sábado, 16 de julio de 2011

Érase una vez un reino sin rey...

 El Almirante Horthy
Quienes me conocen bien saben que tengo una particular afición a la lectura de memorias y otros textos autobiográficos como diarios o epistolarios. En junio, tuve ocasión de leer las de este personaje: el almirante Milklós Horthy (1868-1957). Con esta entrada os aproximo un poco este ente sui generis.
Aunque no lo hizo, el almirante bien pudo haber empezado su relato autobiográfico diciendo “Érase una vez un reino sin rey que tenía como regente vitalicio a un almirante sin flota.” Admito que este principio, pese a ser muy verídico, hubiese despertado las risas de cualquier lector. En lugar de eso, Horthy prefiere hablarnos de la sus orígenes familiares y sus años de juventud. Nació en el seno de una familia de tradición naval en Hungría, por aquel entonces parte del Imperio Austro-Húngaro. Siguiendo la tradición familiar se alistó en la marina. Hizo largos viajes. Uno de ellos llena muchas páginas con un tono eglucorado narrando su viaje hasta las islas Salomón en un barco que aún iba a velas. Sentía particular afición cacerías exóticas allí donde paraba y ya cuando fue jefe de estado, su gran interés fue siempre la caza como él mismo manifiesta.
Este desventurado marinero errante fue a parar a la corte imperial de Francisco José I, de quien fue ayudante personal. Hace un esbozo muy afectivo del monarca octogenario: trabajador, atormentado por la tragedia familiar (su hijo mayor se suicidó, aunque esto nadie lo decía directamente, y su mujer, Isabel de Baviera, fue asesinada); en síntesis referente a imitar para él como jefe del estado. Al menos, en lo de ocupar los palacios reales de Hungría y otras propiedades sí que lo imitó.
Durante la Gran Guerra (1914-1918) prestó servicios en la marina obteniendo grandes victorias contra la flota italiana, cuya incompetencia fue de gran ayuda a la húngara mecánicamente inferior. En 1916, falleció Francisco José I, que fue sucedido por su sobrino nieto, Carlos I de Austria y IV de Hungría.
Horthy alardea en sus Memorias de que con el armisticio, él tuvo que entregar una flota jamás vencida. En efecto, nadie le quita el mérito de haber resistido entre las islas Dálmatas a una flota enemiga que acabó agrupando a cinco estados, pero haría bien en tener en cuanta que hacía noviembre de 1918, el Imperio ya no tenía ni carburante para mantener a las naves.
Entonces, fue a Hungría, donde el Parlamento, tras haber aprobado la secesión que sajaba el imperio definitivamente, proclamó una república parlamentaria y burguesa presidida por Karóliy, en tanto que se aprobaba una constitución. Los húngaros tienen esperanzas de que los aliados les permitiesen conservar sus fronteras dentro del viejo imperio, por aquel entonces muy extensas, pues abarcaban parte de Transilvania, condados Serbios, Croacia, Bosnia y buena parte de Eslovaquia. La bofetada del Tratado del Trianon deja el país reducido a sus fronteras actuales. En este momento, un movimiento comunista liderado por Bela Kun toma el poder y proclama la República Popular Húngara. Esta república de vida muy breve, menos de un año, fue el primer experimento comunista más allá de las fronteras de Rusia.
Los Aliados temieron que Hungría pudiese seguir a Rusia, ya que el patrón era el mismo: caía el monarca, subía un presidente reformista y finalmente entraban en acción los soviets tomando el poder. Ante esto, armaron rápidamente al ejército rumano y encargaron al general húngaro Gömbös formar un ejército nacional de húngaros contrarrevolucionarios. Objetivamente, esto último fue una verdadera parodia. Horthy tuvo un papel muy destacado en la ocupación de Hungría por las fuerzas rumanas, si bien sus actos fueron más propagandísticos que reales. Liberó Budapest y concertó los acuerdos para la marcha de los rumanos, quienes impusieron duras condiciones.

El Almirante Horthy libera Budapest a la cabeza del ejército rumano y el nacional húngaro

