domingo, 1 de julio de 2012

El origen del cosmos finlandés

Cualquier cultura inicia su mitología con una narración sobre el origen del mundo, o lo que las religiones monoteístas prefieren llamar el génesis. Mi afición por los cultos paganos me ha dado a conocer un diverso número de estas historias. Sin embargo, pocas me han parecido tan curiosas como la que aparece en el Canto I de Kalevala.


Portada de Kalevala de Elías Lönnrot traduido al castellano por Alianza Editorial. Traductores: Joaquín Fernández y Úrsula Ojanen

Escrito por Elias Lönnrot (1802-1884), Kalevala compila en sus más de 20.000 versos toda la tradición de mitología, leyendas, cuentos populares y fábulas de Finlandia. Fue especial empeño de su autor conseguir este ambicioso objetivo. Se debe tener en cuenta que hasta el S.XIX, la literatura finlandesa era prácticamente nula, pues tenía como única manifestación la lírica oral. Lönnrot, impulsado por las corrientes nacionalistas del romanticismo, creó una obra depositaria de la tradición de su cultura, que además sirvió, en buena medida, de fundamento para el establecimiento de unas letras finlandesas sólidas.


Elías Lönnrot (1802-1884)

El origen del mundo en la mitología finlandesa empieza con un gran mar, típica imagen asociada al caos. Ilmata, la diosa virgen, desciende a este mar, donde es fecunda por las olas y el viento. A partir de ahí la diosa nada, flotando boca arriba, durante siete siglos en estado de preñez de norte a sur, de este a oeste. Infructuosamente busca un lugar firme sobre el que pueda dar a luz.
Finalmente invoca al dios supremo, Ukko que le envía un pato, descrito en el cantar como un animal de gran elegancia y belleza.


El ave pide a Ilmata su roidilla para hacer en ella un nido donde incubar sus huevos. Seis huevos de oro y uno de hierro pone el pato sobre la rodilla de Ilmata. La diosa, sin embargo, empieza a quemarse por culpa del intenso calor de la incubación. Finalmente se mueve y los huevos caen al vacío.


Ilmata emerge de las aguas.

De sus cáscaras emerge la tierra, sus yemas dan lugar al sol, mientras sus claras son el origen de la luna. Así, con el cosmos constituido, Ilmata encuentra al fin la tan ansiada tierra firma y puede dar a luz a su hijo, Väïnämömën, el héroe.

lunes, 25 de junio de 2012

"Cròniques Parlamentaries" de Josep Pla

La lectura siempre nos permite percibir una vida aparte de nuestra propia realidad. Sin enturbiar nuestra mente con la toxicidad de las drogas, la novela constituye el mejor recurso de cómo existir en varios lugares a la vez, en diferentes tiempos; cómo a través de la verosimilitud de la ficción podemos engrandecer nuestro yo auténtico, si es que existe. Pero ¿qué sucede cuando la lectura nos remite a la realidad? Inequívocamente, el fenómeno se repite. Vivimos en más de un tiempo, dentro de lo que llamamos realidad, sí; pero en otra sincronía y bajo otra perspectiva ideológica.

Bandera de la Segunda República.

Durante el último mes y medio, una hora de media al día, he vivido en la Segunda República. Las crónicas parlamentarias de Josep Pla me han abierto esa ventana casi ininterrumpida desde el abril de 1931, hasta los inicios del mismo mes cinco años más tarde.

Portada de La Segunda República de Josep Pla.

He leído los artículos traducidos al castellano por una cuestión económica, ya que los tres volúmenes de Obres Completes eran muy costosos. Por el contrario, esta edición de Destino, a cargo de Xavier Pericay, salía más rentable y, pese a sacrificar el valor de leer el texto en su lengua original, tenía el aliciente de recopilar los artículos que Pla escribió en castellano para sus contadas incursiones en Día o Sol, así como sus publicaciones mensuales en Las Provincias entre 1933 y 1934. Mucho interés tienen estás últimas, dada su curiosa elaboración dialógica con frecuente uso de la ironía.

 Josep Pla con sus biblioteca en su mas del Ampurdán.

La visión que ofrece Josep Pla de la Segunda República es la de un hombre de la Lliga Regionalista, para cuyo diario, La Veu de Catalunya, ejerce de corresponsal en Madrid. Hablamos, por lo tanto, de un hombre de derechas y catalanista. En sus crónicas muestra simpatía hacia Lerroux, Alba y otras importantes figuras del Partido Radical, así como hacia Gil Robles y otros acólitos de la CEDA. Su admiración se desproporciona en el momento de hablar de las aportaciones políticas de Ventosa, Cambó y hombres de la Lliga, las que exagera objetivamente. Menosprecia a Prieto, Azaña, Largo Caballero, Macià, Companys, Martínez Barrio y otros capitostes de la izquierda. Salvando las distancias (y el catalanismo), sus puntos de vista se parecen a los del periodista británico y conservador, Henry Buckley, autor de Vida y muerte de la República Española.

Senyera Catalana.
 
El derechismo de Pla, sin embargo, no obedece al dogmatismo; ya no digamos al fanatismo, completamente incompatible con su inteligencia. Hombre rural y tranquilo, Pla quedó visiblemente horrorizado por los crímenes perpetrados por el anarquismo sindicalista en Barcelona durante los años 20. Empezó entonces un giro ideológico hacia al pragmatismo que inexorablemente lo condujo a acercarse a la derecha conservadora, en su opinión garantía del orden. Transmite una visión muy crítica de la república, llena de reparos hacia un régimen republicano que contempla como un cúmulo de vaguedades idealistas mal afianzadas. No obstante, razona; con más o con menos prejuicios, argumenta; siempre mantiene su lealtad de periodista hacia los hechos, aunque los tamice a través de sus opiniones. Además, es importante decirlo, Pla nunca fue un demócrata convencido, pero aborreció a cualquier gobierno que maltratase a un ser humano. Y, desde luego, es totalmente infundado calificarlo de agente del fascismo, como algunos han hecho.

