jueves, 21 de mayo de 2015

Dos Hombres de Derechas y la Segunda República (X)

El nuevo gobierno radical cedista y sus desafíos

Bandera

Al día siguiente de la dimisión de Samper, el 1 de octubre de 1934, Alcalá Zamora abrió nuevas consultas en Palacio. Esta vez fue el propio Lerroux quien exigió la entrada de la CEDA para aceptar el encargo de formar gobierno. El Presidente cedió a regañadientes, aunque puso como condición que ningún cedista se hiciera con una “cartera clave”. En palabras del periodista británico Henry Buckley equivalía “a decirle a alguien que es “suficientemente leal a la República” para ocupar el ministerio de Agricultura, pero no el de Gracia y Justicia” (BUKLEY, 2009:106).
Lo cierto es que Gil Robles seguía sin declararse explícitamente republicano -ni demócrata. A diferencia de en sus memorias, en su vida política nunca ocultó sus simpatías por regímenes totalitarios. Tampoco se debe olvidar que Alcalá Zamora recelaba de una coalición de partidos fuertes que rechazara su influencia en el gobierno como había ocurrido en el bienio azañista.

Sello de correos con la efigie de Lerroux.

Con todo el Presidente hubo de transigir. Gil Robles estaba dispuesto a conformarse con solo tres carteras, pese a tener más diputados, pero alguna de ellas debía tener peso.
Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿Estas dinámicas institucionales eran normales en Europa? Veamos, con la salvedad de Inglaterra, habituada a la alternancia de grandes partidos con mayorías absolutas, las democracias parlamentarias europeas como Francia, Bélgica o Italia (hasta la llegada de Mussolini) se sucedían unos gobiernos de durada más corta que los actuales.
No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las reformas constitucionales reforzaron la figura del jefe de gobierno desplazando al Rey o Presidente de la República que hasta ese momento se veían obligados a intervenir excesivamente en la conformación del gobierno.

Lerroux con su edecán, Ricardo Samper, a quien había "prestado" la presidencia del gobierno.

Ahora bien, aunque con una vida más corta que los actuales, los gobiernos europeos solían durar más de un año y hasta podía llegar cómodamente a tres. En la Segunda República sólo el gobierno Azaña I se asemejó a estos. El resto de gabinetes hasta la guerra civil se aquejaron de una debilidad extrema que no les permitía superar el mes de vida, o el trimestre en el mejor caso. La victoria de un partido “hostil” al régimen en Cortes de 1933 y el presidencialismo bastardo de Alcalá Zamora explican esta circunstancia.
En cualquier caso, el 4 de octubre de 1934 juraba el cargo el primer gobierno compuesto por ministros de las dos fuerzas mayoritarias en la cámara la CEDA y los Radicales. Este fue el gobierno Lerroux IV: Presidencia, Alejandro Lerroux (radical); Estado, Samper (radical); Justicia, Rafael Aizpún (CEDA); Guerra, Diego Hidalgo (radical); Marina, Juan José Rocha (radical); Hacienda, Manuel Marraco (radical); Gobernación, Vaquero (radical); Instrucción Pública, Filiberto Villalobos (liberal demócrata); Obras Públicas, José María Cid (agrario); Trabajo, José Oriol Anguera de Sojo (CEDA); Agricultura, Manuel Giménez Fernández (CEDA); Industria y Comercio, Andrés Orozco (radical); Comunicaciones, César Jalón (radical); ministros sin cartera, Martínez de Velasco (agrario) y Leandro Pita Pizarro (independiente de centro derecha).

El gobierno Lerroux IV tomó posesión el 4 de octubre.

Este gobierno tuvo en seguida que afrontar dos retos de extrema gravedad. El mismo día de su toma de posesión llegaron a Madrid las noticias de un levantamiento en Asturias. Dos días después, la tarde del 6 de octubre, el President de la Generalitat, Lluís Companys, proclamaba el Estado Catalán sublevándose contra el nuevo gobierno. 



Bibliografía Consultada

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lunes, 18 de mayo de 2015

Dos hombres de Derechas y la Segunda República (IX)

La fragilidad del gobierno Samper


Con la dimisión del tercer gobierno Lerroux, segundo gobierno después de las elecciones del 19 de noviembre de 1933, se empezó a evidenciar lo que Azaña había advertido al Presidente de la República en las consultas de diciembre: cualquier gobierno republicano que saliese de aquellas Cortes quedaría secuestrado por la CEDA.
La obstinación, por desgracia, era una característica de Alcalá Zamora quien tras la nueva dimisión de Lerroux trató de impulsar un nuevo gobierno radical, excluyendo, una vez más, a Gil Robles y su partido. Este último había ofrecido a Lerroux su apoyo para destituir al Presidente de la República, pero, temeroso del efecto que tendría para el régimen ante la imposibilidad de conciliar un sustituto, Lerroux prefirió seguir con las comparsas palaciegas de Alcalá Zamora.

Alcalá Zamora posa con su familia en el Palacio de Oriente.