A partir de aquí empieza un período confuso en la historia del pueblo magiar. Si vais al Período de Entreguerras en algún Atlas Histórico, Hungría puede aparecer como democracia o como dictadura. En verdad es bastante ambiguo. El país se constituyó en reino, a falta de rey, pues lo Aliados vetaban la restauración de los Habsburgo (tampoco muy queridos ya entre los magiares que los vinculaban a su derrota), proclamaron a Horthy regente vitalicio. Así, el país de la Corona de San Esteban paso a convertirse en un reino sin rey que tenía por regente vitalicio a un almirante sin flota. ¿Cómo funcionaba el país? Se celebraban elecciones que siempre ganaba una gran coalición llamada Partido de los Pequeños Campesinos. El reino se dividió en dos cámaras. Según Horthy adoptaron la constitución oral siguiendo el modelo británico y según ese mismo modelo tomaron también una cámara para los representantes del pueblo y otra para la nobleza. La diferencia con el modelo inglés -que el regente olvida mencionar- es que allí la cámara nobiliaria tenía más poderes que el propio parlamento y además solía determinar con bastante frecuencia la composición de éste. Como regente, Horthy tuvo amplios poderes, especialmente para designar a los gobiernos y hablar separadamente con cada ministro, el ejército estaba completamente bajo su autoridad así que podía declarar la guerra o firmar armisticios sin consultar al poder legislativo o al gobierno.
Objetivamente, vemos que Hungría distaba mucho de ser un régimen democrático real. A sus carencias constitucionales hay que añadir el empleo de una política atrapada en los viejos modelos que priorizó siempre el mundo agrario por encima de una industrialización (esto, aunque tampoco lo mencione el regente en sus Memorias, tiene su causa en parte en la mentalidad arcaica de lo dirigentes de la nación, pero también en el medio a la constitución del proletariado como tejido social real), una elevada tasa de analfabetismo y la intromisión del poder militar sobre el civil que Horthy relata siempre con una brisilla romántica. Sin embargo, tampoco fue Hungría una dictadura unipersonal.
Si hiciésemos una escala, en dentro de las dictaduras Europeas no comunistas encontraríamos diferentes grados de totalitarismo. En la cima de la pirámide están Hitler y Franco los dos únicos hombres que ocuparon la jefatura de estado, la comandancia de las fuerzas militares y que regían sus respectivas naciones concentrando los tres poderes del estado en su persona. Un segundo eslabón correspondería a dictadores que desde una jefatura de gobierno adquirían provisionalmente facultades legislativas y poderes sobre el ejército. Dentro de este grupo podemos encasillar a Mussolini, Salazar o Antonescu. Un peldaño más debajo de estos está Horthy quien, pese a sus amplios poderes, no logró monopolizar tanto su régimen y tuvo que buscar siempre el amparo de la nobleza magiar. En cualquier caso, la oligarquía ejerció el poder con represión. Por citar a alguien conocido, el escritor magiar, Sándor Márai vivió exiliado durante toda la regencia.

 
 El regente  Horthy con el fhürer Hitler
A raíz de la subida de los nazis al poder, el régimen húngaro se fue aproximando cada vez más a las potencias dictatoriales. En 1938, después de la anexión de Austria, Hitler obligó a Checoslovaquia a cederle los Sudetes al Reich y algunos territorios eslovacos a Budapest. Un año más tarde, Horthy se negó a participar en la intervención militar para acabar con Checoslovaquia, pese a la generosa oferta de Ribbentrop que ofreció “armas y medios” a los húngaros. Durante el primer año de guerra y hasta la invasión de las URSS, el reino descoronado se mantuvo no beligerante, aunque tomó una participación activa en medidas y leyes antisemitas. También aceptó el retonro de antiguos territorios perdidos de Rumania y Yugoslavia, a través del arbitraje de Viena presidido por los alemanes y los italianos. Finalmente, Hungría fue la cuarta nación en adherirse a El Pacto del Eje, después lo hicieron Rumania, Bulgaria y Eslovaquia, y participó en el ataque sobre Rusia con un ejército débil y mal preparado.
En 1941, el hijo de Horthy, Sthepand fue nombrado Representante del Regente. Esto, diga lo que diga el almirante, venía a marcar una sucesión en el cargo de regente de padre a hijo, instaurando una monarquía camuflada. Sthepand Horthy era, sin embargo, muy odiado entre los alemanes. Goebbels escribió en su diario, después de que fuese designado Representante del Regente, que era un despreciable “amigo de los judíos”, lo califica de “grave problema” y plantea la necesidad de buscar “una solución”. A los pocos meses de ejercer su nuevo cargo, el hijo del regente tuvo un accidente aéreo mortal en el frente ruso. Muy probablemente sea cierto que fuese un asesinato encubierto de los nazis. Sthepand era en efecto muy crítico contra el antisemitismo, en consecuencia se oponía a la “Solución Final”.