 Portada de Notes per a Sílvia, volumen 26 de las Obres Completes de Josep Pla.
Si todo va bien, dentro de un mes, neonovecentismo podrá ofrecer un breve comentario, ahora ya con el texto en original, de L’adveniment a la República, recopilado en el volumen 26 de sus Obres Completes, bajo el título Notes per a  Sílvia. ¿Cómo debió vivir el 14 de abril para sí mismo un hombre que noviembre del 31 escribía:

“Creo que las elecciones son pura ilusión, y no me gusta mezclar las matemáticas con las ilusiones”?


lunes, 18 de junio de 2012

Tres metaliteraduras de "La Colmena"


No cabe duda de que Cela pretende describir la complejidad humana de una sociedad, una sociedad de posguerra, en La Colmena (1951). Es preferible, no obstante, evitar hablar de “relaciones humanas”. Francamente, definir los contados roces y frecuentes fricciones de la novela como “relaciones” puede dar pie a muchas confusiones. Si se usa este concepto aplicando su idea en la novela psicológica de principios de S.XX o en la realista-naturalista decimonónica, vemos que la convivencia, tal como don Camilo la muestra en esta obra, entre su centenar de personajes (por cierto, ninguno de ellos cura o militar) se distancia bastante como aparece en los otros géneros. Aquí las relaciones humanas no se basan en vínculos profundos de emociones enraizadas cuya sofisticación permite sostener la trama argumental de la novela. Más bien parecen contactos ocasionales fruto de la casualidad, y, tal vez, con este último término “contactos” fuese hablar de la convivencia de los personajes de La Colmena. 

Don Camilo José Cela (1916-2002), autor de La Colmena y Premio Nobel de Literatura en 1989.

La falta de profundidad no es incompatible con lo vínculos que se establecen, ni siquiera con la ola de emotividad que se desata al final, cuando los personajes se entera de la nueva caída en desgracia de Martín Marco que él ignora. Aunque el autor no pretenda escenificar “las relaciones humanas”, para prosificar la esencia del Insomnio de Dámaso Alonso, debe configura toda la psicología trágica de una sociedad; la psicología no existe sin las emociones.

Lev Tolstoi (1828-1910), autor de Guerra y Paz

¿Qué papel ocupa la literatura en esta sociedad? Las quejas de Martín Marco sobre el maltrato que sufren los intelectuales como él muestran cuan arrinconada queda la cultura en este Madrid de miseria. La escasa aparición sólo de tres escritores a lo largo de la novela escenifica esta tendencia. Esta dosis tan menguada de metaliteratua se presenta, además, de manera muy curiosa, siempre al servicio del retrato psicólogico colectivo, que representa el personaje o la escena concreta en el que aparece. 

Friedrich Nietzsche (1844-1900), autor de La Aurora.

Tolstoi no aparece por la palabra escrita sino en la representación de esmalte coloreada de la sortija que lleva Celestino Ortiz, dueño de un pequeño bar en la calle Narváez. De ideas próximas al anarquismo, don Celestino luchó en la guerra civil al lado de Cipriano Mera, dirigente de la CNT. Si lleva una imagen de Tolstoi es porque el célebre escritor ruso fue asimilado por el movimiento anarquista dadas sus convicciones pacifistas, su oposición al servicio militar obligatorio, sus críticas a la iglesia (recuérdese que Tolstoi murió excomulgado), y sus convicciones del establecimiento de un libre albedrío social mediante la bondad natural de los hombres (que les daba la religión; aunque esto siempre lo omitió el movimiento anarquista, dado su postulado ateísta). Paradójicamente, el tabernero, que lleva la imagen de un devoto cristiano en el dedo, lee, bajo la barra del bar, “con devoción”, un destartalado volumen de La Aurora de Nietzsche, un libro censurado en la época.

Carmen Laforet (1921-2004), autora de Nada.


Tolstoi y Nietzsche convergen en don Celestino para explicar la contradicción social de tantas mentes de la época. También muestran la imposibilidad de materializar los elevados ideales en el mundo de la postguerra. Martín Marco acusa al tabernero de hipócrita por leer La Aurora, pero querer cobrarle la cuenta para pagar el impuesto, ahora que sabe que no tiene dinero. Más tarde, durante su delirante monólogo, el joven y desquiciado poeta admite que antes que lo perdurable hay que comer; más que los libros, le valdría la pena un diente de oro que pudiese vender.

Imagen alta y tierna de consuelo,
aurora de mis mares de tristeza,
lis de paz con olores de pureza
¡precio divino de mi largo duelo!

Martín Marco recita estos versos a Pura en el capítulo sexto. Este cuarteto pertenece a los Sonetos Espirituales (1917) que Juan Ramón Jiménez dedicó a su esposa, Zenobia Camprubí. El poeta mogareño recibe una gran admiración entre los escritores durante la posguerra. No es coincidencia que Carmen Laforet ponga unos versos suyos de anteprólogo en Nada (1945) ni que sea el único autor citado en La Colmena. Pura no sabe quién es Juan Ramón, tampoco entiende los deseos que Martín enmascara tras estos versos de amor.

Juan Ramón Jiménez (1881-1958) con su esposa Zenobia Camprubi (1916-1956)

En la España de posguerra la cultura o no se entendía o se desconocía. Nunca se hicieron esfuerzos para invertir esta tendencia que perdura desde entonces.

lunes, 28 de mayo de 2012

Profecías frustradas por falta de concienca mesiánica


Fray Melchor era uno de tantos vástagos de las familias de conversos españoles que a finales del S.XVI tomó una vocación religiosa. Su padre, aunque de mala reputación religiosa, formaba parte de la aristocracia mercantil de Burgos, hecho que permitió al joven Melchor tener relaciones permanentes con Brujas o Londres. En la última ciudad se hallaba el joven Melchor cuando tuvo su primera aparición divina. Tomó los hábitos de San Francisco de Asís y volvió a España. Su intención inicial era irse a propagar al África, pero al ver los monasterios españoles, le pareció más urgente la reforma de estos que la conversión de nuevos fieles.
Dios le había dicho: “Tu eres Melchor, a quien desecharán los edificadores, pero que muy pronto serás piedra angular del edificio.” Esto le dio fuerzas para ser osado, hasta el extremo de no temer el martirio.

San Juan de la Cruz
Una vez en la Península, muchas de las primeras “beatas” empezaron a rodearle. Gentes como la madre Juana de la Cruz, Sor María de Santo Domingo, apodada la Pirdrahita, o la madre Marta. La condición de beatas de estas mujeres reconocidas por la iglesia, protegerá al osado predicador cuando empiece a hacer sus predicciones. Si bien en un principio es ignorado, en el momento que las mujeres que le siguen empiezan a adoptar primigenios estilos de vida “iluminista”, reafirmados luego por los místicos de la segunda mitad del siglo; la iglesia solicitará una investigación. Ésta se agrava ante lo osado de sus profecías y a que muchos conversos le siguen como a un líder.
Este fraile se ha atrevido a anunciar la caída de la silla de San Pedro y la marcha del futuro pontícife a Jerusalén, la tierra que verdaderamente mana leche y miel. Pronostica un reinado de paz y felicidad. Se atreve a añadir que es voluntad de Dios que la Tierra Santa no sea recuperada por la fuerza de las armas, sino de manera pacífica.