El líder radical, pese a sus  recelos, sabía que antes o después la CEDA tendría que entrar en el gabinete para que el Parlamento fuese gobernable, él debía reservarse para cuando el Presidente diese su brazo a torcer. Para su preocupación empezaba a verse muy quemado tras sus tres desastrosos gobiernos, así que prefirió ceder el testigo a un edecán, sin personalidad propia a través del que pudiera gobernar a la sombra, a la espera de poder formar un gobierno más sólido.
La propuesta agradó a don Niceto. Un jefe de gobierno débil dependería de él como jefe del Estado para sostener su gabinete. Así pues, invitó a formar gobierno al radical Ricardo Samper cuyo ministerio tomó posesión el 27 de abril de 1934.
La composición del gobierno Samper, prácticamente heredada de gobierno Lerroux III, demuestra hasta qué punto fue un hombre de paja: Presidencia, Ricardo Samper (radical); Estado, Leandro Pita Romero (independiente de centro derecha); Justicia, Vicente Cantos Figuerola (radical); Guerra, Diego Hidalgo (radical); Marina, Juan José Rocha (radical); Hacienda, Manuel Marraco (radical); Gobernación, Rafael Salazar Alonso (radical); Obras Públicas, Rafael Guerra del Río (liberal demócrata de Alcalá Zamora); Agricultura, Cirilo del Río (radical); Trabajo, José Estellada (radical); Industria y Comercio, Vicente Iranzo (independiente de centro derecha); Comunicaciones, José María Cid (agrario).

Ricardo Samper presidió un inestable gobierno entre mayo y septiembre de 1934.

En el debate de presentación ante las Cortes el 2 de mayo fue desastroso. Algunos creyeron que el gobierno no sobreviviría a aquella jornada. Muchos diputados bromearon con el parecido del nuevo consejo de ministros con su predecesor diciendo que el Lerroux se había equivocado al sentarse fuera del banco azul. Samper no había hecho mucho por evitar estos comentarios cuando después de prometer el cargo cinco días antes, públicamente, se abrazó a Lerroux diciéndole con lágrimas en los ojos que él no era más que “un asteroide sin luz” que siempre giraría entorno al verdadero astro que era él.
Durante el debate, sus carencias como orador se pusieron en evidencia. La torpeza de su discurso obligó a Gil Robles y a los agrarios, que querían mantenerse neutrales para no forzar una nueva crisis, a sumarse a la hostilidad de los socialistas. Particular virulencia mostró Indalecio Prieto cuyas sus palabras “Habrá una lucha entre las dos Españas” vaticinaron sin saberlo el trágico futuro del país.

Indalecio Prieto líder socialista.

Aunque el gobierno de Samper resistió al debate de presentación, su debilidad hizo que este gabinete naciera muerto. Su labor legislativa fue prácticamente inexistente. Enfrentado a las izquierdas y a la CEDA, la incapacidad de Samper de asegurarse la disciplina de los radicales sólo leales a Lerroux, le hizo perder el apoyo de su propio grupo, y progresivamente el de los agrarios y liberal demócratas.
Los desórdenes sociales que se habían estado gestando empezaron a manifestarse en el país con cruda agresividad. Se sabía que las izquierdas radicales se armaban en el norte con dinero soviético. En las ciudades se sucedían las huelgas. El déficit de tesoro público empezaba a abultar peligrosamente. Otro hecho aparentemente inofensivo, como la declaración por parte del Tribunal de Garantías Constitucionales de la inconstitucionalidad por falta de competencia de la ley de contratos de cultivo de la Generalitat catalana, no tardaría traer graves consecuencias.

Alejandro Lerroux, gobernó a la sombra durante el gobierno Samper.

Cuando las Cortes se cerraron en julio por las vacaciones de verano, nadie esperaba que el gobierno siguiera en septiembre, la cuestión era cómo derribarlo. Gil Robles mantuvo reuniones con Alcalá Zamora, a quien sugirió que el gobierno dimitiese fuera del parlamento. Así la CEDA se evitaría hacer caer a otro gobierno radical También se reunió con Lerroux, Martínez de Velasco y Melquíades Álvarez, estos últimos líderes de los grupos agrario y liberal demócrata, para esbozar la composición del nuevo gobierno. En esta ocasión exigía que la CEDA formase parte de él o lo obstruiría en el Parlamento desde el primer momento, sin contemplaciones.

En 1933 las huelgas en España y protestas aumentaban.

El 31 de setiembre, a la vuelta de un entierro en Salamanca de un amigo personal, Gil Robles pronunció un durísimo discurso contra el gobierno en el Congreso. “No pueden perpetuarse” declaró “las combinaciones [de gobierno] que no reflejen la voluntad del país en las elecciones de noviembre”. Muchas voces críticas se le unieron contra Samper quien viéndose atacado trató de resistir, apelando a su fortaleza personal oponiéndola a la debilidad de la que acusaban a su gobierno. Fue una estrategia torpe, nadie la acusaba a él como individuo de nada. Samper conoció la pobreza de joven, su vida no fue fácil. Tampoco era un estúpido como algunos pretendieron caricaturizarle. Sencillamente carecía de peso político para seguir de jefe de gobierno, posición a la que no había accedido por sí mismo.