Horthy con su hijo Sthepand Representante del Regente
De 1942 a 1944, Hungría como la mayoría de naciones balcánicas fue sometida por la Wehrmancht “por su seguridad”. El Parlamento y el regente siguieron en funciones cada vez con menos poder real. A finales de 1944 Horthy se armó de valor y propuso un armisticio a los soviéticos. Automáticamente fue arrestado. La narración del episodio es bastante maniquea. Horthy se da en ella el papel de un héroe que intentó resistir dentro del Palacio Real de Budapest el asalto de los alemanes. Rindiéndose a las pocas horas ante los embajadores del Reich y de facto sin haber logrado una verdadera resistencia.
Una vez depuesto, los nazis impusieron un gobierno títere presidido (la figura del regente fue anulada) por el nacionalsocialista húngaro Szálasi. En este tiempo Horthy permaneció arrestado siempre en edificios palaciegos y privándose de más bien pocas comodidades. Lo separaron de su familia y vivió con gran angustia la falta de noticias de su hijo menor, quien sabía estaba preso en Mauthausen. Finalmente, fue liberado por los aliados junto con todos sus familiares ilesos.
Compareció en varios juicios siempre en calidad de testigo. Destaca su comparecencia contra Ribbentrop en Nuremberg. A pesar de su participación, a veces por acción otras por inercia, contra el pueblo judío magia y crímenes de guerra, los aliados nunca les procesaron. Esta decisión obedece sin duda al hecho de intentar distanciarse de los soviéticos que habían ocupado Hungría situándola tras el Telón de Acero.
Horthy se trasladó a Portugal donde el gobierno de Olivenza Salazar le dio asilo, finca y pensión. Allí escribió sus Memorias pródigas en anécdotas y un tanto falaces para afrontar la realidad que concluyen pidiendo la paz mundial. Debemos mencionar, que tras el desplome del régimen bolchevique de Hungría, su figura ha intentado ser rehabilitada por la derecha magiar, que lo considera uno de los grandes opositores contra el comunismo. Incluso habla de él como “héroe nacional”.

 Bandera real húngara.
Actualmente, en los mítines de Víctor Orban, primer ministro húngaro y líder de la derecha, aparecen muchas veces banderas del período de la regencia, que vienen a ser algo así como aquí la bandera del Águila de San Juan.
Os dejo con un testimonio oral de Horthy. Aunque no entendamos nada (siento no haber podido encontrar una versión subtitulada) considero muy enriquecedor el testimonio oral para la exposición.


viernes, 17 de junio de 2011

Salambó de Gustave Flaubert

Gustave Flaubert (1821-1880) es junto a Balzac y Stendhal el mejor representante del realismo francés. Con obras como Madame Bovary (1857), La educación sentimental (1869), o La tentación de San Antonio (1874) se hizo un autor dentro del canón literario internacional ya en su presente.
Posiblemente sea su narración sobre la vida, el matrimonio y la muerte atroz de Emma Bovary la que más fama le ha reportado a su autor. Su personaje se convirtió en un prototipo a imitar por todos los realistas: la mujer infiel. Ésta aparece en obras de autores de cualquier país que cultivaron el realismo y aún después del movimiento. Podemos destacar muy especialmente Ana Karenina de Lev Tolstoi así como las novelas españolas de Fortunata y Jacinta y La Regenta cuyas autorías se corresponden a Benito Pérez Galdós y Clarín respectivamente.
No guardo demasiadas simpatías hacia la célebre protagonista de Flaubert. Si Ana Karenina o nuestra Ana Ozores me parecen dos mujeres verdaderamente desesperadas por escapar de una atmósfera opresora y Jacinta y Fortunata dos pobres engañadas, Emma Bovary me parece una mujer movida por unas pretensiones mucho más bajas. Su materialismo y sed erótica son los únicos ingredientes que componen sus infidelidades a Charles. Ella no vive atormentada, sencillamente se aburre.
Me permito hacer un poco de lectura romántica leyendo al personaje entre las líneas biográficas del autor. No son pocas las fuentes que afirman que Flaubert también menospreciaba a su personaje y que intentaba plasmar en él los vicios más superficiales de Louise Colet, amante con la que mantuvo una relación bastante tormentosa y con quien rompió antes de acabar la novela. Haciendo a un lado estas cuestiones nadie puede dudar de que hay excelencia, por encima de nuestros gustos particulares, en Madame Bovary. Su arte en describir los pormenores de la época y sus retratos psicológicos le hizo ganarse la admiración de Zola. El padre del naturalismo francés siempre le consideró su maestro. Desgraciadamente, también le acarreó un juicio por escándalo, pues los sectores más puritanos de la sociedad francesa lo consideraron poco menos que un pervertido. Seguramente los mismos que en 1857 arrastraron a Flaubert ante los tribunales tipificaron de “orgía perversa” Desayuno sobre la hierba de Manet en 1863, y es que ciertas castas sociales abominan de la perversión más inocente como si temiesen ver en ella una parte de si mismos o, lo que sería peor, de sus profundos deseos.