 Fray Luis de León

 En circunstancias normales la inquisición, rapaz y sanguinaria, hubiese quemado a este hereje o le hubiese torturado hasta conseguir que se retractase de su fe. Afortunadamente, encontró dos poderosos aliados. Uno de ellos fue su amigo Fray Andrés, persona cercana al cardenal Cisneros, quien además de obispo de Toledo y máxima autoridad religiosa en España, ostentaba de facto el gobierno de Castilla como regente. El otro, fray Juan De Cazalla. Éste eminente erasmista simpatizaba con fray Melchor por razones más ideológicas que personales. También él creía muy necesaria la reforma de la iglesia, y, aunque se mostró poco abierto al misticismo, a la fuerza tuvo que simpatizar con él, pues su hermana María De Cazalla, fue de las primeras “iluministas” españolas.

 Cardenal Cisneros

Fray Andrés y fray Juan enviaron sus respectivos informes al cardenal Cisneros. En estos se constaba que, pese a los indicios de herejía, no se podía hablar tampoco de obras maléficas. Las profecías de fray Melchor entraban en la línea trazada por Bovelles, Santa Brígida, Santa Catalina de Siena y Sant Vicent Ferrer. En más de una ocasión, había dudado de sus convicciones y había recurrido al confesionario como cualquier hijo bienintencionado de la iglesia. No había pues motivos para condenarla.
Una última cosa quedaba por tratar. Una de las profecías de fray Melchor conectaba directamente con otra de San Francisco. Según los términos de antes, un verdadero pontícife habría de venir para derrocar al pseudopapa que reinaba en Roma y restaurar el verdadero orden cristiano. La cuestión es que fray Melchor precisó que este futuro papa pertenecía a la orden de los franciscanos, como Cisneros. Fray Andrés, en su informe, rechazó esta profecía, aunque paradójicamente aconsejó a Cisneros que intentase hacerse con la tiara pontificia. Fray Cazalla ni siquiera menciona esta profecía en su informe, pero ello no era requisito sine qua non para expresarle su deseo de verlo pronto convertido en líder espiritual del cristianismos.

 Sepulcro de Santa Teresa de Jesús
 
Fray Melchor terminó sus días tranquilo, en un confortable olvido. Su presencia histórica en el S.XVI quedó eclipsada por las figuras de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús e incluso, fuera del grupo místico, por ascetas como fray Luis de León. Sin embargo, no deja de se muy característico de la naturaleza española que muchos “iluministas”, monjes y hasta clérigos de buena posición en la jerarquía pusiesen en el prelado franciscano de Toledo, durante algunos años, unas esperanzas casi mesiánicas que pretendían erigirlo en reformador de la iglesia y del mundo; todo por una profecía cuyo autor era desconocido para la mayoría. El fenómeno, ya sin profecía, volvió a repetirse años después. Cuando Carlos I pudo hacerse con el título de Emperador, muchos volvieron a hacer corro a su alrededor considerándolo redentor del cristianismo y restaurador del imperio de Carlomagno.

 Tumba del Cardenal Cisneros en Alcalá de Henares.

Una cosa distinguió a Cisneros del hijo de Juana I la loca: nunca abandonó la realidad, ni se permitió endiosarse por los aduladores más o menos bienintencionados que pudiesen congregarse entorno a él. Confesor de Isabel la Católica y dos veces regente del reino, además de otras tantas de presidente de la Junta de Castilla, el cardenal sabía muy bien que, por grande que fuese su poder en la Península, ganar un conclave quedaba totalmente fuera de su alcance; y menos aún alcanzar el trono de San Pedro a la fuerza para luego llevarlo a Jerusalén mediante la paz.