Las minas en el verano de 1933 eran un polvorín

Al terminar el debate, Samper entendió que estaba acabado. Reunió a sus ministros para darles las gracias por su entrega personal, en el despacho del presidente de las Cortes. Después se encaminó al Palacio de Oriente para presentar su dimisión irrevocable. 



Bibliografía Consultada

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jueves, 14 de mayo de 2015

Dos hombres de Derechas y la Segunda República (VIII)

Primeros gobiernos radicales del Bienio Negro


Por fin el 16 de diciembre tomó posesión el gobierno Lerroux II cuya composición fue la siguiente: Presidente, Alejandro Lerroux (radical); Estado, Leandro Pita Romero (independiente de centro derecha); Justicia, Ramón Álvarez Valdés (Partido Republicano Liberal Demócrata, centro derecha de Melquíades Álvarez); Guerra, Martínez Barrio (radical); Marina, Juan José Rocha García (radical); Hacienda, Antonio Lara Zárate (radical); Gobernación, Manuel Rico Avello (independiente, centro derecha); Instrucción Pública y Obras Públicas, Rafael Guerra Río (radical); Trabajo, José Estellada Arnó (radical); Agricultura, Cirilo del Río Rodríguez (derecha liberal republicana de Alcalá Zamora); Industria y Comercio Ricardo Sámper Ibáñez (radical); Comunicaciones, José María Cid Ruiz-Zorrilla (agrario).
Desde que echó andar el gobierno, sus problemas con el parlamento fueron evidentes. Las izquierdas le profesaron antipatía y la CEDA condicionaba su apoyo al cumplimiento de su programa contrarrevolucionario. Aunque ideológicamente Lerroux y Gil Robles no estaban tan distanciados, los desunía su común ambición por el poder.
El 23 de enero de 1935, tras la salida del gobierno de Avello incómodo por las presiones internas, se entregó a Barrio la cartera de gobernación. La de guerra pasó al radical Diego Hidalgo Durán. Se salvó así la crisis de gobierno parcial.

Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical Republicano.

Sin embargo, pocas semanas más tarde, el 4 de febrero la revista Blanco y negro publicó unas declaraciones de Martínez Barrio en las que criticaba el acercamiento del Partido Radical a la CEDA. La pugna entre el presidente del gobierno y su ministro de gobernación se agravó. Este último, mucho más avenido a pactar con la izquierda que con una formación de perfil autoritatario, se escindió del partido radical, fundado el 1 de marzo el Partido Radical Demócrata, al que se incorporaron una veintena de diputados radicales y de otros partidos minoritarios.
Este suceso provocó una crisis de gobierno que Lerroux confió en poder saldar otra vez de forma parcial. Pero Alcalá Zamora decidió provocar una crisis total, con lo que el presidente del gobierno tuvo que dimitir.

De izquierda a derecha, Gregorio Marañón, Menéndez Pidal, Alcalá Zamora, Pío Baroja, Royo Villanova y Emilio Cortarelo.

El Presidente de la República volvió a invitar a Lerroux a formar gobierno, prohibiéndole una vez más incorporar a cedistas en su gabinete. El resultado fue que la composición del ejecutivo fue casi idéntica a la de su predecesor: Presidente, Alejandro Lerroux (radical); Estado, Leandro Pita Romero (independiente de centro derecha); Justicia, Ramón Álvarez Valdés (Partido Republicano Liberal Demócrata, centro derecha de Melquíades Álvarez) sustituido el 17 de abril por Salvador de Madariaga (independiente); Guerra, Diego Hidalgo Durán (radical); Marina, Juan José Rocha García (radical); Hacienda, Manuel Marraco (radical); Gobernación, Manuel Rico Avello (independiente, centro derecha); Instrucción Pública y Obras Públicas, Salvador de Madariaga (independiente); Trabajo, José Estellada Arnó (radical); Agricultura, Cirilo del Río Rodríguez (derecha liberal republicana de Alcalá Zamora); Industria y Comercio Ricardo Sámper Ibáñez (radical); Comunicaciones, José María Cid Ruiz-Zorrilla (agrario). Como podemos ver, el gobierno Lerroux III sólo se distingue de su predecesor por las ausencias de Barrio y de quienes con él dejaron el grupo radical.
Horas después de tomar de nuevo posesión de su cargo el 3 de marzo de 1935, el presidente del gobierno se entrevistó con Gil Robles. Quería saber qué apoyo podía esperar de los cedistas. El líder derechista se mostró muy frío. Tras dos consultas, la del 16 de diciembre la de dos días atrás, en que Alcalá Zamora no sólo le había negado la posibilidad de formar gobierno, sino la entrada de su partido en el mismo, se sentía abofeteado por el Presidente de la República. Condicionó todo apoyó al gobierno a la realización de este del programa de la CEDA. Lerroux no tardó en complacerle.

Lerroux y Gil Robles.