Desayuno en la hierba de Manet.

Flaubert fue declarado absuelto del proceso contra Madame Bovary, pero un carácter sensible como el suyo difícilmente se recupera después de recibir semejante muestra de virulencia.
Decidió alejarse del presente “donde mi pluma ya se ha mojado en exceso y que por lo demás me disgusta tanto reproducir que solo verlo me asquea”. Entre abril y junio de 1858 viajó por el norte de África, especialmente Túnez, donde contempló algunas de las pocas ruinas del período púnico así como de otras culturas clásicas. Allí el autor se inspiró para narrar una novela histórica, un estilo cultivado con anterioridad por Walter Scott, ambientada en la ciudad de Cartago. Su proyecto, titulado originalmente Cartago, vio la luz en 1862, llevando por segunda vez el nombre de la mujer protagonista: Salambó.
El escritor no prestó tanta importancia a diferenciar culturas como a hacerse un cuadro general de lo que pudo haber sido Cartago incorporando elementos romanos si era necesario. No obstante, si excusamos algunas licencias literarias y errores sin importancia (muchos de los cuáles, en su época no tenía recursos para evitar) tales como las descripciones de armas de guerra típicamente romanas en el norte de África, es imposible poner en duda la extensa documentación que siguió el autor antes de ponerse a escribir Salambó. Leyó entre otros a Polibio, Plutarco y Plinio.
Su documentación no sólo se remite los hechos netamente históricos, sino a las formas de vida, costumbres, rituales religiosos, divinidades y hasta cuestiones tan mañosas como conocer los nombres de medidas, meses, plantas y objetos propios de la cultura púnica así como una descripción muy elaborada de sus sistemas de gobierno y sociedad.

“Pero este pueblo, que se sentía aborrecido, apretaba contra su corazón su dinero y sus dioses, y su patrimonio se sostenía por las constitución misma de su forma de gobierno. […] El poder dependía de todos, sin que nadie fuese lo bastante fuerte para acapararlo. […] Sólo los ricos podían optar a las magistraturas, y aunque el poder y el dinero se perpetuaban en las mismas familias, se toleraba la oligarquía con la esperanza de alcanzarla”. Fluabuert Salambó DEBOLSILLO Pág. 108.

Mapa de Cartago.

Cartago vivía en un sistema de una oligarquía similar a la de algunas polis de la Grecia Clásica, aunque tampoco está exenta su comparación con la de la Roma Republicana. Ambos estados vivían de la explotación de unas colonias a través de las cuales pretendían dominar el comercio naval del Mediterráneo. Ambos estados hicieron una transición de una monarquía a una democracia clasista y ambos tienen unos orígenes míticos en las figuras de Dido y Eneas a las que Virgilio trató de vincular, para justificar el antagonismo de ambas culturas. En el caso de la República de Cartago, los dirigentes no se denominan patricios sino sufetas. Los poderes del estado emanan del Gran Consejo que agrupa a los sufetas y un Consejo de Ciento que se compone de los sufetas venerables. Como en Roma también existe la figura de los pontífices representantes del poder religioso.
La narración de Flaubert transcurre en la Cartago republicana de después de la Primera Guerra Púnica 264-241 aNE. Este conflicto costó a los púnicos la pérdida de Cerdeña, Córcega y Sicilia. En tanto el estado intentaba ampliar sus posesiones coloniales en la Península Ibérica para buscar una salida a la debacle económica de haber perdido tres de sus más prósperas colonias, tienen los púnicos que afrontar otro reto: pagar a la gran cantidad de mercenarios que han luchado en la guerra y que se hospedan en la capital.
La ciudad no puede atender esos gastos, o más bien una parte de la aristocracia no quiere. Empiezan a haber disturbios en las calles, cuando Salambó, la hija de Amílcar, sube al altar de Tanit para invocar la concordia mediante rituales religiosos. Uno de los caudillos bárbaros, Mato, se ve deslumbrado por la figura de la atractiva joven, a quien equipara poco menos que a la misma divinidad.