viernes, 18 de mayo de 2012

Crónica de la Universidad de Barcelona IV

Que escondidos quedaban los pies de Ester entre las gradas de madera. Me fijé en ellos, al entrar. Sus uñas sobresalían luminosas, pintadas de rojo, por la obertura de unas sandalias de tela, elegantemente elevadas por esos tacones rústicos de esparto. Normalmente nunca le presto atención a los zapatos, pasa que, por aquel entonces, tenía en mente regalarle a otra amiga unas sandalias para su cumpleaños. Dado que no uso a menudo el calzado femenino, aprovechaba cuando estaba rodeado de gente para buscar modelos.
-Hola –me saludó Ester.- ¿Te quedarás a la una?
-¿A qué?
-Hay asamblea.
“¡Otra!” pensé para mí. Nuestra profesora de hispanoamericana lo había expresado mejor que nadie. Cuando nos vimos a la semana siguiente, después de haber dado clase en la plaza, nada más entrar en clase nos espetó: “Parece que todo sigue igual”. No lo dijo malhumorada, quizás sí algo sarcástica, aunque en el recuerdo más bien sonaba melancólico. Con aquellas simples palabras le puso voz a la apatía que reinaba en el aula. ¡Todo seguía igual! Era lamentable.
Ya en mi asiento, empecé a tomar notas del discurso que la profesora realizaba sobre la poesía de Garcilaso. Para mí, la asamblea, pensaba mientras tanto, suponía una molestia. Estos pretendidos actos masivos, rara vez superaban dentro de la universidad a las sesenta personas. Sólo en ocasiones muy concretas, al amparo de circunstancias inusuales, congregaban a mucha gente en proporción al conjunto. Si bien es cierto que muy a menudo a estas ocasiones las acompañaban numerosas ausencias de gente que se quedaba en sus casas, con lo que era más fácil reunir a quien viniese. Sesenta personas, en cualquier caso, no podían constituirse en voluntad del movimiento estudiantil, menos aún si en el conjunto no se lo habíamos pedido.
-Dicen que si no viene nadie más tendrán que hacerlo ellos solos. –me dijo una amiga de la Universidad Autónoma de Barcelona, la otra gran universidad pública de la provincia, donde las huelgas, pese a ser infructuosas en el avance de las reivindicaciones, proseguían obstruyendo el curso natural de las clases.- No llegan ni al 30% de los alumnos. Hace poco hicimos una asamblea para votar si parábamos aquello o no. Fue más gente de la habitual, pero seguimos siendo cuatro gatos. Votamos y sólo el 40% lo hizo a favor de prolongar la huelga. Pero nada, al día siguiente ya encontramos carteles y pitadas que decía “40%, no nos rendiremos”.
-Esa vanidad… Me recuerdan un poco a esos dictadores de entreguerras o más bien a los caudillos latinoamericanos: “Como hay un vacío y aquí nadie hace nada, pues me veo obligado a tomar la iniciativa.” Sólo que en lugar de ser un sujeto individual, son agrupaciones ruidosas. Digo yo que primero habrá que preguntarle a la gente si desea hacer algo ¿o no es bucólico hundirse en el barco con la orquesta sonando de fondo? Un Malher, para mí, por favor.
-Mira que eres bruto… Pero te doy bastante la razón en lo primero.
-Luego a mí me llaman fascista, a mí que no pretendo conducir a nadie.
-¡No me jodas! ¿Por qué?
-¡Bah! No le des importancia, que no la merece. Le cuestioné a una chica cómo llevaban las convocatorias. Con buenos modos, por supuesto, le confesé que no veía su utilidad, tal como se planteaban. Así que ella me llamó fascista.
-¡Qué imbécil! Igual pensó que sabe lo que significa “fascista”.
-¡Bah! Entendí muy bien lo que pretendió decirme. Ella quería llamarme “resignado”, pero “fascista” debió sonarle más hiriente.
Sí, soy hombre resignado, lo soy y no me arrepiento. Se vive más descansado, más cerca de la realidad. La política no me interesa más que el futbol a un buen aficionado. En aquellas semanas muchos discutían una, otra, otra, otra y otra vez sobre qué equipos descenderían a segunda, ahora que ya se había coronado el Real Madrid como campeón de la Liga; sin llegar nunca a ninguna conclusión más concreta que antes de empezar la conversación. Del mismo modo, yo disfrutaba discutiendo, con mis contados amigos y muy especialmente con mi padrastro, sobre la composición del parlamento griego resultante de los recientes comicios, las posibilidades de formar gobierno, los escaños que habían obtenido los neonazis, si podrían los griegos permanecer en la UE, o el papel que ejercía aquel venerable anciano que presidía la República Helénica. No dedicaba más empeño a aquellas cuestiones que los futboleros, ni pretendía dotarlas de un objetivo más definido. Confieso que me parecía más enriquecedores mis temas (como a los futboleros más entretenidos los suyos); pero aparte de esto, sólo jugaba con las palabras para divertir mi vida. Así participaba yo de la política, poco aconsejable me parecía –y me sigue pareciendo- vivirla de otro modo.
A los cuarenta minutos de clase se oyeron gritos de protesta fuera. Los estudiantes, en esta ocasión muchísimos, tomaron veinte minutos plaza Universidad, en acto de protesta. Nosotros seguimos en clase. Al terminar Ester se acercó a mí:
-¿Te vienes?
-¿A la asamblea? Vale, pero dame un minuto que fotocopie unos apuntes.
En vez de ir al edificio nuevo en cuya planta baja se ubicaba la copistería, preferí subir a la biblioteca para usar las fotocopiadoras de allí. Quiso la casualidad que oyese la siguiente conversación:
-Menos mal que hoy la asamblea se hace una hora más tarde, que yo a última hora tenía un examen.
-No te preocupes.
Me fijé en ellos detenidamente, pero sin dejar de andar. Eran de los organizadores de todo el folclore revolucionario. De los que nos sacaron de las clases hacía una semana. Cualquier otro se hubiese enfadado, yo sólo pensé en cómo contarlo manteniendo mi imparcialidad. Me faltó tiempo para hacer las fotocopias y bajar las escaleras. Es incomodo llegar a un acto cuando ya ha empezado.
-¿Vas a la asamblea? –me preguntó un chico mayor que yo, al pasar por su lado. Estaba colgando en uno de los corchos del claustro un gran cartel panfletario, sin importarle el espacio que ocupaba.
-¡Por supuesto! –lo admito, mi entonación fue bastante irónica.
-¡Haces bien! ¡Todos hacemos falta! –exclamó melodramático.
Busqué a Ester y sus amigas en el círculo de unas sesenta personas. En ellas encontraba yo el áureo carácter humano que se compromete sin entregarse a excesos banales ni renunciar al trabajo. Mucho tenían de ideólogas aquellas chicas. Cualquier idealista se hubiese desesperado al ver que todo seguía igual que ayer y todo seguiría igual mañana. Yo, el apagado, el indiferente, me sentí muy feliz de sentarme diez minutos entre aquellas chicas mientras escuchaba trivialidades populistas. Tuve que irme pronto, pues en casa me esperaban para comer.

[Traducció al català.]