Desde su descalabro electoral, los socialistas radicalizaron su actitud en las calles. En la clandestinidad empezaron a armarse a grupos paramilitares entrenados en los sindicatos para dar un golpe. La violencia y los disturbios se multiplicaron. Como drástica medida de represión el 27 de marzo el gobierno reimplantó la pena de muerte en España tras obtener el voto favorable de las Cortes, pese a ser contraria a la Constitución.
El 4 de abril siguiendo con la táctica de la “guillotina”, en palabras de Gil Robles, arrancó el apoyo del gobierno para la Ley de Haberes del Clero. Irónicamente, Lerroux que había sido un furibundo anticlerical y un ateo declarado, sacó adelante esta ley que restableció las ayudas públicas y privilegios legales de la Iglesia Católica en España.
El 20 de abril, la tenaza de la CEDA forzó a Lerroux a respaldar una amnistía para el general Sanjurjo y los golpistas de 1932 que el Parlamento aprobó por amplia mayoría, 279 votos contra uno –el del señor Miral-; las izquierdas se ausentaron del hemiciclo como protesta en el momento de la votación. Sin embargo, Alcalá Zamora se negó a firmar la ley.

Sanjurjo, imagen del juicio, ya fue indultado por el gobierno Azaña de la pena de muerte en 1932. Dos años después lo era de la pena de cárcel. Salió barato dar un golpe de Estado.

Como ya se expuso en Neonovecentimo al comentar la Constitución de 1931, se produjo una situación jurídico-institucional atípica. El art. 83 de aquella carta magna permitía al Presidente de la República vetar cualquier ley del parlamento, devolviéndola a la cámara con unas notas explicativas de su decisión. Para levantar su veto, los diputados debían volver a aprobar la ley por mayoría cualificada de dos tercios. En aquella ocasión, Alcalá Zamora se limitó a mandar al Parlamento unas notas explicativas de su negativa a firmar la ley, aunque sin vetarla formalmente, con que técnicamente no hubo veto. Tras un tira y afloja, el Presidente firmó la ley del amnistía el 24 de abril. Al día siguiente, completamente desacreditado por el desplante, el tercer gobierno Lerroux dimitía en pleno.

Bibliografía Consultada


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lunes, 11 de mayo de 2015

Dos hombres de Derechas y la Segunda República (VII)

Las Elecciones de 1933: Victoria de las Derechas



El periodo republicano de 1933 a 1936 es conocido como bienio de derechas o bienio negro. Personalmente, la segunda expresión me parece más adecuada. De los muchos gobiernos constituidos durante esta época, ninguno estuvo presidido por un derechista de partido. Las derechas ni siquiera llegaron a ser mayoría en el gabinete. Además, la inestabilidad política y la violencia social que lo caracterizaron, hacen merecedores a estos años del calificativo "negro".
El gobierno de Martínez Barrio, que tenía el mandato expreso de supervisar las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933, cumplió fielmente con su cometido y dimitió tras la constitución del nuevo parlamento. Su imparcialidad propició que aquellos comicios fueran de los más limpios en la historia de España.

El gobierno Martínez Barrio (en el centro del sofá) supervisó las elecciones generales de 1933.

También fue la primera vez que las mujeres pudieron votar el Congreso. Las españolas se habían estrenado en las urnas a principios de ese mismo año en unos comicios municipales, en los que las derechas obtuvieron una victoria arrolladora. Respecto a las anteriores citas electorales, en el 1931 se les permitió ser candidatas, pero sin derecho a voto. Temeroso del voto femenino conservador, en 1932, Macià impidió que las mujeres votaran el Parlament catalán –pese a que la constitución estatal ya les reconocía ese derecho- amparándose en que todavía no había una ley catalana aprobada.
En cuanto a nuestros dos memorialistas, vivieron los comicios de un modo muy diferente. Gil Robles consiguió impulsar una gran federación de partidos de derechas, Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) que tuvo como eje central Acción Popular, partido joven fundado por él mismo poco después de llegar la república. En sus memorias, No fue posible la paz, dedica largas redacciones a narrar como fraguó sus alianzas electorales.

Gil Robles en un mitin electoral.

Define Acción Popular y la CEDA como partidos conservadores, católicos, de perfil democrático. Su insistencia en asegurar que admitía el sistema republicano, pese a confesarse de corazón y estética monárquicos, se convierte en una constante desde este momento hasta el final del libro. Incluso se molesta en detallar unas entrevistas que mantuvo con el ex rey Alfonso XIII en París a quien le prometió restaurar a la monarquía cuando fuese posible, pero advirtiéndole que como político sería leal a la república, porque era un "hombre de honor".
Algo más olvidadizo es su relato respecto a sus numerosos contactos y entrevistas con Hitler, Mussolini, Dollfuss y numerosos líderes fascistas europeos, como el belga León Degrelle. ¿Por qué estas omisiones y aquella perorata? Pues bien, mientras escribe sus memorias, Gil Robles pretende reconciliarse con los monárquicos a cuyo lado participará en el “Contubernio de Munich”. Como sabemos, en aquella cumbre se reunieron la oposición monárquica y republicana al franquismo para fraguar acuerdos de caras a la transición. Eso sí, ningún partidario totalitario era bien recibido.
De ahí se explica su necesidad de  elidir sus amigables relaciones con los regímenes totalitarios, a los que apenas dedica un pie de página en las más de 800 de su libro (!) y su participación como ministro de la guerra en 1935 en la fragua del golpe del 18 de julio, pretendía lavar su imagen. Así mismo, al desvincularse del fascismo, Gil Robles trata de argumentar que Alcalá Zamora obstruyó su camino a la presidencia del gobierno por antipatía personal y por provenir de una familia monárquica –su padre fue diputado carlista por Salamanca-, en lugar de sus simpatías hacia el totalitarismo.