“Perlas de variados colores pendían en largas sartas sus orejas sobre los hombros hasta los codos. Su cabellera estaba peinada con rizos que simulaban una nube. Llegaba, alrededor del cuello, plaquitas de oro, de forma cuadrangular, que representaban a una mujer entre dos leones empinados; y su vestido reproducía en un todo la vestimenta de la diosa. Su túnica de color jacinto, de amplias mangas, le ceñía el talle, ensanchándose por abajo. El bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, y en el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Sus sandalias, hechas con plumas de pájaros, tenían los tacones muy altos, y toda ella, sin duda a causa del frío, estaba extraordinariamente pálida.” Ídem. Pág. 146

A partir de aquí se empieza a desarrollar la trama. Mato conoce a Espendio, un esclavo griego ambicioso que ha luchado con los mercenarios. Ya en la ciudad, Espendio propone a Mato planes de rebelión para hacerse con el poder, pero este, hechizado aún por la fuerza del ritual de Salambó los desoye.
Cuando los bárbaros son expulsados de Cartago, Espendio se las ingenia para volver a entrar en la ciudad a través del acueducto. “¡Lo confieso! Mi opinión secreta es que no había ningún acueducto en Cartago” escribe el autor en a su amigo y crítico Sainte-Beuve en diciembre de 1862. En efecto el acueducto pertenece a la cultura romana, si bien es esta una de las licencias artísticas a las que ya hemos aludido antes. No es esta la única que vez que aparece la construcción en la novela. Durante el cerco a Cartago, ya hacia el final de la obra, los bárbaros cortarán el suministro de agua a la ciudad haciendo uso del acueducto.
Una vez dentro de la ciudad, Espendio propone a Mato que roben el zaimph, el velo sagrado de Tanit, diosa protectora de la ciudad, vinculada entre otras atribuciones al amor. Este velo se guarda como una reliquia y nadie puede verlo o tocarlo. Mato y Espendio roban la prenda asesinando a los guardianes del templo, pero el bárbaro no quiere huir. En vez de eso, lleva el velo a Salambó a quien sorprende en su lecho. La mujer grita maldice al desdichado soldado que venía a ofrecerle su amor. Mato finalmente abandona la ciudad envuelto en zaimph, para que nadie se atreva a tirar una flecha contra él.
Tal vez algunos opinéis como yo y veáis similitudes entre este pasaje de Flaubert y el robo en Troya por Ulises de una estatua de Atenea, a la que estaba vinculada la suerte de la ciudad. Como en la mítica Troya, la Cartago de Flaubert se sume en el pánico religioso. Además empiezan a circular insidias contra el honor de Salambó, hasta el punto que algunos de los más miserables en la urbe van a maldecirla e insultarla a las puertas de su casa.
El Gran Consejo ordena al general Amón, un anciano sufeta que se ponga al frente de un gran ejército pagado por la ciudad para derrotar a los bárbaros, quienes ahora, apoyados por Har-Navas, rey de los númidas, están asediando Útica y otras importantes ciudades. Amón marcha contra los bárbaros con gran material bélico y elefantes. Debemos señalar aquí otra licencia del autor, en efecto, un general cartaginés luchó y murió contra los bárbaros en la llamada “Guerra de los Mercenarios”, pero su nombre era Aníbal. Flaubert estimó llamarlo mejor ponerle el nombre de Amón, otro general púnico también muerto por sus mercenarios pero en Cerdeña, para ahorra confusiones al lector medio.
En cualquier caso, inicialmente consigue levantar el cerco a Útica. La ciudad temerosa del comportamiento de un gran ejército dentro de sus muros, obliga a sus libertadores a permanecer fuera. El contraataque nocturno sorprende a Amón quien pierde todo el ejército con el consiguiente coste para la ciudad. Piensa en suicidarse, pero finalmente decide regresara a Cartago para aceptar allí, en todo caso, el voto de condena del Gran Consejo.
Sus compatriotas ya no están de humor para castigar a nadie. Han perdido hombres, elefantes, armas, dinero y alimento. Afrontan una guerra contra los bárbaros además de una situación de hambruna para el invierno. Justo entonces, reciben un respiro y Amílcar regresa navegando en su tirreme. Es recibido y aclamado. El Gran Consejo que intentó hacerle cargar con la responsabilidad de la derrota de la guerra contra Roma, debe ahora escuchar sus críticas, incluso sus amenazas y concederle plenos poderes a fin de resolver la crisis desatada. Un viejo sufeta resentido, sin embargo, no se abstiene de comentarle los rumores que circulan en toda la ciudad sobre su hija y el líder de los rebeldes que apareció en su casa la noche del robo de zaimph. Amílcar decide no encarar el asunto con su hija, si bien la herida queda abierta y desembocará en algún episodio de gran tensión entre padre e hija.


Flaubert, como buen realista, siente una especie de complejo de guía. (Y para quien diga lo contrario ahí queda “el síndrome de Stendhal”). Todos conocemos que una de las características de este estilo es la narración de extensas descripciones con poco diálogo, especialmente explicando al lector los pequeños pormenores de la vida cotidiana del personaje, costumbrismo. En una especie de “costumbrismo histórico” se adentra Flaubert en el momento de narrar toda la descripción de costumbres púnicas, si bien es particularmente interesante la descripción en que aborda el sistema esclavista, por entonces imperante en cualquier cultura, durante el capítulo Amílcar Barca.