 Que amagats quedaven els peus d'Ester entre les graderies de fusta. Em vaig fixar en ells, en entrar. Les seves ungles sobresortien lluminoses, pintades de vermell, per l'obertura d'unes sandàlies de tela, elegantment elevades per aquests talons rústics d'espart. Normalment mai li paro esment a les sabates, pansa que, aleshores, tenia en ment regalar-li a una altra amiga unes sandàlies per al seu aniversari. Atès que no uso sovint el calçat femení, aprofitava quan estava envoltat de gent per buscar models.
-Hola –em va saludar Ester.- Et quedaràs a la una?
-A què?
-Hi ha assemblea.
“Altra!” vaig pensar per a mi. La nostra professora d'hispanoamericana ho havia expressat millor que ningú. Quan ens vam veure a la setmana següent, després d'haver fet classe a la plaça, gens més entrar en classe ens va etzibar: “Sembla que tot segueix igual”. No ho va dir malhumorada, potser sí alguna cosa sarcàstica, encara que en el record més aviat sonava malenconiós. Amb aquelles simples paraules li va posar veu a l'apatia que regnava a l'aula. Tot seguia igual! Era lamentable.
Ja en el meu seient, vaig començar a prendre notes del discurs que la professora realitzava sobre la poesia de Garcilaso. Per a mi, l'assemblea, pensava mentrestant, suposava una molèstia. Aquests pretesos actes massius, rares vegades superaven dins de la universitat a les seixanta persones. Només en ocasions molt concretes, a l'acaparo de circumstàncies inusuals, congregaven a molta gent en proporció al conjunt. Si bé és cert que molt sovint a aquestes ocasions les acompanyaven nombroses absències de gent que es quedava a les seves cases, amb el que era més fàcil reunir a qui vingués. Seixanta persones, en qualsevol cas, no podien constituir-se en voluntat del moviment estudiantil, menys encara si en el conjunt no l'hi havíem demanat.
-Diuen que si no ve ningú més hauran de fer-ho ells sols. –em va dir una amiga de la Universitat Autònoma de Barcelona, l'altra gran universitat pública de la província, on les vagues, malgrat ser infructuoses en l'avanç de les reivindicacions, prosseguien obstruint el curs natural de les classes.- No arriben ni al 30% dels alumnes. Fa poc vam fer una assemblea per votar si paràvem allò o no. Va ser més gent de l'habitual, però seguim sent quatre gats. Votem i només el 40% ho va fer a favor de perllongar la vaga. Però gens, l'endemà ja trobem cartells i xiulades que deia “40%, no ens rendirem”.
-Aquesta vanitat… Em recorden una mica a aquests dictadors d'entreguerres o més aviat als cabdills llatinoamericans: “Com hi ha un buit i aquí ningú fa gens, doncs em veig obligat a prendre la iniciativa.” Només que en lloc de ser un subjecte individual, són agrupacions sorolloses. Dic jo que primer caldrà preguntar-li a la gent si desitja fer alguna cosa o no és bucòlic enfonsar-se en el vaixell amb l'orquestra sonant de fons? Un Malher, per a mi, per favor.
-Mira que ets burru… Però et dono bastant la raó en el primer.
-Després a mi em criden feixista, a mi que no pretenc conduir a ningú.
-No em fotis! Per què?
-Bah! No li donis importància, que no la mereix. Li vaig qüestionar a una noia com portaven les convocatòries. Amb bones maneres, per descomptat, li vaig confessar que no veia la seva utilitat, tal com es plantejaven. Així que ella em va cridar feixista.
-Quin imbècil! Igual va pensar que sap el que significa “feixista”.
-Bah! Vaig entendre molt bé el que va pretendre dir-me. Ella volia cridar-me “resignat”, però “feixista” va haver de sonar-li més feridor.
Sí, sóc home resignat, ho sóc i no em penedeixo. Es viu més descansat, més prop de la realitat. La política no m'interessa més que el futbol a un bon afeccionat. En aquelles setmanes molts discutien una, una altra, una altra, altra i una altra vegada sobre quins equips descendirien a segona, ara que ja s'havia coronat el Reial Madrid com a campió de la Lliga; sense arribar mai a cap conclusió més concreta que abans de començar la conversa. De la mateixa manera, jo gaudia discutint, amb els meus explicats amics i molt especialment amb el meu padrastre, sobre la composició del parlament grec resultant dels recents comicis, les possibilitats de formar govern, els escons que havia obtingut els neonazis, si podrien els grecs romandre en la UE, o el paper que exercia aquell venerable ancià que presidia la República Hel·lènica. No dedicava més obstinació a aquelles qüestions que els "futboleros", ni pretenia dotar-les d'un objectiu més definit. Confesso que em semblava més enriquidors els meus temes (com als "futboleros" més entretinguts els seus); però a part d'això, només jugava amb les paraules per divertir la meva vida. Així participava jo de la política, poc aconsellable em semblava –i em segueix semblant- viure-la d'una altra manera.
Als quaranta minuts de classe es van sentir crits de protesta fora. Els estudiants, en aquesta ocasió moltíssims, van prendre vint minuts plaça Universitat, en acte de protesta. Nosaltres seguim en classe. En acabar Ester es va apropar a mi:
-Et véns?
-A l'assemblea? Val, però dóna'm un minut que fotocopiï unes anotacions.
En comptes d'anar a l'edifici nou en la planta baixa del qual se situava la copisteria, vaig preferir pujar a la biblioteca per usar les fotocopiadores d'allí. Va voler la casualitat que sentís la següent conversa:
-Encara sort que avui l'assemblea es fa una hora més tard, que jo a última hora tenia un examen.
-No et preocupis.
Em vaig fixar en ells detingudament, però sense deixar de caminar. Eren dels organitzadors de tot el folklore revolucionari. Dels quals ens van treure de les classes feia una setmana. Qualsevol un altre s'hagués enfadat, jo només vaig pensar en com explicar-ho mantenint la meva imparcialitat. Em va faltar temps per fer les fotocòpies i baixar les escales. És incomodo arribar a un acte quan ja ha començat.
-Vas a l'assemblea? –em va preguntar un noi major que jo, en passar pel seu costat. Estava penjant en un dels suros del claustre un gran cartell panfletari, sense importar-li l'espai que ocupava.
-Per descomptat! –ho admeto, la meva entonació fou bastant irònica.
-Fas bé! Tots fem falta! –va exclamar melodramàtic.
Vaig buscar a Ester i les seves amigues en el cercle d'unes seixanta persones. En elles trobava jo el daurat caràcter humà que es compromet sense lliurar-se a excessos banals ni renunciar al treball. Molt tenien d'ideòlogues aquelles noies. Qualsevol idealista s'hagués desesperat en veure que tot seguia igual que ahir i tot seguiria igual matí. Jo, l'apagat, l'indiferent, em vaig sentir molt feliç d'asseure'm deu minuts entre aquelles noies mentre escoltava trivialitats populistes. Vaig haver d'anar-me aviat, doncs a casa m'esperaven per menjar.

lunes, 14 de mayo de 2012

Alejado del Aleph...

“Así habrán ocurrido los hechos, aunque de un modo más complejo; así puedo soñar que ocurrieron.” Jorge Luís Borges

En sus Inquisiciones (1925) y en sus Otras Inquisiciones (1952) Borges consigue devisar la meta de su andanza literaria. Un poco como Moisés, Borges ve la meta, pero no puede alcanzarla. Dios no lo fulmina inmediatamente; con sencillez, de un modo mucho más enrevesado que la paradoja de Aquiles y la tortuga, le impide llegar a donde se propone. Ignoro si esto explicaría porque el autor argentino decía esperar la muerte como un alivio, o se debe seguir creyendo su versión de que era tradición familiar entre los Borges querer morir sin excederse en la vejez.
El gran mito borgiano del Aleph remite a la tradición panteísta del cosmos, con un toque agnóstico lo suficientemente potente para dejar a Dios fuera de ese “objeto” que es perfecto, inmutable y probablemente eterno. Menos seguro es que el intimismo de la poesía mística no haya influido en Borges para ubicar este fragmento de percepción del cosmos. Si según Santa Teresa de Jesús Jesucristo estaba “entre los fogones”, el Aleph se halla dentro de un prosaico arcón de madera, en un sótano.
¿Qué es realmente el Aleph? Es muy subjetiva la acepción de “perfección”. Casi siempre se define desde sus antagónicos, prueba lingüística de que los hombres conocemos demasiado el defecto, para definir perfección sin dejar de hacerle referencia. Una imagen de lo perfecto debió ser el universo literario para Borges. En 1945 intentó exponer la sensación que en su mente producía la literatura de la humanidad, mediante un símbolo abstracto. Antes y después, intentó establecer algo perfecto por medio de la literatura.
¿Cuál es el propósito de Inquisiciones y de Otras Inquisiciones? Mucho antes de que ambas obras fuesen un montón de cuartillas en blanco, debieron ser una idea grandiosa en la mente de Borges, un proyecto para entrelazar la totalidad de la literatura en una perfecta relación de lo imposible, un ideal grandioso; un imposible. Sobre el papel tal proyecto empezó a agrietarse. Sus gustos personales y el propio carácter de la literatura subjetivizaron las relaciones que quería establecer entre unas obras y otras. Éstas se vieron rápidamente limitadas por el hecho de que no había leído todo lo escrito e imposibles de separar en su infinita extensión dentro de un solo libro. ¿Se puede hacer un buen tratado de Sade sin hablar de Platón, acaso? Borges tuvo que renunciar desde el principio a establecer una relación total desde que escribió la primera letra de estas obras.



