanto que no quede nada a entender. El ideal de un artista debería alcanzar el equilibro entre sus propias fantasías, que no necesariamente son bellas en el sentido ortodoxo del término (hay fantasías que deliberadamente pueden buscar la repugnancia del espectador como medio para acceder a la emoción pura por un camino que la belleza no alcanzaría), y la transmisión de un ideal grandioso. El envoltorio artístico nunca puede eclipsar el ideal que contenga porque entonces el arte se convertirá en pura técnica, o falta de la misma, para volverse en algo inservible.
El verdadero arte debe influir en las masas haciendo que se replanteen sus ideales desde nuevas perspectivas. Es decir el arte de verdad es la suma de arte en sí más filosofía; siendo así un arte útil para el pueblo.
A los que digan que este ideal está antiguado, incluso se subterfugien en el lema parnasianita de “el arte para el arte” se equivocan. Porque si la gente ve en el arte un simple mercado donde el artista expone sus recreaciones más introspectivas sin mayor fin que el de hipotecar una parte del tiempo del espectador ofreciéndole tan sólo un deleite pasajero –y a veces ni eso-, entonces el arte empezará a ser visto como algo sin un fin más allá del exhibicionismo apto sólo para unos pocos selectos. Esta vía separará el arte del apoyo popular, su verdadera esencia. El pueblo irá a caer en los entretenimientos más obscenos y banales, constituyéndose así el fin del arte. Pero ¿será suya la culpa? ¿o la será de aquellos que han convertido el mundo artístico en un parque de recreo para particulares?

domingo, 2 de enero de 2011

République de Côte d’Ivoire

La República Francesa, concretamente la Quinta República Francesa, hubo de supervisar durante los años cincuenta y sesenta la progresiva desintegración de su Imperio Colonial. Este imperio, que en lugar de emperador tenía presidente electo (varios presidentes de hecho), tomose la molestia de dejar un cierto legado a sus colonias. La lengua francesa, sus modelos de vida, su religión, las multinacionales, entre otras muchas cosas fueron parte del legado francés a los territorios de su imperio.
Aunque siempre que tenemos que poner nombre a la idea de Imperialismo Colonial pensamos, no sin razón, en el Imperio Británico, nos sorprendería ver el acérrimo control que París ejercía sobre sus colonias. Posiblemente, cuando la descolonización fue inevitable, pocas potencias imperiales meditaron tan bien la neocolonización.
Si examinamos la África colonial y la comparamos con la postcolonial podremos ver que Francia fue el país más afortunado en lo que a la creación de estados, literalmente, se refiere. En muchas colonias existían sentimientos nacionales autóctonos que permitieron la creación de estados, aglutinadores, es cierto, de un gran número de problemas regionales fruto de la rigidez fronteriza, mas con un innegable espíritu nacional. Este sería el caso de Sudán, Egipto, Guinea, Zimbawe, o Sudáfrica por parte Británica, Libia de parte italiana, o incluso de las portuguesas Angola y Mozambique.
Distinta fue la partición del basto territorio regido por París bajo el nombre de África Occidental Francesa. Los estados surgidos de esta inmensa colonia de explotación se fundan en líneas sobre el mapa sin ningún sentido, muy a menudo subyugando bajo el dominio de una etnia mayoritaria al resto de las integradas en el llamado territorio nacional. Dentro de este marco podemos ver claramente estados de cuño artificial como Mali, Chad, Níger, o la República (y breve imperio) Centroafricana.