“¿Para qué me sirven estos viejos?” dice Amílcar a su mayordomo, Gidenem “¡Véndelos! Hay demasiados galos, ¡son unos borrachos! ¡Y demasiados cretenses: son unos mentirosos! Cómprame capadocios, asiáticos y negros. […] ¡Todos los años, Gidenem, debe haber nacimientos en esta casa! Dejarás todas las noches las casillas abiertas para que se junten libremente.” Ídem. Pág. 162

La rígida línea que separaba al amo del esclavo no se rompe en ningún momento a lo largo de la novela, con una excepción. Cuando hacia el final, los bárbaros cerquen Cartago y le corten el suministro de agua, los pontífices realizarán sacrificios de niños a Moloch. El pequeño Aníbal es a duras penas salvado por su padre, quien sin embargo no hace nada para salvar al hijo de uno de sus esclavos que rompe a llorar. La empatía que llega a sentir por el esclavo, resulta extraña a Amílcar.

“Nunca se le había ocurrido […] que pudiese haber entre ellos nada en común. Esto incluso le pareció un especie de ultraje y como una usurpación de sus privilegios.” Ídem. Pág 294.

Retomando el curso cronológico. Amílcar sale de Cartago con un ejército y derrota a Mato en una gran batalla. Podría incluso haberlo aniquilado, pero desde la ciudad, la camarilla de sufetas temerosa de que pueda llegar a tener demasiado poder se niegan a enviarle los refuerzos prometidos.
Samlabó por su parte ha sido enviada a reclamar el zaimph por un sacerdote quien la domina haciendo acopio de los escrúpulos religiosos de la joven. El sacerdote tiene pocas esperazas de que la joven pueda volver con vida, pero “si el zaimph se recobraba y Cartago se salvana ¡Qué importa la vida de una mujer!” Ídem. Pág 211.
Salambó llega sola a cabalgando hasta el campamento bárbaro e irrumpe en al tienda de Mato. Allí el jefe bárbaro queda anonadado por tan inesperado reencuentro. Se derrumba en los brazos de la joven y se pone a llorar. Le declara su amor. Así que en el momento en que esta le anuncia que solo ha venido a llevarse el velo, él la amenaza con matarla, pero la fuerza del amor es más poderosa y vuelve a romper a llora.

“¡Y este es el hombre terrible que hace temblar a Cartago! Pensaba Salambó” Ídem. Pág. 132.

Finalmente la joven deja a un lado sus sentimientos y corre con el zaimph hacia el campamento de su padre. La exhaustiva descripción de la tienda de Amílcar parece tener como referente la descripción de la tienda del califa en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Éste también la recibe con extrañeza, recelando que el honor de su hija no se haya manchado para recuperar el velo sagrado.

El sufeta aparta sus dudas y lanza un ataque contra las fuerzas bárbaras. Entonces el rey númida, Har-Navas abandona al los mercenarios en cuyo bando ha combatido y se presenta en la tienda de Amílcar. Se postra ante él y le jura lealtad. Justifica sus actos de rebeldía contra la República de Cartago y pide perdón. Amílcar no sólo lo perdona sino que le promete a Salambó en matrimonio al finalizar la guerra. Polibio parece apoyar esta narración, ya que según sus textos, en el curso de la guerra, un rey númida de nombre Naravas, se pasó al bando cartaginés. Amílcar, por aquel entonces acuciado a falta de refuerzos, le prometió a su hija en matrimonio.

“Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. Pusieron en las manos de Salambó una lanza que esta ofreció a Har-Navas; les ataron sus pulgares con una correa de buey, luego les derramó trigo sobre las cabezas y los granos que caían alrededor de ellos sonaron como granizo que rebota.” Ídem. Pág. 240.

Sin embargo esta descripción de esponsales no es púnica, sino más bien greco-romana. Podemos disculpar al autor en este punto ya que, como en tantas culturas anexionadas por los romanos, tenemos pocos datos sobre los ritos maritales de la cultura cartaginesa.
La guerra no está aún ganada. Los cartagineses sufren un nuevo revés y deben retirarse una vez más a su ciudad a la espera de reorganizar su ejército y recibir apoyos del rey númida. Allí el cerco los condena a la hambruna y, especialmente, a la sed. Los pontífices deciden sacrificar niños para aplacar a Moloch y que les envíe lluvias.
Las lluvias llegan aliviando la sed de los cartagineses. Amílcar finalmente rompe el cerco y se lanza a una persecución mortal de los bárbaros apoyado por Har-Navas. Amón que intenta recuperar su honor y evitar que Amílcar se lleve todo el prestigio cae preso en una emboscada y es crucificado. La descripción de su cuerpo es aterradora:

“Le arrancaron los vetidos que le quedaban… y el horror de su cuerpo apareció. Las úlceras cubrían aquella masa innoble; la grasa de sus piernas le cubría las uñas de sus pies, pendían sus dedos como pingajos verdosos, y sus mejillas daban a su cara un aspecto espantosamente triste como si ocupase más espacio que ningún otro rostro humano. Su diadema real, medio deshecha, arrastraba con sus cabellos blancos en el polvo.” Ídem. Pág. 335

El general intentó suplicar e incluso ofreció a Mato pasarse a su bando. Pero el líder de los mercenarios sabiendo que su suerte ya está echada decide matarle sin piedad.
Finalmente el propio Mato es capturado y su ejército destruido en el desfiladero de Hacha, donde según Polibio tuvo lugar el desenlace. Flaubert ofrece al lector la descripción un tanto tremebunda (más aún para su época) de los leones devorando los cuerpos de los caídos:

“Echado sobre él, sentado sobre el vientre, con la punta de su colmillo y lentamente, le fue desgarrando las entrñas.” Ídem. Pág.

Hay motivos fundados para dudar de la verdad de esta descripción ya que nada indica que los leones sean carroñeros.



En Cartago se desata el júbilo. Salambó siente con extrañeza su enlace con Har-Navas, pero no se atreve a desobedecer a la autoridad paterna ni tampoco a confesarse sus sentimientos. Convertida en un trofeo desfila por las calles de la ciudad el día de la victoria:

“De los tobillos a las caderas, iba envuelta en una red de mallas estrechas, que imitaba las escamas de un pez y que brillaban como el nácar; una zona completamente azul, que ceñía su talle, dejaba ver sus dos senos, por un escote en forma de media luna; unas arracadas de carbunclos ocultaban sus pezones. Llevaba un peinado hecho con plumas de pavo real, cuajadas de pedrería; un amplio manto blanco caía flotando sobre sus hombros, y con los codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas, y aros de diamantes en lo alto de los brazos permanecía erguida, en actitud hierática” Ídem. Pág. 354-355


Salmabó es testigo de la muerte de Mato a quien, después de mucho deliberar, los pontífices arrancan el corazón tras haberlo flagelado con látigos de piel de hipopótamo. Mientras brinda en sus esponsales Salambó palidece y fallece de pronto “por haber tocado el zaimph” dice el narrador. Seguramente, más que a un castigo religioso, Flaubert se refiere a la prenda de Tamith como un vínculo con el amor de Salambó por Mato. Recordemos que Tamith se vincula a Afrodita en la cultura púnica. Así pues, Salambó fallece ni más ni menos que por amor.


¿Qué pretendió Flaubert con semejante obra y qué consiguió? Tal vez estas preguntas sean demasiado complejas para poder responderlas en esta breve disertación. El autor que teorizó sobre “le mot just” tuvo grandes problemas para acabar esta novela. El capítulo La batalla de Macar fue reescrito más de catorce veces. A través de su epistolario sabemos que no tuvo en ningún momento pretensiones de convertirse en historiador. Su gran ambición le llevó a sentirse decepcionado por los resultados, siendo esto muy frecuente cada vez que acababa un trabajo. Tal vez, nunca llegó a asumir el prodigio de su creación.
Salambó es una figura atípica dentro de la escritura realista-naturalista tan focalizada en el presente. Reabrió en ciertos niveles la novela histórica, ampliando sus posibilidades por nuevos caminos. Como la pintura de Eduardo Rosales, se adentra en el ámbito del realismo histórico, una línea que por más que exploremos siempre será infinita en posibilidades porque permite una gran libertad imaginativa al escritor a la vez que le ofrece un marco bastante acotado.

 El Testamento de Isabel la Católica Eduardo Rosales

¡Animaos! ¡Disfrutad de su lectura!

martes, 14 de junio de 2011

¡Aviso sobre Flaubert!

Cada vez que no siento la obligación de exponer mi opinión sobre algún suceso político, dedico neonovecentismo a lo que más me agrada: la literatura.
Este jueves, se publicará en este blog un largísima entrada donde hago una disertación de Salambó de Flaubert, novela que he estado leyendo este último mes. He dedicado una buena cantidad de tiempo a redactar la entrada, seleccionar las imágenes y seleccionar los fragmentos de texto que me han parecido servía mejor a mi breve disertación. Durante este fin de semana, entre horas de estudi para preparar la selectividad, he hecho los retoques finales y la he programado para el jueves. Os pido un poco de vuestro tiempo y también una crítica. No es de las entradas que se leen en cinco minutos, por eso os recomiendo os la toméis con calma y le reservéis una media horita.
¡Gracias a todos!

viernes, 10 de junio de 2011

¡Sí, es Wittgenstein!