No se pude hablar de Cervantes sin mirar atrás y nombrar a Erasmo, o sin mirar adelante y ver a Galdós. A partir de aquí, los hilos se estiran y Cervantes termina conectado con La Biblia y con Manuel Machado. ¿Cómo conectarlo todo? ¿Dónde poner el límite? Mejor fue circunscribir su tribunal de la inquisición a unos “breves comenttarii” de algunos autores que le atraían y camuflar, bajo la maraña de su apabullante grandeza cultural, el profundo sentimentalismo que le despertaba cada uno de ellos.
Al final Borges sólo pudo mostrar lo perfecto a través de la simbología literaria. Exponer la perfección titánica del organismo literario, casi tan antiguo como el mismo lenguaje, le quedó vedado. Su proyectos inquisitoriales para ahondar en la metaliteratura quedaron siempre alejados de las formas de su Aleph.

viernes, 11 de mayo de 2012

Crónica de la Universidad de Barcelona III

[Se recuerda que abajo se encuentra la traducción al catalán.]

La estética de la bandera, tanto si ondea al viento como si extiende gacha sus colores, cautiva a quien la mira. A decir verdad, siempre he pensado que sólo los prejuicios ideológicos nos impiden admirar la belleza del desfile militar. Del mismo modo, son esos mismos prejuicios los que nos permiten ver sin horrorizarnos las turbas estruendosas que suelen ser, por norma general, las manifestaciones. Sin embargo, cuando el dos de mayo pasé por delante de la puerta principal del edificio histórico de la UB, las tres banderas allí izadas me sorprendieron. La española monárquica y la senyera catalana se reconocían bien, la tercera no supe identificarla. No me pareció que fuese la de Barcelona, aunque tampoco conocía demasiado la enseña municipal. ¿Pero por qué ondeaban? Un día de cada día, aquellos mástiles estaban desnudos. El día del trabajo no parecía un motivo típico para que la UB las izase, y mucho menos el día de la comunidad de Madrid.
Aparté mis preguntas y fui a clase. Habían empezado las jornadas de huelgas continuadas que incomprensiblemente, incluso cuando se hablaba en castellano, se llamaron de “vaga continuada”. En la clase fuimos muy pocos, menos de quince quizás. Mi intención era cursar las clases y quedarme luego a las protestas o asambleas que tuviesen lugar. Sin embargo, tan pronto como Jimena empezó su discurso académico, se oyeron varias sirenas y chillidos de megáfono. No tardaron en llegar a nuestra planta (la segunda de las cinco que tiene el edificio nuevo). Abrieron las puertas de cada aula, encendieron de nuevo las sirenas, ahora con mayor potencia.
Entró una chica entre esperpéntica y almodovariana. Para el barullo que había armado, se limitó a recordar con tono vergonzosamente humilde que había una asamblea a las doce y media Nos pidió que asistiésemos “Si no, nos quedaremos en minoría” y salió sin mediar más palabra.
Fuera siguieron gritando sus consignas. Una de ellas me hizo particular gracia: “Si no estudiamos todas, no estudia nadie”. Al principio achaqué el uso del femenino a que en nuestra facultad (como la mayoría) hay más alumnas que alumnos, pero no. Después de preguntar a la chica que había entrado antes, descubrí que, a fin de lograr la paridad morfológica, compensaban el “nadie” masculino con la forma femenina de “todo”. ¿El sistema se podría aplicar a textos largos o a charlas espontáneas? me pregunté para mí mismo. También recordé que en alemán las formas del plural coinciden con las del femenino singular, sin que la lengua de Goethe se convirtiese, por ello, en feminista.
Como no se pudo seguir con la clase, ésta se suspendió y salimos afuera. Quienes organizaron todo el jaleo tenían, tal vez sólo a mis ojos, un aspecto variopinto. Particularmente uno que parecía el más exaltado; llevaba gafas de sol espejo, un cinturón de balas y un sombrero que parecía un sombrero de copa nacido prematuramente, por lo que no había visto reducido su tamaño. Reconozco que me disgustaron aquellas malas formas. Tanto ruido, para no leer ni siquiera un manifiesto… El discurso me parecía importante. ¿Cómo no se iban a quedar “en minoría” a las 12:30? Aquellos mecanismos de presión vacíos de contenido sólo podían terminar provocando efectos contraproducentes. Al final, los movimientos de protesta terminarán siendo meros eslóganes sin argumentar, como los partidos políticos, o peor; no tendrán jerarquía que posibilite su coordinación.