Hitler y Mussolini, la democracia se ahogaba en Europa.

Sin embargo, sus ataques de amnesia no bastan para ocultar su naturaleza totalitaria que, de vez en cuando, se trasparenta a pesar de sus esfuerzos. No fue posible la paz está plagada de estas transparencias, como cuando describe el objetivo de la CEDA como: “la prosecución del bien común exigen la participación en las tareas de gobierno de los llamados cuerpos intermedios; es decir, las sociedades infraestatales –región, municipio, familia-, que deben concurrir al perfeccionamiento colectivo […] en el goce de una autonomía, mayor o menor, de acuerdo con el grado de personalidad” (Gil Robles, 1968: 125).
Para cualquiera que conozca un poco acerca de la concepción social del fascismo italiano o austríaco, este discurso le sonará a paráfrasis de Mussolini y Dollfuss a quienes se acerca no sólo por las palabras que dice –familia, región, perfeccionamiento, bien común- sino también por las silenciadas - política, democracia, soberanía popular o libertad. Expresiones como estas conviven en su libro con otras que las matizan, las corrigen o directamente las contradicen, pero se aprecia en esas modificaciones la falta de naturalidad espontánea.

Engelbert Dollfuss, canciller autríaco entre 1932 y 1934 fue capaz de adaptar su gobierno al fascismo desde la democracia.

Mientras la lucha electoral se preparaba, Joaquín Chapaprieta disfrutaba en Alicante de lo que ya consideraba su jubilación, ajeno a todo. Recordemos que tras ver frustradas sus aspiraciones electorales en 1931, había abdicado de la política.
Sin embargo, un día, sin previo contacto, recibió una carta del líder de la CEDA en la provincia levantina, el señor Alberola. Consciente de su popularidad electoral en la provincia entre el centro derecha conservador, la federación de Gil Robles le hizo una oferta inmejorable. Le propondrían como cabeza de lista y además le permitirían ser elegido como diputado independiente, libre de disciplinas de partido, si hacía campaña por ellos. Tentado por volver a la arena política, el sexagenario aceptó. Así obtuvo en 1933 su acta de diputado independiente.

Chapaprieta encabezó la lista de la CEDA en Alicante como independiente.

El suyo no fue un caso aislado. Una estructura de partido de nuevo cuño como aquella se dedicó a la “caza de talentos”, ofreciéndoles grandes ventajas, para incorporar a sus listas a todos lo que pudiesen aportar votos, a pesar de que no fuesen demasiado próximos a su ideario, como ocurrió en el caso de don Joaquín partidario siempre de la democracia y la libertad.
Por su parte las izquierdas parecían no entender la gravedad de su situación. Los socialistas seguían peleados entre sus familias, a la vez que con los comunistas. Los sindicalistas anunciaron que no pedirían el voto por las formaciones de izquierda. En saco roto cayeron las advertencias de Azaña instando a una unión electoral para no verse perjudicados por la ley electoral que las mismas izquierdas habían aprobado en verano. Ya se sabe que la izquierda nunca ha tenido demasiado sentido de la supervivencia.
Así estaban las cosas, el 19 de noviembre el resultado electoral fue el siguiente: el primer grupo de la cámara, que tenía 473 escaños, fue la CEDA de Gil Robles que obtuvo 115 escaños, amén de una decena más de diputados elegidos como independientes entre los que se encontraba Chapaprieta. Este hecho en sí mismo suponía una crisis del régimen, pues ganaba las elecciones un partido que jugaba a la ambigüedad en lo de definirse republicano e incluso cuestionaba la necesidad de la democracia –aunque Gil Robles reescribiera las cosas de otra manera.

Las Cortes de 1933.

El segundo partido fue el centro derecha del Partido Radical de Alejandro Lerroux con 102 escaños. El PSOE bajó al tercer puestos respecto a las constituyentes quedando con 59 escaños de los 133 que tenía.
El cuarto puesto, con 30 escaños, fue para los agrarios que recogían buena parte de los elementos monárquicos liderados por Martínez Velasco. Tras ellos venía la Lliga Regionalista, partido de derechas catalán, liderado por Cambó con 24. Su homólogo vasco, el PNV, obtuvo 11. No muy lejos de la Lliga los carlistas de Comunión Tradicionalista se hicieron con 20 escaños.
Esquerra Republicana de Catalunya con 17 escaños, los mismos que el Partido Republicano Conservador, fue la última minoría “sólida” de izquierdas. El resto de fuerzas izquierdas obtuvieron exiguas representaciones. Acción Republicana de Azaña únicamente pudo salvar 5 escaños de sus antiguos 26. Los radical socialistas de UGT bajaron de 61 escaños a 1 y así suma y sigue.