Pues sí queridos blogeros, como todos el famoso y excéntrico (en el buen sentido del término) Wittgenstein también fue niño en algún momento. En esta foto tiene entre ocho mese y un año. Su ceño fruncido ya denota el carácter de quien va a escribir un Tractatus logico-philosophicus.

jueves, 9 de junio de 2011

Diálogo entre un Alumno y su Tutora en una entrada

Escena: Un pasillo de insituto. Todo está desierto. Se están realizando las clases de preparación para la selectividad y la caída de asistencia es patente. En estos últimos días, ha faltado la mitad de alumnado sin dar explicación alguna. Hoy en las materias de especialidad se han llegadado a dar clases particulares o prácticamente dada la ausencia del alumnado. A la hora de castellano, materia común, el aula batía el record de albergar a cuatro personas contando a la profesora.
Acción: Entran el Alumno y la Tutora.

Tutora: Creo que mañana pasaré una plícula porno, en lugar de Mirall Trencat, a ver si así consigo que alguien se presente.

Alumno: Bien, bien ¿Pero de qué tipo? ¿Homo? ¿Hetero? Aquí cada cual tienes sus gustos y todos debemos ser respetados.

Tutora: Tranquilo que todo puede hablarse.

Salen haciendo el mutis.

Nota del Autor: "Es una farsa guiñolesca, de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto sucede en ella no pudo suceder nunca" Jacinto Benavente Los intereses creados.

lunes, 6 de junio de 2011

Nada, nada, ponga el continente un poco más a la derecha

En un momento como hoy, uno se acuerda de aquel discurso de sir Winston Churchill que empieza diciendo “Since Triste in the Adriatic to the Baltic…” ya sabéis el famoso discurso dado en los EEUU. donde se fija la acuñación de la expresión de “Iron Courtin”. Por cierto craso error, ya que esta fue acuñada el 9 de mayo de 1945, en Flensburg, por el entonces canciller del Reich, conde Von Kosigk, durante su mensaje radiofónico a los alemanes anunciando la capitulación del país, planteando ya la imagen de un telón de acero que separaba a las potencias vencedoras.
No venía a dar ninguna clase de historia, sólo a plantear el hecho de que dentro de la Unión Europea ya sólo cuatro países conservan un gabinete ejecutivo de izquierdas. En efecto, después de que Passos Coelho haya aceptado la propuesta del Presidente Cavaco Silva para formar gobierno en la República Portuguesa, uno de los últimos países con un Ministerio de izquierdas se ha vuelto derechista. Ahora ya sólo Eslovenia, Chipre, Grecia y España sostienen gobiernos de derechas. En el caso de las dos últimas por poco tiempo según los sondeas; respecto a Eslovenia y Chipre no estoy informado.
La derechización de Europa es un hecho consumado. En muchos países no gobierna la derecha de centro sino la extrema. Los colectivos ultraderechistas tienen mucho peso en el conjunto del territorio de la Unión, particularmente en los casos de Francia, Italia, Hungría y otros países del este. Portugal no es una excepción. En nuestra república vecina el gabinete socialdemócrata se va a sostener con el apoyo de la derecha extrema.
Intento evaluar lo que nos ha conducido a este punto. Muy probablemente, en algunos países el proceso de derechización europeo coincida con el ciclo político habitual que ahora le ha concedido el poder a la derecha. Sin embargo, es innegable que poco a poco Europa se hace más homogénea por el lado conservador-liberal económico, al tiempo que los movimientos de izquierdas naufragan por sus divisiones ideológicas.
Una Europa derechista en el S.XXI constata la conciencia de momento de decadencia cultural que vivimos. En estos períodos la gente tiene costumbre de buscar consuelo en los ídolos, el mensaje grandilocuente y la inducción ideológica que por tradición representa la derecha vinculada siempre a la tradición. En épocas de decadencia es doblemente duro innovar para una cultura. Precisamente, es cuando más debiera hacerlo. No preveo, a diferencia de los más alarmistas, una Europa llena de nuevos campos de exterminio, pero sí una legislación general que recorte derechos civiles, sobre todo los asociados al progresismo.
Nuestro querido continente, cuna y cama de las grandes culturas de la tierra, se va a enrocar durante algún tiempo. Esperemos que no llegue a estrangularse y que no pierda el espíritu innovador que le caracteriza desde el S.XVIII, para degradarse a admitir los cambios sólo cuando sean realidades constatadas.