Mi amiga Ester había tenido una iniciativa curiosa, un aula de estudio en la plaza universidad. Tan pronto como se me pasó el disgusto estético, recordé lo que opinaba de los recortes y me encaminé hacia allí. Estaban justo en el centro de la plaza, sin árboles ni parasoles que los protegiesen del áspero sol. Se habían sentado en el suelo entorno a una farola. A su alrededor habían pegado varias pancartas al suelo con cinta aislante. Reconocía a Ester enseguida. Sus mofletes habían enrojecido. Mucho temí que se le quemasen más a lo largo de la mañana, tenía la piel tan blanca. Mi propia piel se me antojaba un problema. De pigmentación muy débil, es poco tolerante a las largas exposiciones al sol. Por suerte llevaba manga larga. Por su parte, Ester no mostraba el menor amago de preocupación, al contrario, se descubrió los hombros para ponerse morena, mientras leía El señor presidente, lectura obligatoria de hispanoamericana. Reconocí a varias amigas suyas, también a un chico rubio y algo mayor que nosotros:
-Me llamo Cristian.
Casi de inmediato nos intercambiamos el móvil. A él ya lo tenía visto en alguna otra parte. Indagué en mi memoria dónde podía ser, pero no se me ocurrió nada.
Al poco rato llegaron los chicos que habían montado el barullo con nuevas pancartas que poner. Debo reconocer, lo digo con sincero halago, que sabían captar la atención de la gente mucho mejor que nosotros. Ester, sin embargo, se mantuvo cuidadosa sobre que pancartas se colgaban. Excluyó, con mucha sutileza, algunas del estilo “Mucha Policia Poca Educación”. Lo preferible era ceñirse aquello que nos atañía directamente. Cristian y ella, con la ayuda de los otros chicos, ataron dos largas tiras de cinta aislante entre dos árboles de la plza. En ellas colgaron pancartas con datos clarísimos: cuánto iban a subir las tasas, 50-66%; cuánto implicaba pagar, 1700€; la cifra de despidos de profesores… Las principales preguntas que un ciudadano corriente pudiese tener sobre el daño que los recortes infligirían a la universidad se respondían allí.
Un coche de limpieza del ayuntamiento llegó a la plaza. Por un momento temimos que íbamos a ser desalojado con el mayor de los desprecios. Tras dudar un instante, decidí acercarme. La mujer que conducía el vehículo me aseguró, y así sucedió, que iban a respetar nuestro espacio. Le di las gracias por ello y volví con mis compañeros para advertirles que no nos eran hostiles.
Un señor de polo rojo le hizo una pregunta a Cristian. No la oí bien, así que me tendrá que disculpar el lector que no la escriba. El hombre, luego de unos minutos de charla con él, se acuclilló en el suelo, para recostarse inmediatamente y continuar departiendo tranquilo con más comodidad. Otra chica se les unió. La gente mayor no podía entender el recelo de los jóvenes a encontrar un líder que nos coordinase. Sencillamente, era el resultado de aceptar que nadie era mejor que tú; también influía el descrédito al que se había sometido al sufragio por haber llevado a tantos peleles al poder. Además, el perfil de carácter típicamente juvenil no se interesaba por el mando, a la vez que carecía, por la educación recibida, de capacidad para desarrollar constructivamente una idea, profundizando en la misma durante un cierto periodo de tiempo.
Nuestra profesora de hispanoamericana se había comprometido a venir a la plaza a darnos clase allí, y cumplió su promesa. El evento revolucionario adquirió así a una heroína, porque es muy heroico dar clase en la vía pública, entre coches y griterío urbano, sin megáfono, cuando tienes nódulos en las cuerdas vocales.
Regresé al edificio antes de dirigirme al metro. Me dolía la cabeza por culpa de la insolación y necesitaba refrescarme un poco las sienes. En el pasillo escuché a unas compañeras:
-¡Tanta vaga y tanta asamblea! ¡Estoy hasta los cojones!
-Es que parece que les salga gratis. Pagan 1.200€ y luego no hacen clase.
Sentí una cierta empatía hacia aquellas opiniones. El movimiento estudiantil estaba desordenado y, como yo, dividido, sin un criterio claro. De modo que se debilitaba con el simple curso de las horas. Sin embargo, cuatro horas después, hasta sentía un cierto aprecio por quienes nos habían sacado de clase a primera hora. ¡Cuánta contradicción!
En el metro cedí el asiento a una mujer sexagenaria que venía muy acalorada. No pude apoyarme contra la pared de la puerta más cercana, porque en esa parte del vagón había una mujer chica que llevaba a su bebé en su cochecito. El pequeño jugaba con las mangas de su traje de puntillas, como lo hubiese hecho con un sonajero. Tuve la impresión de que sus ojitos alargados, casi sajados en aquel rostro ovalado y a la vez rectangular, me miraban ligeramente.
-Gracias hijo –repitió de nuevo entre respiraciones convulsas la mujer cuyo rostro seguía rojo.
Eché un paso atrás para agarrarme mejor a la barra.
-Lo siento.
Era una chica de mi edad, con la carpeta de la UB bajo el brazo, que casi me pega un pisotón.
En medio de aquel triángulo de presencias, algo (más que la cabeza) dolió dentro de mí. Sentí ganas de llorar, aunque el mi reflejo sobre el cristal del vagón me devolviese un rostro rígido de indiferencia.