Colas electorales.

El descalabro para la izquierda fue de sepulcro, apenas consiguieron en total un centenar de representantes, frente a los 170 del centro derecha, conformado por los radicales y los partidos regionalistas conservadores, y los más 200 diputados de derechas, entre quienes, por cierto, se encontraba el hijo del dictador Primo de Rivera, José Antonio Primo de Rivera único diputado de Falange que no quiso integrarse en la CEDA.
Las nuevas Cortes eligieron presidente a un diputado radical, don Santiago Alba, antiguo liberal monárquico –bisabuelo de Esperanza Aguierre- como su presidente.
Desde el primer momento Alcalá Zamora quiso apartar la CEDA del poder. Además quiso buscar gobiernos que se dejaran tutelar por su persona, gobiernos débiles en el Parlamento. Abrió una de sus largas rondas de consultas en la que departió con personas de todas las posiciones políticas. El consejo más contundente se lo dio Azaña quien sin ambages les dijo que lo mejor era disolver las Cortes antes de que los gobiernos políticamente republicanos quedasen presos en ellas de Gil Robles.

Santiago Alba, nuevo Presidente de las Cortes.

Algunos quisieron ver ambición tras estas palabras, pero como sabemos por las cartas a su cuñado, Cipriano Rivas de Cherif, el ex presidente del gobierno se sentía entonces políticamente acabado. Tras su bienio en el poder, había conseguido salvar su escaño porque un amigo electo por Valencia le cedió el suyo. Poco podía depararle ya la política. O eso creía él…
Finalizadas las consultas, el Presidente de la República encargó a Lerroux formar gobierno.


Bibliografía Consultada

ALEMANIA. Constitución de Weimar. Tecnos. Madrid. 2010.
AZAÑA, Manuel. Diarios Completos: Monarquía, República, Guerra Civil. Crítica. Barcelona. 2004. Intr. Juliá, Santos.
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jueves, 7 de mayo de 2015

Dos Hombres de Derechas y la Segunda República (VI)

Antecedentes del Bienio de Derechas (V): Fin del Bienio Azañista


Después de desahuciar por segunda vez a Manuel Azaña del gobierno, empezaron las grandes ocurrencias de Alcalá Zamora que llamó a los líderes parlamentarios y les propuso un gobierno de notables –propuesta que no menciona en sus Memorias. Obviamente, un gobierno sin partidos quedaría obediente a la tutela del propio Presidente de la República. Ningún grupo político quiso aceptar la componenda.
Tras no pocas dificultades, el 12 de septiembre, Alcalá Zamora aprobó la lista ministerial que le presentó Lerroux a quien había invitado a formar gobierno. El gobierno tuvo una composición de mayoría radical. Además, todos los gobernadores civiles fueron radicales.

El Palacio de Oriente, sede de la Presidencia de la Nación de 1931 a 1935. Había sido la residencia de la Familia Real.

Su miembros fueron: Presidencia, Lerroux (Radical); Estado, Claudio Sánchez-Albornoz (Acción Republicana); Justicia, Juan Botella (Radical Socialista); Guerra, Juan José Rocha (Radical); Marina, Vicente Iranzo Enguita (ex miembro del partido de Ortega y Gasset); Hacienda, Antonio Lara Zárate (Radical); Gobernación, Martínez Barrio (Radical); Instrucción Pública, Domingo Barnés Salinas (Radical Socialista); Obras Públicas, Rafael Guerra del Río (Radical); Trabajo, Ricardo Samper (Radical); Agricultura, Ramón Feced (Radical Socialista); Industria y Comercio Gómez Paratacha (ORGA); Comunicaciones, Miquel Santaló (ERC).
Como se puede ver, el gobierno recibió el apoyo de Manuel Azaña que no quería arrastrar la república a la inestabilidad. Junto a Acción Republicana su homóloga gallega, la ORGA también apoyó a Lerroux. El apoyo de los radical socialistas estuvo condicionado a dejar al PSOE fuera del gobierno. El grupo de ERC, por su parte, hubiese apoyado casi cualquier combinación de gobierno con tal de no poner en peligro las transferencias de poder autonómico.

Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical.

Sin contar con el apoyo de la primera fuerza de la cámara, el PSOE, la debilidad innata del gobierno se vio agravada por la desafiante actitud de su presidente. Pocas semanas más tarde, el 3 de octubre, el gobierno caía en el debate parlamentario.
Como buen demagogo, Lerroux fue un gran orador en la calle, pero un pésimo orador parlamentario. Aquel día viendo que la confianza en su gobierno se resquebrajaba, empezó su intervención con un arrogante: “los que van a morir os saludan” a la cámara. Al final del debate los diputados le retiraron su confianza. Inmediatamente, el presidente del gobierno fue al Palacio de Oriente a dimitirle a Alcalá Zamora. Después aseguró estar enfermo y se encerró en su domicilio de donde no salió en varios días.