Costa de Marfil, aparentemente, escapó de esta constitución tan abstracta en el momento de cimentarse como estado. Conocida con ese nombre por ser uno de los lugares de explotación de marfil por excelencia en el mundo decimonónico (hoy inexplotable en ese sentido puesto que ya no quedan elefantes), esta pequeña colonia de explotación se independizó de su metrópoli en el año 1968. Con un cierto sentimiento nacional, los marfileños constituyeron un estado bastante próspero económicamente. Se agruparon entorno a un gran líder, Houyhouët-Boigny que dirigió el país primero con el título de Jefe de Estado en un larga y bien preparada transición, para alcanzar posteriormente de forma legítima el título de Presidente, cargo que ocupó hasta 1993 cuando falleció ejerciendo dichas funciones. Su habilidad política le permitió transfigurar el primitivo gobierno autoritario capitaneado por un gobernador impuesto a dedo desde Francia en una república presidencialista a imitación del modelo francés. En el sistema actual, el país es un régimen democrático bicameral con un presidente cuyas competencias ejecutivas son objetivamente superiores a las de su primer ministro. Además del establecimiento de este nuevo sistema, Houyhouët consiguió superar las diferencias sociales entre los musulmanes del norte y los cristianos del sur. También fue quien mejor acepción supo hallar en el término, hacía tiempo definido, de negritud, reivindicando la igualdad entre las razas y el orgullo de la piel oscura frente a los complejos inculcados por los colonizadores, sin caer, no obstante, en un estúpido revanchismo.
Con su muerte empezaron los problemas. Su sucesor, Bédie no supo hacer frente a los problemas sociales con la misma entereza que su antecesor. Al mismo tiempo que el conflicto socio-religioso estallaba en 1999 con un intento de golpe de estado del ex comandante Robert Güei, Francia empezó a poner el ojo sobre las vastas plantaciones de café y cacao de su antigua colonia viéndolas como recursos primos para sus empresas alimenticias y las de cierto país aliado. En su conjunto, un año después, la crisis se saldó con un cambio de presidente, le tocó ocupar el cargo a Laurent Gbagbo, actualmente en funciones.
Francófilo, Gbagbo condujo a su país a una situación económica precaria. Aumentó el paro, bajaron los salarios como consecuencia de las injerencias extranjeras. Por último, se elevó la tasa de VIH al 10% en una población de veinte millones de habitantes.
En el 2002 se armó una nueva guerrilla paramilitar en el norte para dar otro golpe de estado. Este fracasó, pero en esta ocasión el conflicto no se pudo saldar con tanta rapidez y degeneró rápidamente en una guerra civil. Gbagbo hubiese caído ese mismo año, sin hipótesis de duda, de no ser porque Chirac, el presidente francés, envió tropas francesas camufladas bajo las enseñas de Naciones Unidas a defender Yamusukro, la capital, y los intereses económicos de Francia en el país.
La Guerra Civil se saldó en el 2004 con la victoria de las fuerzas progubernamentales. No podemos hablar de una forma tajante de genocidios, aunque indudablemente hay que hablar de un elevado número de pérdidas humanas, de dos millones de desplazados, así como de un coste económico que disparó la deuda nacional. Esta situación propició que la antigua colonia se entregara todavía más a su ex metrópoli. Del lema nacional de Costa de Marfil, “Unidad, disciplina y trabajo” empezó a contar tan sólo la palabra central, yendo las distensiones sociales en contra de la primera, y la supresión de muchos derechos y garantías laborales en contra de la última.
En este último año, con el conflicto social agravado por el creciente extremismo religioso musulmán propagado por todo el Magreb hasta las regiones septentrionales de Costa de Marfil y la economía debilitada e hipotecada, se han celebrado elecciones presidenciales. La derrota de Gbagbo frente a Bouacké no ha sido asumida por el gobierno, quien ha cometido un fraude electoral, reconocido así por la ONU.
Los franceses, preocupados, se han tomado muchas molestias para garantizar el orden nacional. Eso sí, lo hacen de tal forma que aún no han reconocido ni desmentido el fraude electoral, y tampoco han tomado partido por ninguno de los dos candidatos a la presidencia. ¿Están esperando una nueva ocasión de hacer negocio? No puedo afirmarlo.