L'estètica de la bandera, tant si oneja al vent com si estén caiguda els seus colors, captiva a qui la mira. Francament, sempre he pensat que només els prejudicis ideològics ens impedeixen admirar la bellesa de la desfilada militar. De la mateixa manera, són aquests mateixos prejudicis els que ens permeten veure sense horroritzar-nos les torbes fragoroses que solen ser, per norma general, les manifestacions. No obstant això, quan el dos de maig vaig passar per davant de la porta principal de l'edifici històric de la UB, les tres banderes allí hissades em van sorprendre. L'espanyola monàrquica i la senyera catalana es reconeixien bé, la tercera no vaig saber identificar-la. No em va semblar que anés la de Barcelona, encara que tampoc coneixia massa l'ensenya municipal. Però per què onejaven? Un dia de cada dia, aquells mastelers estaven nus. El dia del treball no semblava un motiu típic perquè la UB les hissés, i molt menys el dia de la comunitat de Madrid.
Vaig apartar les meves preguntes i vaig anar a classe. Havien començat les jornades de vagues continuades que incomprensiblement, fins i tot quan es parlava en castellà, es van cridar de “vaga continuada”. En la classe vam ser molt pocs, menys de quinze potser. La meva intenció era cursar les classes i quedar-me després a les protestes o assemblees que tinguessin lloc. No obstant això, tan aviat com Jimena va començar el seu discurs acadèmic, es van sentir diverses sirenes i xiscles de megàfon. No van trigar a arribar a la nostra planta (la segona de les cinc que té l'edifici nou). Van obrir les portes de cada aula, van encendre de nou les sirenes, ara amb major potència.
Va entrar una noia entre esperpèntica i almodovariana. Per a l'aldarull que havia armat, es va limitar a recordar amb to vergonyosament humil que hi havia una assemblea a dos quarts d'una Ens va demanar que assistíssim “Si no, ens quedarem en minoria” i va sortir sense intervenir més paraula.
Fora van seguir cridant les seves consignes. Una d'elles em va fer particular gràcia: “Si no estudiem totes, no estudia ningú”. Al principi vaig atribuir l'ús del femení al fet que en la nostra facultat (com la majoria) hi ha més alumnes que alumnes, però no. Després de preguntar a la noia que havia entrat abans, vaig descobrir que, a fi d'aconseguir la paritat morfològica, compensaven el “ningú” masculí amb la forma femenina de “tot”. El sistema es podria aplicar a textos llargs o a xerrades espontànies? em vaig preguntar per a mi mateix. També vaig recordar que en alemany les formes del plural coincideixen amb les del femení singular, sense que la llengua de Goethe es convertís, per això, en feminista.
Com no es va poder seguir amb la classe, aquesta es va suspendre i sortim fora. Els qui van organitzar tot l'ovaciono tenien, tal vegada només als meus ulls, un aspecte assilvestrat. Particularment un que semblava el més exaltat; portava ulleres de sol mirall, un cinturó de bales i un barret que semblava un barret de copa nascut prematurament, per la qual cosa no havia vist reduït la seva grandària. Reconec que em van disgustar aquelles males formes. Tant soroll, per no llegir ni tan sols un manifest… El discurs em semblava important. Com no s'anaven a quedar “en minoria” a les 12:30? Aquells mecanismes de pressió buits de contingut només podien acabar provocant efectes contraproduents. Al final, els moviments de protesta acabaran sent mers eslògans sense argumentar, com els partits polítics, o pitjor; no tindran jerarquia que possibiliti la seva coordinació.
La meva amiga Ester havia tingut una iniciativa curiosa, un aula d'estudi a la plaça universitat. Tan aviat com se'm va passar el disgust estètic, vaig recordar el que opinava de les retallades i em vaig encaminar cap a allí. Estaven just en el centre de la plaça, sense arbres ni parasols que els protegissin de l'aspre sol. S'havien assegut en el sòl entorn d'un fanal. Al seu al voltant havien pegat diverses pancartes al sòl amb cinta aïllant. Reconeixia a Ester de seguida. Les seves galtes de pa havien enrogit. Molt vaig témer que se li cremessin més al llarg del matí, tenia la pell tan blanca. La meva pròpia pell em semblava un problema. De pigmentació molt feble, és poc tolerant a les llargues exposicions al sol. Per sort portava màniga llarga. Per la seva banda, Ester no ensenyava la menor mostra de preocupació, al contrari, es va descobrir les espatlles per posar-se bruna, mentre llegia El senyor president, lectura obligatòria d'hispanoamericana. Vaig reconèixer a diverses amigues seves, també a un noi ros i alguna cosa major que nosaltres:
-Em dic Cristian.
Gairebé immediatament ens intercanviem el mòbil. A ell ja ho tenia vist en alguna altra part. Vaig indagar en la meva memòria on podia ser, però no se'm va ocórrer gens.
A la poca estona van arribar els nois que havien muntat l'aldarull amb noves pancartes que posar. Haig de reconèixer, ho dic amb sincer afalac, que sabien captar l'atenció de la gent molt millor que nosaltres. Ester, no obstant això, es va mantenir acurada sobre que pancartes es penjaven. Va excloure, amb molta subtilesa, algunes de l'estil “Molta Policia Poca Educació”. El preferible era cenyir-se allò que ens concernia directament. Cristian i ella, amb l'ajuda dels altres nois, van lligar dues llargues tires de cinta aïllant entre dos arbres de la plaça. En elles van penjar pancartes amb dades claríssimes: quant anaven a pujar les taxes, 50-66%; quant implicava pagar, 1700€; la xifra d'acomiadaments de professors… Les principals preguntes que un ciutadà corrent pogués tenir sobre el dany que les retallades infligirien a la universitat es responien allí.
Un cotxe de neteja de l'ajuntament va arribar a la plaça. Per un moment vam témer que anàvem a ser desallotjat amb el major dels menyspreus. Després de dubtar un instant, vaig decidir apropar-me. La dona que conduïa el vehicle em va assegurar, i així va succeir, que anaven a respectar el nostre espai. Li vaig donar les gràcies per això i vaig tornar amb els meus companys per advertir-los que no ens eren hostils.
Un senyor de pol vermell li va fer una pregunta a Cristian. No la vaig sentir bé, així que m'haurà de disculpar el lector que no l'escrigui. L'home, després d'uns minuts de xerrada amb ell, es agenollar en el sòl, per recolzar-se immediatament i continuar departint tranquil amb més comoditat. Una altra noia se'ls va unir. La gent gran no podia entendre el recel dels joves a trobar un líder que ens coordinés. Senzillament, era el resultat d'acceptar que ningú era millor que tu; també influïa el descrèdit al que s'havia sotmès al sufragi per haver portat a tants esquenadrets al poder. A més, el perfil de caràcter típicament juvenil no s'interessava pel comandament, alhora que mancava, per l'educació rebuda, de capacitat per desenvolupar constructivament una idea, aprofundint en la mateixa durant un cert període de temps.
La nostra professora d'hispanoamericana s'havia compromès a venir a la plaça a fer-nos classe allí, i va complir la seva promesa. L'esdeveniment revolucionari va adquirir així a una heroïna, perquè és molt heroic fer classe en la via pública, entre cotxes i cridòria urbana, sense megàfon, quan tens nòduls en les cordes vocals.
Vaig tornar a l'edifici abans d'anar al metro. Em dolia el cap per culpa de la insolació i necessitava refrescar-me una mica les temples. En el passadís vaig escoltar a unes companyes:
-Tanta vaga i tanta assemblea! Estic fins als collons!
-És que sembla que els surti gratis. Paguen 1.200€ i després no fan classe.
Vaig sentir una certa empatia cap a aquelles opinions. El moviment estudiantil estava desordenat i, com jo, dividit, sense un criteri clar. De manera que s'afeblia amb el simple decurs de les hores. I no obstant això, quatre hores després, fins a sentia una certa estima per els qui ens havien tret de classe a primera hora. Quanta contradicció!
En el metre vaig cedir el seient a una dona sexagenària que venia molt acalorada. No vaig poder recolzar-me contra la paret de la porta més propera, perquè en aquesta part del vagó hi havia una dona noia que portava al seu bebè en el seu cotxet. El petit jugava amb les mànigues del seu vestit de puntetes, com l'hagués fet amb un sonall. Vaig tenir la impressió de que els seus ullets allargats, gairebé *sajados en aquell rostre ovalat i alhora rectangular, em miraven lleugerament.
-Gràcies fill –va repetir de nou entre respiracions convulses la dona el rostre de la qual seguia vermell.
Vaig tirar un pas enrere per agarrar-me millor a la barra.
-Ho sento.
Era una noia de la meva edat, amb la carpeta de la UB sota el braç, que gairebé em pega una trepitjada.
Enmig d'aquell triangle de presències, alguna cosa (més que el cap) va doldre dins de mi. Vaig sentir ganes de plorar, encara que el meu reflex sobre el cristall del vagó em retornés un rostre rígid d'indiferència.