Alcalá Zamora, Presidente de la República.

Mientras tanto, en la cámara parlamentaria cundía el pánico. El único que parecía disfrutar de la situación era el propio Presidente de la República que inició por cuarta vez en un año una de sus farragosas consultas.
Azaña se movió más rápido que el Jefe del Estado. Acudió al domicilio de Lerroux y permaneció media hora en el recibidor asegurando que no se marcharía hasta ser recibido por el líder radical. Fiel intérprete de sus propias farsas, Lerroux terminó por recibir a Azaña en su dormitorio. El jefe de gobierno dimisionario estuvo todo el rato en la cama, en pijama con uno de aquellos gorros de noche con borla al final tan típicos de la época. Si estaba realmente tan enfermo, apenas unas horas más tarde experimentó una milagrosa recuperación al convocar a los dirigentes de su partido en la sede para preparar las elecciones.
-He venido a salvar a la república –le dijo Azaña en respuesta a las protestas de su interlocutor.

Manuel Azaña, líder de Acción Republicana.

Le propuso impulsar un gobierno que no integrara a ningún líder parlamentario. Una vez constituido el Presidente debería decidir si le permitía agotar la legislatura hasta 1935 o convocaba elecciones. El líder radical estuvo de acuerdo. Por entonces las elecciones parecían insalvables.
Alcanzado el acuerdo, Azaña corrió a Palacio para comunicárselo a Alcalá Zamora. El Presidente no pareció tener prisa por acortar su consultas, pero aceptó la idea que también fue bien acogida por las otras formaciones políticas.
Por fin el 8 de octubre el radical Martínez Barrio, a quien las derechas llamaban “el gran oriente” por su adscripción masónica, recibió el encargo de formar gobierno para disolver las Cortes y hacer elecciones. Su ministerio no tuvo más propósito ni vocación de continuidad.

Martínez Barrio, diputado radical y fundador de Unión Republicana.

La composición de su gabinete fue la siguiente: Presidencia, Martínez Barrio (Radical); Estado, Claudio Sánchez Albornoz (Acción Republicana); Justicia, Juan Botella Asensi (Radical Socialista) sustituido el 29 de noviembre por Domingo Barnés (Radical Socialista); Gobernación, Manuel Rico Avello (Agrupación al Servicio de la República de Ortega y Gasset); Guerra, Vicente Iranzo (Agrupación al Servicio de la República); Marina, Leandro Pita Romero (ORGA); Hacienda, Antonio de Lara (Radical); Instrucción Pública, Domingo Barnés (Radical); Trabajo, Carlos Pi i Sunyer (ERC); Obras Públicas, Rafael Guerra del Río (Radical); Agricultura, Cirilo del Río (Derecha Liberal Republicana); Industria y Comercio, Féliz Gordón Ordás (Radical Socialista); Comunicaciones, Emilio Palomo (Radical Socialista).

Dos días más tarde, el diez de octubre, se publicó el decreto de disolución en la Gaceta de Madrid, el BOE de aquella época. Con la llamada a elecciones generales, se abría el segundo proceso electoral de la segunda república.
Es a partir de este momento, cuando nuestros dos memorialistas, Gil Robles y Chapaprieta adquieren relevancia histórica.


Bibliografía Consultada


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lunes, 4 de mayo de 2015

Dos Hombres de Derechas y la Segunda República (V)

Antecedentes del Bienio de Derechas (IV): Bienio Azañista



El primer gobierno Azaña, 16 de diciembre de 1931 al 12 de junio de 1933, el más longevo con diferencia de la segunda república, es al que debemos la mayoría de iniciativas legislativas por las que es famoso aquel régimen: la primera ley de divorcio en España, la disolución de la Compañía de Jesús por Decreto, el Código Penal, la Ley de Vagos y Maleantes, la Reforma Agraria, y el Estatuto de Autonomía Catalán. No menos importante fue la aprobación de los presupuestos de 1932 diseñados por el ministro Jaume Carner de excelente perfil técnico a quien dos años más tarde robaría la vida el cáncer.
Durante este gobierno, el 10 de agosto de 1932 se produjo la “Sanjurjada”. Sevilla fue el escenario central del golpe que también tuvo algún foco aislado en Madrid. Mal preparada, la intentona del general Sanjurjo, que irónicamente un año antes había puesto la guardia civil al servicio del gobierno provisional antes de que el rey autorizara el traspaso de poderes, fracasó a las pocas horas.

El general Sanjurjo en el centro. Sevilla 10 de agosto de 1932.