Al margen de esto, para no continuar adentrándonos en los abismos más oscuros del neocolonialismo, vergonzoso para los europeos y los occidentales en general, creo que deberíamos reflexionar sobre como queremos estar informados. Las noticias sobre este conflicto llegan fragmentadas y siempre de forma superficial. Le debemos a las dosmil personas (y las que las seguirán) que presas del pánico por las nuevas escaladas de violencia han cruzado la frontera con Liberia tener al menos consciencia plena de lo que está pasando y porqué está pasando.
Dejando a un lado el debate sobre si las injerencias extranjeras en los países tercer mundistas nos benefician, son una explotación, o si son, o no, necesarias para el continente africano, es necesario que desentrañemos las raíces de éste y de cualquier conflicto, más allá de los boletines oficiales que se retransmitan de forma repetitiva por los noticiarios. Es deber de todos los que estamos bien posicionados, hacer lo que podamos para entender los acontecimientos que mueven el mundo y que arrastran a otros a destinos miserables.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Lucha contra la desesperanza cotidiana

Abro un blog el último día del año y, como no puedo hacer otra cosa, pienso en el año que hemos vivido. Ha sido bastante duro, uno de esos años que ayudan a deprimirse cada mañana al leer los diarios (por eso yo he tomado la costumbre de leerlos por la tarde empiezo el día con mejor pie), pero qué se le va a hacer. Digo yo que, sea como sea, habrá que seguirse tomando el zumo, el té o el café. No, ahora en serio, cuando miro este año, si tengo que pensar en una palabra para describir la sociedad, se me ocurre, por encima de cualquier otra: desesperanza.
La gente está verdaderamente desesperanzada. No tenemos lugar en el mundo como personas. Somos presa de nuestro anonimato. Nos sentimos como un verdadero Don Nadie. No podemos sentir otra cosa, todas las cuestiones que afectan a nuestra vida cotidiana quedan a menudo decididas por personas o corporaciones que desconocemos por completo. Vivimos posiblemente en desventaja con los campesinos del feudalismo, en ese sentido, porque ellos por lo menos podían poner nombre a sus tiranos. Hoy día, cuando nos suben los impuestos, sólo conocemos al recaudador que, aunque llama a todas las puertas, no deja de ser un mandado. Me refiero a los gobiernos. Ahora, ¿quién son nuestros nobles, nuestros duques, condes, barones? Les llamamos mercados, sin saber su nombre oficial, ya no digamos el de pila. De todos modos, más que una conspiración, veo en esto, una medida preventiva por parte de nuestros amos: Imaginemos que montamos una revolución… Bueno tal vez la fuerza eterna del pueblo soberano podría desbaratar una vez más el sistema que nos ha regido durante siglos, pero ¿a quién íbamos a cortarle la cabeza, si no tenemos ningún nombre?
Tal vez, el hecho de ser anónimos acompleja a nuestros verdaderos líderes y no les gusta que los ciudadanos tengamos cara y ojos, voz y voto. Nuestro anonimato nos mata. Por eso nos gusta volvernos sordos: si nadie nos va a escuchar ¿para qué hacerlo nosotros? Este no querer hacernos caso los unos a los otros, nos conduce a creer que estamos solos en nuestra lucha diaria y eso nos lleva a la desesperanza.
A mí no me gusta la desesperanza, ni siquiera la románticamente depresiva que trata de coquetear con el espíritu artístico. La desesperanza colectiva sólo conduce a la rendición, a la entrega de la libertad humana. Es mucho mejor pensar en lo que nos desespera luchando por hallar una solución, sin rendirnos. Aunque nos sintamos indefensos e insignificantes, todos, por nuestra trayectoria como colectivo social, podemos hacer algo. Simplemente debemos intentar no desfallecer en la desesperanza y creer en nuestra fuerza. Si no nos dejamos abrumar por el complejo de inferioridad que pretenden inculcarnos desde los medios, la que se hace llamar política, o los sistemas económicos, podremos sentir el resplandor que emiten el poder de nuestras ideas.