Otro incidente grave fue la matanza de Casas Viejas el 11 de enero de 1933. En aquella pequeña localidad gaditana se produjo en violento enfrentamiento entre anarquistas y policías que se saldó con varios muertos. Aunque inicialmente el hecho no pareció tener mucha importancia, tanto las derechas como los sectores más radicales de la izquierda entendieron en seguida el partido que podían sacarle para desgastar al jefe de gobierno.
Pese a ganar el debate parlamentario, Azaña fue el 8 de junio de 1933 al Palacio de Oriente, sede de la Presidencia del Estado, para pedir la confianza del Presidente. Sorprendido por no encontrarla, dimitió en el acto.
La negativa de Alcalá Zamora a dar su apoyo al presidente del gobierno que había obtenido la confianza del Parlamento sólo se explica por su antagonismo personal. En sus Memorias el político cordobés no duda en hablar de Azaña como “mi gran enemigo”. Disgustado porque no se sometiera a él, don Niceto trató por todos los medios de socavar la acción de su independiente y para su gusto demasiado exitoso jefe de gobierno.
En efecto, el Jefe del Estado no quiso desaprovechar aquella oportunidad para desacreditarlo y forzar su dimisión. Pero esta actitud que entraba en contradicción con su papel constitucional de moderador no tardaría en costarle cara.

Edición del Estatut de 1932 con el retrato de su gran valedor en las Cortes, Manuel Azaña.

Cuando inició sus consultas para buscar a un nuevo jefe de gobierno descubrió lo siguiente: el PSOE se debatía en una bicefalia fratricida entre Indalecio Prieto, más moderado, y Largo Caballero, el Lenin Español. Ninguno de ellos podía ser invitado a formar gobierno sin riesgo de dividir el partido. Por si con eso no bastaba, los socialistas estaban peleados con los radical socialistas. Ningún partido aceptaría un gobierno presidido por un representante del otro. Para colmo, lo radicales de centro eran rechazados por la izquierda, de modo que Lerroux rechazó el encargo.
Desesperado, Alcalá Zamora tuvo que tragarse su orgullo y volver a llamar a Azaña a Palacio. Su disgusto no terminó ahí, porque lejos de manifestarse agradecido por la nueva invitación, el líder de Acción Republicana le dijo que sólo aceptaría el encargo si no se concebía el nuevo gabinete como un gobierno interino. A esto, según escribe el propio Azaña en sus Diarios, respondió el Presidente de la República: “Ni interinidades ni eternidades”.

Azaña en su despacho en el ministerio de la guerra.

El 12 de junio de 1933 quedó constituido el Gobierno Azaña II con una composición de partidos muy similar al anterior: Presidencia y Guerra, Manuel Azaña (Acción Republicana); Estado, Fernando de los Ríos (PSOE); Justicia, Álvaro Albornoz (Partido Radical Socialista); Marina, Lluís Companys (ERC); Gobernación, Casares Quiroga (Organización Republicana Gallega Autónoma); Hacienda, Agustí Viñuales Pardo (Acción Republicana); Instrucción Pública, Francisco Barnés Salinas (Acción Republicana); Obras Públicas, Indalecio Prieto (PSOE); Trabajo, Largo Caballero (PSOE); Agricultura, Marcelino Domingo (Partido Radical Socialista); Industria y Comercio, José Franchy y Roca (Partido Democrático Republicano Federal).
Con una vida mucho más breve que el gobierno predecesor, este gabinete dimitió el 8 de septiembre del mismo año. Su labor legislativa fue escueta. Únicamente cabe destacar la fatídica ley electoral. Aunque partía de un objetivo bienintencionado como favorecer las mayorías parlamentarias estables, esta ley aplicó un sistema electoral de mayorías que favoreció las grandes coaliciones, en detrimento de la representación proporcional lo que fue nefasto en febrero de 1936 para el régimen.

El segundo gobierno Azaña.

Las tensiones internas con los sectores más extremistas de la izquierda que querían unas nuevas elecciones para reafirmar su autoridad dañaron al gabinete desde dentro. El 12 de julio, Albornoz dimitió y Casares Quiroga hubo de asumir simultáneamente las carteras de justicia y gobernación.
A pesar de ello, 6 de septiembre Azaña volvió a superar con éxito un voto de confianza en las Cortes que lo mantuvo como jefe de gobierno. La crisis pareció alejarse por el momento. Pero entonces, tal como había hecho pocos meses antes, el Presidente de la República retiró su confianza a presidente del gobierno que dimitió el día ocho.
Lo más sorprendente es que don Niceto tomó esa determinación, de nuevo, después de que el Parlamento hubiese votado "sí" a la continuidad del gobierno Azaña. Con una misma arbitrariedad, el Jefe del Estado despreciaba al poder legislativo y hundía al ejecutivo en el caos.


Bibliografía Consultada

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TORRES DEL MORA, Antonio. Estado de derecho y democracia de partidos. Universitatis. Madrid.             2012.

viernes, 1 de mayo de 2015

Un año más... me busco


La voz del silencio
se durmió bajo mi piel.
Ya no puedo encontrarme.

He resuelto el enigma.
Las olas del tiempo se agitan.
Acepto pisar sendas de alambre.

Ya no necesito el espejo.
Porto en la imaginación -y la memoria-
los colores polimorfos del alma.

30 de Abril de 2015
Eduard Ariza